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Reencuentros

Reencuentros

En este último año y medio la realidad se ha empeñado en adiestrarnos en el difícil arte de recomenzar. A veces se ha topado con nuestra resistencia y otras tantas con nuestra incapacidad para conocer de modo nuevo lo que estábamos acostumbrados a ver-escuchar-tratar a diario.

La semana de Pascua que iniciamos sugiere una suerte de “Manual de instrucciones” que apunta caminos de re-inicio de nuestras rutinas habituales,

  • …invitándonos a transitar del miedo a la alegría, sobrecogidos por la calidez de una presencia que nos sale al paso en los recorridos cotidianos y nos saluda con la buena noticia de la paz.
  • Citándose con nosotros en las primeras horas de cada día, cuando entre el sueño y el escalofrío de lo que traerá la nueva jornada otros se interesan por cómo nos va y nos devuelven un destello que sabe a identidad recobrada y a misión recibida a favor de muchos.
  • Demostrándose capaz de conjurar las ilusiones estériles del “nosotros esperábamos…” para ponernos de nuevo en camino con el corazón caldeado y los ojos prendidos en la belleza de Quien es capaz de hacer nuevas todas las cosas, incluso aquellas que a primera vista parecen tener un arreglo difícil.
  • Con el sabor intenso del pan partido y las brasas que esperan el fruto de una pesca abundante y asombrosa, dándonos la oportunidad de pasar un tiempo juntos. Corresponder a su gesto comienza a restañar las heridas del adentro causadas por la precipitación desmedida, disuelta en un “te quiero” que suena más a continuará que a happy end.
  • Con las notas alegres del reencuentro, posible a pesar de las puertas y los cerrojos, que abre a un presente distinto y a un futuro mejor.

Los coprotagonistas de los relatos de la Pascua se convierten en compañeros imprescindibles de camino cuando reemprendemos la tarea habitual modulando de modos diversos el mensaje del Resucitado que se empeña en mostrarnos de nuevo cómo la V/vida puede más.

P. Ángel Ayala Guijarro Sch. P.

ÁNGEL AYALA GUIJARRO

ÁNGEL AYALA GUIJARRO

Escolapio

Licenciado en Filosofía y Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid), actualmente se encuentra en Roma, finalizando su Tesis Doctoral.

Hacer silencio… dejarnos interpelar por el Amor que nos habita

Hacer silencio… dejarnos interpelar por el Amor que nos habita

Las palabras que siguen están para ser dichas a mí mismo y, por si a alguno les pudiera servir, ahí las dejo.

Observo desde hace un tiempo, y yo mismo lo voy experimentando, que vivimos en un mundo muy exigente, en el cual la presión de rendimiento parece imponerse en el día a día. También en nuestros ambientes escolapios, urgidos por una misión que sigue de rabiosa actualidad, nos vemos envueltos en afanes, trabajos, acciones, proyectos; se nos exigen respuestas pedagógicas y pastorales de calidad, dedicación ministerial…

A veces puede parecer que nuestra labor al servicio de los demás se convierte en un frenético activismo, santo y bueno, pero que puede llegar a quemar a las personas y alejarlas del sentido profundo de esa misión. Ese sentido no es otro que colaborar en la construcción del Reino, pero…  “Nadie puede dar lo que no tiene”. Esta frase me ronda desde hace tiempo. Trabajar por el Reino sin haber descubierto que el Reino está dentro de nosotros… puede ser cuanto menos contradictorio e incluso contraproducente.

Por eso, considero que sería de gran importancia, en aquellos que nos consideramos escolapios, religiosos y laicos, parar un poco el ritmo, hacer silencio y dejarnos interpelar por el amor que nos habita. Sólo cada uno puede hacer ese viaje hacia los adentros. Me temo que no lo hacemos por miedo a lo que podamos encontrar, miedo a las heridas del alma, a lo desconocido… miedo a dejar nuestras ataduras, en fin. Mientras seguimos con la maquinaria encendida de nuestras santas acciones nos parece que no hay tiempo para apostar por esa mirada contemplativa, esa en la que aparecemos vulnerables, indefensos… pero que paradójicamente es la manera de rendirnos al Amor, un Amor que es fuente de plenitud y fecundidad para nuestra vida y nuestras acciones.

