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Sociedad acelerada y cadencia sosegada

Sociedad acelerada y cadencia sosegada

No hace falta decir que vivimos, al menos en nuestro mundo más próximo pero también en muchas partes lejanas, un ritmo acelerado de vida, de prisas, a veces con ansiedad, de “corre ve y dile” en amplísima oferta de informaciones y noticias, verdaderas y falsas, que se filtran tantas veces sin diferenciación entre unas y otras. Tan poco hace falta citar realidades que constituyen motor u objeto de esta aceleración vital: las conocemos, las usamos, nos enganchan, nos dan libertad pero también mucha dependencia y hasta esclavitud. ¿Frenar para llevar un ritmo más sano y humanizado? ¿Introducir sosiego en la vida social, asociativa, laboral, vacacional, como individuos y como grupo humano? ¿Cómo conseguirlo? No tengo respuesta hecha. Solo señalo pistas, pero deteniéndome únicamente en la especificidad de este blog: la espiritualidad.

“La espiritualidad da paz interior” (Teilhard de Chardin, SJ, 1881-1955). Porque dar a nuestra vida una cadencia sosegada requiere gozar de paz interior. Donde hay tensión interna, disconformidad agresiva con sí mismo y con los demás, rechazo permanente de todo lo que nos rodea y del ambiente en el que vivimos, ya sean personas, ya sean situaciones, entran ansiedades y prisas que desazonan a uno y transmiten a sus ambientes un ritmo acelerado imaginando que corriendo se llega antes a las metas, cuando muchas veces ignoramos cuales son las que convienen.

La espiritualidad no es refugio o huida de la vida en su variada realidad, en lo malo y en lo bueno. La espiritualidad no es aislamiento que cultiva la egolatría y la autodefensa ante los demás, considerados adversarios o enemigos. Por el contrario la espiritualidad es una puerta abierta para salir hacia afuera (la Iglesia “en salida” de la que señala el Papa Francisco para su presente y futuro), puerta abierta para no dejarnos dominar por la autorreferencialidad que hace creernos los mejore y por encima de los otros. La espiritualidad es dejar entrar en nuestra experiencia la experiencia de los otros, sus valores y sus cosas positivas, darles entrada para mejorar tomando enseñanzas de ellos.

Para liberarnos de las prisas dañinas, va bien poner reposo en nuestra casa, en nuestra alma. Una casa sosegada da posibilidad de sentirse bien y crear ambiente de paz.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.
Un examen de realismo

Un examen de realismo

«En cuanto a recibir alumnos pobres, obra usted santamente admitiendo a cuantos vienen, porque para ellos se fundó nuestro Instituto. Y lo que se hace por ellos se hace por Cristo, y no se dice otro tanto de los ricos» (EP 2812).

De forma simplista, pero no equivocada, podríamos decir que la población se organiza en tres grupos sociales. En primer lugar, ocupando los lugares de decisión, distribución de la riqueza y elaboración de las leyes, están los verdugos. En segundo lugar, están los sacrificados, quienes sobreviven como pueden y cuando los demás se lo permiten, quienes sostienen el sistema con su esfuerzo, con su vida de miseria y sin derechos. Por último, en tercer lugar y fluctuando entre los otros dos grupos, se encuentran los desenraizados, quienes trabajan sin descanso para poder entrar a formar parte de la clase de verdugos, viviendo de espaldas a los sacrificados, en quienes ven un potencial usurpador de los escasos privilegios conquistados.

Y en medio del mundo, insertos en los diversos grupos sociales, estamos nosotros, los escolapios, comprometidos con una clara misión: educar evangelizando para transformar la sociedad.

Con nuestras mejores intenciones, recursos y esfuerzos, nos desvivimos para ofrecer una educación de calidad a unos y otros. Así, entre nosotros hay quienes se entregan a la educación de los verdugos, para que puedan ser mejores profesionales, para que puedan alcanzar el éxito personal y social dentro de su clase social. La mayoría de nosotros vive y trabaja entre los desenraizados, ofreciéndoles las herramientas necesarias para seguir escalando, para poder hacer realidad sus aspiraciones de una vida más parecida a la de los verdugos y, por tanto, cada vez más alejada de los sacrificados. Finalmente, unos pocos conviven y luchan con los sacrificados, construyendo con ellos el sueño de Calasanz, un mundo que no necesite sacrificar a la mayoría para sostener a una minoría privilegiada y a una masa de desenraizados egoístas y trepadores.

Por amor, por cercanía física, afectiva y pastoral, por compromiso evangélico, nos adecuamos, nos asimilamos a la población con la que convivimos y trabajamos. Por eso, algunos de nosotros sienten como propias las necesidades y los problemas de los verdugos. Otros nos adaptamos a los modos de vida, los deseos y las aspiraciones de los desenraizados. Y también, los menos, nos hacemos solidarios con los sufrimientos y las causas de los sacrificados, compartiendo sus luchas y sus anhelos.  

Muy de vez en cuando, algún verdugo o algún desenraizado descubre la realidad que hay por debajo de sus privilegios, sintiendo como propio el sufrimiento de los sacrificados, quienes sostienen su vida acomodada, y decide abandonar su lugar natural para optar por ellos y por la defensa de sus derechos. Mientras tanto, la mayor parte de nosotros seguirá educando a verdugos y desenraizados para que sean, cada vez más, mejores verdugos y mejores desenraizados, con la ilusa pretensión de que ellos contribuirán a la construcción de un mundo mejor para los sacrificados. Sabemos que nunca lo harán, y la historia así nos lo demuestra, pero seguiremos dando la vida por ellos, porque, entre ellos, también nuestra vida es más cómoda y menos complicada.

Sin embargo, Calasanz seguirá llamándonos siempre desde abajo, desde la invisibilidad y el silencio de los sacrificados por el sistema, desde sus preferidos, invitándonos a una real conversión, porque en ellos descubrió, conoció y amó a Jesús de Nazaret.

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Sencillos actos de amor

Sencillos actos de amor

“Él opina que solo un gran poder puede contener el mal, pero eso no es lo que yo he aprendido. He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal a raya, los actos sencillos de amor” (Gandalf -Mithrandir- en El hobbit, un viaje inesperado).

El mundo del cine nos ha venido presentando, a través de sus grandes producciones, batallas grandiosas, masificadas, exageradas en los detalles bélicos y, al mismo tiempo, detalladas en gestos concretos de sacrificio, entrega y donación. Desde el desembarco en la playa de Omaha (Salvar al soldado Ryan, Steven Spielberg, 1998), o la resistencia imposible de Balian de Ibelín en Jerusalén (Kingdom of Heaven, Ridley Scott, 2005), el heroísmo de Desmond Doss en Hasta el último hombre (Mel Gibson 2016), o las sagas de El señor de los anillos y El Hobbit, Juego de Tronos, Vengadores… la lucha del bien contra el mal se desarrolla siempre de forma dicotómica, mientras nos introducen en grandilocuentes batallas llenas de sangre y muerte, al mismo tiempo, nos dan un respiro de vida y esperanza con pequeños detalles y gestos de solidaridad, de entrega, de ternura, de confianza en un bien mayor que sobrevive a tanta angustia y desolación.

La historia humana se ha ido forjando sobre una tierra regada con sangre, sembrada con vidas inocentes sacrificadas en nombre del poder, el dominio económico, los mapas o las banderas. Sin embargo, las verdaderas conquistas de la humanidad y que han supuesto un punto de inflexión, nos remiten a avances científicos y tecnológicos, innovaciones intelectuales y culturales, testimonios públicos o anónimos de entrega por una causa que nos dignifica y humaniza. Cuando lo mejor del corazón humano aflora y se comparte, todo alrededor cambia y se transfigura.

Ya nos lo decía Jesús: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11,12). Pero también: “Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha” (Mc, 4,26-29).

Hay dos caminos hacia el Reino de Dios, hacia ese sueño que Dios tiene para la humanidad y para el universo. Uno de violencia, de esfuerzo, de grandes hazañas, de heroicas entregas. El otro suele pasar desapercibido y está lleno de pequeños gestos de cariño, de palabras de ánimo, de miradas cómplices, de abrazos y besos (incluso a pesar de pandemias), de servicios silenciosos para el bien común, de pensamientos altruistas y actitudes generosas, de actos sencillos de amor.

Cuando las grandes causas, los discursos aprendidos y los rituales establecidos, no van acompañados de esos sencillos actos de amor, de esas pequeñas semillas sembradas en el corazón humano, de esa cotidianidad empática y cariñosa, son como fantasmas, humo de incienso para disfrazar la realidad hedionda, que no mueve ni transforma nada.

“Belleza, bondad y verdad” deben caminar siempre juntas si queremos ser creíbles. O, con otras palabras, “estética, ética y autenticidad” deben sostener nuestros proyectos y quehaceres diarios. No creo haber sido llamado a grandes batallas, pero sí a la lucha diaria por sembrar aquello en lo que creo, por traducir en gestos y compartir con los demás aquellas intuiciones que voy descubriendo en la intimidad con Dios.