MARIO CONTELL

MARIO CONTELL

Educador

Saber esperar

Saber esperar

 “En las obras de Dios no hay que tener prisas” (San José de Calasanz)

San José de Calasanz no nació educador, lo hicieron educador los niños romanos de la calle. Posiblemente recordaría lo que su madre o el maestro de su pueblo o los religiosos trinitarios harían con él en sus primeras letras y aprendizajes. Pero solo la vida aquilatada por la experiencia y la sabiduría nacida de los errores cometidos y corregidos posteriormente hacen de uno un educador. Esta vez Calasanz, tras equivocarse muchas veces en sus juicios y, sobre todo, en sus prisas, comprendió que Dios cocina siempre a fuego lento, y aprendió que el tiempo de Dios no se mide por cantidades sino por oportunidades, y en saber esperar la oportunidad que se te da y aprovecharla, está el éxito de la vida. Por eso, el santo experimentó muchas veces que, en las obras de Dios, no hay que tener prisas.

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.

Educar para que no se tornen otros

Educar para que no se tornen otros

El desafío de la inculturación y la interculturalidad en la educación sigue vigente, especialmente para nosotros escolapios.

«También he pensado que sería bueno aprender a leer, porque leyendo acaso lograríamos a descubrir el secreto de su fuerza; pero algún veneno horrible han de tener las letras, porque cuantos las conocen de nuestra casta se tornan otros, niegan hasta de su origen y llegan a servirse de su saber para explotarnos también». Palabras finales del jilakata (autoridad aymara) Choquehuanka al ver la opresión eterna de su pueblo a mano de blancos y criollos (Alcides Arguedas, Raza de bronce; Bolivia, 1919).

La ley de educación boliviana tiene como bases, entre otras, ser descolonizadora, liberadora… orientada a la reafirmación cultural de las naciones y pueblos originarios. Quiero partir de aquí para reflexionar brevemente sobre un tema polémico que nos atañe como escolapios, especialmente a quienes desarrollamos nuestro ministerio en contextos culturales indígenas.

Por mucho tiempo y en la mayor parte de nuestros países latinoamericanos, la educación de los pueblos indígenas, campesinos, afrodescendientes, etc. era sinónimo de transculturación. Desconociendo las raíces culturales y espirituales de estos pueblos, personas “civilizadas” normalmente venidas de fuera, se atribuían el derecho y el deber de sacar a estos individuos de sus pozos de subdesarrollo para llevarlos, por medio de la educación, al supuesto bienestar de la modernidad. Y no hablo de épocas coloniales, sino de posturas personales e institucionales de ignorancia, de desconocimiento y falta de interés por el sustrato cultural y espiritual de los pueblos con los que convivimos y a quienes educamos. Tampoco me refiero a una visión “turística” de la realidad, como bien cuestiona Eduardo Galeano: “Los nadies… que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore…”.

Educar es sacar lo mejor de cada persona y, por lo tanto, también de cada pueblo, sin que deban renunciar a sus raíces, a su identidad, a su modo de vida y su comprensión del mundo. Educando nos educamos, aprendemos otras perspectivas, otras visiones sobre la vida y el universo, otros lenguajes y expresiones para la relación con Dios.

Toda la humanidad se encuentra en peregrinación, en busca de un futuro mejor para todas las personas y todas las generaciones. Los pueblos indígenas tienen sus propios recorridos ya comprobados, sus mapas y su brújula lista para esta aventura. No existe un mapa único y ninguna cultura puede atribuirse esta pretensión. Cada vez más, la civilización occidental mira hacia los rincones del mundo en busca de referencias perdidas, de valores y estilos de vida desechados en nombre del desarrollo económico y tecnológico. Frente a un modelo de desarrollo depredador, basado en el consumo desmedido y generador de desigualdades, los pueblos indígenas levantan la bandera de la sobriedad como estilo de vida, de la sostenibilidad, de la comunitariedad.

Una educación que no reconozca y potencie estas raíces culturales, espirituales, comunitarias, solo servirá para la construcción de un mundo cada vez más masificado y sin identidad, al servicio de quienes lucran con el negocio de la homogeneidad.

Considero un bonito desafío, tan complejo como necesario, educar desde lo mejor de cada pueblo, no para que “se tornen otros”, sino para que aprendamos, juntos, a vivir de otra forma, a construir nuevos mapas que nos lleven a un mejor futuro, en el que se garantice la justicia social, el respeto a la dignidad de todas las personas, el cuidado de la casa común y la convivencia pacífica y fraterna de todos los pueblos. ¿No se parece a eso el Reino de Dios?