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

El Reino de Dios se llama paz

El Reino de Dios se llama paz

Escribo en momentos de guerra en Ucrania, invadida por Rusia, su Presidente Putin. Con alarmas, sin ser adivino de malaventuranzas, de posible desarrollo involucrando otros países e incluso continentes. Una locura que supera todo calificativo de rechazo total. Lo bueno y deseable, por el contrario, es la paz. Paz que empieza con uno mismo: estar reconciliado con lo que uno es. Pero prosigue a todos los estamentos sociales y a todos los pueblos. Es verdad que este innato deseo de todo ser humano siempre ha estado frustrado desde que el hombre es hombre. Pensemos en lo de Caín y Abel, ya en el génesis de la historia bíblica. Pensemos en toda la historia que parece como una cadena de historias de guerras. Con todo, la paz es deseada sobre todo. Y este deseo universal lo uno esta vez con la evangelización. Pienso –es una opinión- que trabajar por conseguir la paz, ser constructores de paz viene a ser evangelizar, construir ya el Reino de Dios.

La paz es el nombre de la evangelización, hoy y quizás lo ha sido siempre. “Paz a vosotros”, saluda Jesús. Id por las poblaciones cercanas, entrad en ellas y en sus casas saludando “la paz a esta casa”. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). En ser hijos de Dios, adoptivos en el Hijo Cristo Jesús, fue el núcleo de toda buena noticia para el ser humano. Su misión, en obediencia al Padre, fue mostrarnos que Dios es nuestro Padre. Un Padre de misericordia, perdón y ternura. ¿Y qué viene a ser la paz, en último término? La paz es imprescindible para la felicidad personal. El enfrentado tensional en sí mismo no es feliz ni hace felices a los demás que con él conviven. Y de un corazón belicoso no puede venir la paz a ningún nivel. No la construirá en sus relaciones sociales y comunitarias. Si reviste cargos políticos, no la verá sino como resultado de la guerra y el dominio violento.

Por muchas razones que llevan al escepticismo de alcanzar algún día la paz en todo rincón de la tierra, la paz es posible. La meta se reviste, sí, de proyecto utópico pero no ahoga el afán universal de vivir en paz. La visión de Isaías, no es el sueño de un visionario sino de quien anuncia planes de Dios para el mundo: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas posaderas. No alzará su espada pueblo contra pueblo; no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 4).

P. Jesús María Lecea Sch. P.

Pamplona, marzo de 2022

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.
Responsabilidad social: ¿altruismo o lavado de conciencia?

Responsabilidad social: ¿altruismo o lavado de conciencia?

La experiencia propia me permite pensar que hablar de Responsabilidad social debería entenderse como la posibilidad de abrir espacios donde la equidad se legitime, donde las manos y voces se encuentren para construir un proyecto común conjunto que permee escenarios para la inclusión, para mirar y escuchar al otro más allá de su capacidad productiva, más allá de una fuerza de trabajo, más allá de su cosificación…es decir, escenarios que permitan responder a la pregunta ¿Podremos vivir juntos?[1]

Últimamente se han puesto en boca de muchos dos términos que a primera vista encierran todo un compromiso axiológico: Responsabilidad social; sin embargo, surge la inquietud si en nuestro contexto colombiano (conflicto armado, corrupción, clientela política, inequidad, pobreza…) y en aquellos en cuyas manos y voces especialmente resuenan las dos palabras, existe el verdadero espíritu de querer reconocer en otros su verdadera condición humana que implica la posibilidad de desarrollo personal en términos de educación, inserción social y política, acceso a la información, sentido de pertenencia y naturalmente la satisfacción de necesidades vitales que aseguren su supervivencia.

Pues es claro que contextos de exclusión, marginalidad y pobreza (Colombia es el país más desigual de toda América Latina según informe del Índice de Desarrollo Regional para Latinoamérica 2020 – IDERE LATAM), requieren de una atenta y cuidadosa mirada que permita replantear las prácticas y proyectos que hasta ahora se han venido desarrollando en aras del compromiso o responsabilidad social, de lo contrario tal y como lo plantea Amartya Sen “la iniquidad y la pobreza son muy sensibles a cualquier tipo de ejercicio de desarrollo. La principal razón de hacer algo respecto a la iniquidad es reconocer la negatividad intrínseca de una sociedad donde hay un alto nivel de iniquidad. Esta, además predispone a la violencia y conlleva una serie de consecuencias desfavorables: una de ellas es la inestabilidad económica y la protesta.”[2]

Ahora bien, ¿se podrá esperar que además de reflexionar, escribir, debatir y por qué no denunciar exista una real capacidad de compromiso que rebase el mero discurso? Y entiendo por capacidad real de compromiso la posibilidad de resignificar conceptos como competencia, poder, conflicto, convivencia, ciudadano, una resignificación que permita hablar de cooperación, de un poder que no sea el que mueve la ambición y los intereses particulares sino precisamente el que permite la interacción social y política desde el reconocimiento del otro como igual por su condición humana, pero diferente en tanto historia propia, diferencia que nutre y enriquece validando el vivir con otros. Otros y todos no solo espectadores sociales (simples ciudadanos), sino actores sociales que se construyen “imponiendo a la sociedad instrumentalizada, mercantil y técnica, principios de organización y límites conformes a su deseo de libertad y a su voluntad de crear formas de vida social favorables a la afirmación de sí mismo y al reconocimiento del otro…”[3]

¿Estaremos dispuestos todos en lo que a cada uno corresponde (Estado, Empresa Privada, Iglesia, Academia…) a cambiar la mirada y dispuestos a apostar a un nuevo proyecto de construcción social?

Un nuevo proyecto de construcción y participación social que asegure una mejor distribución del ingreso y la riqueza, que disminuya la brecha de la desigualdad, que deslegitime la violencia que nace precisamente de la disparidad social y económica, que sea capaz de reescribir y reinterpretar la historia de una Nación, que nació precisamente fundada en los intereses de una clase particular sostenida gracias a la expropiación y explotación de una mayoría, situación que pareciera perpetuarse en el tiempo…

Pastora González Colino


[1] TOURAINE, Alain. “¿Podremos vivir juntos?” Argentina, Fondo de cultura económica, 1996.

[2] SEN, Amartya. Premio Nóbel de economía, 1998.

[3] TOURAINE, Alain. Op. Cit.

PASTORA GONZÁLEZ COLINO

PASTORA GONZÁLEZ COLINO

Ingeniera Industrial

Colombiana/Española. Directora Ejecutiva de la Fundación Educativa Calasanz y Coordinadora Provincial ENF y Voluntariado en la Demarcación Nazaret.  Comprometida con la transformación y la justicia social, con entusiasmo y espíritu solidario,

Repensar la familia

Repensar la familia

Es común escuchar frases como: “se han perdido los valores”, “familia es papá, mamá e hijos”, “mis mascotas y amigos son parte de la familia”. Estas expresiones son solo un ejemplo del auge en modelos familiares que no son los llamados “tradicionales cristianos”.

La mayoría del cristianismo sostiene que el concepto de familia tradicional es el de papá, mamá e hijos; y el máximo modelo a seguir es el de Nazaret: José, María y Jesús.

Pero en la complejidad actual se encuentran muchas convivencias en las cuales no se vive así. Madres o padres solteros, parejas sin hijos, personas solas o con mascotas, sociedades de amigos, parejas del mismo sexo, abuelos con nietos, vecinos cuidadores, y un largo etcétera imposible de clasificar. Añadamos también a quienes bajo un mismo techo deciden vivir con una regla en común: los de vida consagrada.

Algunos de estos ejemplos, según ciertos discursos, han venido a desafiar la tradicional familia cristiana. Pero antes de juzgar, preguntémonos, ¿qué nos quiere decir esta realidad?, ¿no será que, desde la iglesia, deberíamos reflexionar?, ¿qué nos pide Dios?

Considero que se puede encontrar luz a estas preguntas desde dos aspectos que provienen del mismo Cristo.

El primero es la forma en que vivió Jesús en la Galilea del I siglo. Los evangelios nos dicen quienes eran su padre y madre, pero la familia judía en aquel tiempo era mucho más extensa. Las casas compartían un patio interno donde hacían vida varias personas, y esta convivencia hacía los participantes de este núcleo fueran la familia, por eso se puede llamar con verdad que había “hermanos de Jesús” en un sentido pleno. Esto ya diversifica el concepto tradicional.

El segundo aspecto es más violento. Jesús en un cierto momento, decide retirarse de su vivienda para asumir un nuevo estilo. Esta ruptura (no resaltada lo suficiente), provocó que sus familiares fueran a buscarlo, pues consideraban que estaba fuera de sí.

Al saber Jesús que lo requerían, Él enseña una familia novedosa, una que está totalmente centrada en el Padre. Quien cumple la voluntad, el querer del Padre, ese es madre, hermano y hermana.

Quizá sí necesitemos repensarnos de forma radical. No bastan los lazos legales, de simpatía, ni de sangre para hablar de familia. Ella existirá solamente donde sus miembros conozcamos al Padre y con Él vivamos.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica. Es estudiante de teología y realiza su misión en la capital de esta nación centroamericana.