Anzaldo (Bolivia) 14-12-20.

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Reiniciar (¿Volver a empezar?)

Reiniciar (¿Volver a empezar?)

“Reiniciar” es el lema de este curso. El diccionario define reiniciar como “recomenzar”, y añade el toque de actualidad que, por otra parte, ha sugerido incorporarlo como lema añadiendo “cargar de nuevo el sistema operativo de una computadora”. Todos hemos entendido el porqué del lema: queremos volver a vivir como vivíamos antes de la pandemia, queremos que las cosas vuelvan a ser como antes. Como si hubiéramos estado –en realidad todavía estamos- en una especie de hibernación, ese sueño invernal que afecta a ciertos mamíferos para no sucumbir a condiciones climáticas extremas y en el que las funciones metabólicas disminuyen de modo extremo, a la espera de mejores condiciones para volver a la vida anterior.

Sin embargo, nunca en la vida es posible volver a empezar totalmente de nuevo, reiniciar la vida como si no hubiera pasado nada. “Nadie se baña dos veces en el mismo río” afirmaba el viejo Heráclito, porque ni las aguas son las mismas ni nosotros somos los mismos. Cole Porter, compositor norteamericano, inmortalizó allá en el lejano 1934 la canción “Begin the Beguine” (título original que se ha prestado a distintas interpretaciones) y que ha llegado a nuestros días en la voz de diversos intérpretes. José Luis Garci tomó pie de ella para su oscarizado film “Volver a empezar” (1981) con el fondo de la melodía de Porter.

Volver a empezar para “sentir las cosas de siempre” dice la canción. Qué forma tan breve y tan ambigua para referirse a tantas y tantas cosas tan cotidianas, tan rutinarias incluso, que ahora valoramos y añoramos: salir, pasear, encontrarte con los amigos, visitar a la familia, estar en el colegio sin las restricciones que tanto nos limitan, ir al cine, presenciar una competición deportiva, jugar libremente en el patio, viajar sin limitaciones, ver expresiones faciales que contagian alegría, tristeza y quizás indiferencia… Sencillas cosas que disfrutábamos sin valorarlas quizás. “Quiero saber qué fue de tu vida” continúa la canción. Y es que el tiempo no ha pasado en balde para nadie. Desde el tedio y el aburrimiento hasta el dolor por la enfermedad y quizás la muerte de un ser querido. Desde el gozoso “descubrimiento” de cosas y personas de nuestro entorno más próximo que antes no valorábamos hasta la constatación de nuestras limitaciones y problemas no resueltos que antes quedaban ocultos en medio de la vorágine de los acontecimientos de la vida.

No es posible, como dice la canción “quiero saber si todo se olvida para volver a empezar”. Porque el olvido es el gran enemigo del aprendizaje y del crecimiento. Y no podemos olvidar fragilidades y fortalezas, lo peor y lo mejor de nosotros, mezquindad y generosidad… porque de todo ello aprendemos y somos lo que somos. Y sigue la canción: “Yo, que siempre jugué con tu amor hasta el final… hoy al ver que todo acabó qué no daría para volver a empezar”. No, volver a empezar no es posible, el mal que hicimos no se puede borrar, pero sí buscar una reconciliación no merecida quizá, y siempre aprender de nuestros errores… para no volver a jugar con los sentimientos y la vida de nadie.

Escribo estas líneas recién comenzado el tiempo de Adviento. Resuena de nuevo la voz de los profetas que no se resignan a un presente decepcionante y desean con todas sus fuerzas un futuro que colme sus aspiraciones, una vida en plenitud. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases”, clama Isaías, a quien escucharemos en Nochebuena diciéndonos que “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Un niño siempre es motivo de esperanza, de futuro. El niño en el que se hace presente Dios mismo tiene la fuerza para que volvamos a empezar, siempre.

P. José Luis Zanón Catalá Sch. P.

JOSÉ LUIS ZANÓN

JOSÉ LUIS ZANÓN

Escolapio

Nacido en Valencia (1945). Doctor en Psicología. Profesor y Director en varios colegios escolapios. Profesor de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir”, en la cual es Director del Instituto de Investigación “San José de Calasanz”.