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Ser verídicos es ser libres

Ser verídicos es ser libres

Siempre la persona humana ha sido y es muy celosa de su libertad. En la libertad se apoya la mejor dignidad del hombre y de la mujer. Privarlos de su libertad es humillarlos y no respetar sus derechos básicos e irrenunciables. En un pensamiento generalizado e históricamente demostrado libertad y verdad forman un binomio inseparable. El evangelio recoge este convencimiento que entiendo es universal: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 33).

La falta de libertad nace de la falsedad. Quien atenta contra la libertad de los demás es un mentiroso. Miente buscando razones para imponerse y privar a los otros de su libertad para su aprovecho creyendo que dominándolos son suyos y están a su servicio. Nada más engañoso. Pero parece que sectores sociales amplios viven holgadamente en las mentiras y en la fabricación de bulos, que corren por todos los medios de comunicación con aceptación amplia y sin plantearse si es verdad o no lo que se dice o notifica. Es igual. Vale porque me favorece y me trae algún beneficio o lo creo así. George Orwell opina que estamos: “en una época de engaño universal”. Pero constatar esto no es doblegarse a cualquier corriente generalizada, que a veces conduce a situaciones nocivas para la persona y la sociedad. Por ello, a continuación de la citada constatación añade: “decir la verdad es un acto revolucionario”.

En la entraña genuina de toda revolución hay una intencionalidad, acertada o no, de cambiar las cosas para mejorar. Contribuir a mejorar las cosas es buena aportación a la sociedad y a las personas. En el fondo es una obra buena. Hacer el bien para los demás en ambientes de indiferencia o, peor aún, de maldad es “nadar contra corriente”, es un acto de valentía. Por ello, es un acto revolucionario al decir de Orwell. Presumir de revolucionario se entiende a veces de ir en contra de todo, del pasado y del presente, de las instituciones y de las costumbres sociales y tradiciones. No deja de ser puro y vació postureo. Queda bien para algunos.

Pero revolucionar de verdad se hace desde una postura y de una actitud de humildad. En realidad es una vivencia espiritual que envuelve a la persona revolucionaria y la abre a una sensibilidad hacia todo aquello que es bueno para el ser humano y se muestra compasivo y regenerador para las personas desatendidas y que necesitan ayuda. En el fondo es estar en Dios.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.
El Reino de Dios se llama paz

El Reino de Dios se llama paz

Escribo en momentos de guerra en Ucrania, invadida por Rusia, su Presidente Putin. Con alarmas, sin ser adivino de malaventuranzas, de posible desarrollo involucrando otros países e incluso continentes. Una locura que supera todo calificativo de rechazo total. Lo bueno y deseable, por el contrario, es la paz. Paz que empieza con uno mismo: estar reconciliado con lo que uno es. Pero prosigue a todos los estamentos sociales y a todos los pueblos. Es verdad que este innato deseo de todo ser humano siempre ha estado frustrado desde que el hombre es hombre. Pensemos en lo de Caín y Abel, ya en el génesis de la historia bíblica. Pensemos en toda la historia que parece como una cadena de historias de guerras. Con todo, la paz es deseada sobre todo. Y este deseo universal lo uno esta vez con la evangelización. Pienso –es una opinión- que trabajar por conseguir la paz, ser constructores de paz viene a ser evangelizar, construir ya el Reino de Dios.

La paz es el nombre de la evangelización, hoy y quizás lo ha sido siempre. “Paz a vosotros”, saluda Jesús. Id por las poblaciones cercanas, entrad en ellas y en sus casas saludando “la paz a esta casa”. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). En ser hijos de Dios, adoptivos en el Hijo Cristo Jesús, fue el núcleo de toda buena noticia para el ser humano. Su misión, en obediencia al Padre, fue mostrarnos que Dios es nuestro Padre. Un Padre de misericordia, perdón y ternura. ¿Y qué viene a ser la paz, en último término? La paz es imprescindible para la felicidad personal. El enfrentado tensional en sí mismo no es feliz ni hace felices a los demás que con él conviven. Y de un corazón belicoso no puede venir la paz a ningún nivel. No la construirá en sus relaciones sociales y comunitarias. Si reviste cargos políticos, no la verá sino como resultado de la guerra y el dominio violento.

Por muchas razones que llevan al escepticismo de alcanzar algún día la paz en todo rincón de la tierra, la paz es posible. La meta se reviste, sí, de proyecto utópico pero no ahoga el afán universal de vivir en paz. La visión de Isaías, no es el sueño de un visionario sino de quien anuncia planes de Dios para el mundo: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas posaderas. No alzará su espada pueblo contra pueblo; no se adiestrarán para la guerra” (Is 2, 4).

P. Jesús María Lecea Sch. P.

Pamplona, marzo de 2022

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.
El resucitado es el crucificado

El resucitado es el crucificado

El tiempo de Pascua de Resurrección nos lleva a encontrarnos una vez más con el gran misterio de la Resurrección de Jesús, como centro de la fe cristiana. Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15,14). La visión o imaginación de un Jesús resucitado de entre los muertos, nos lleva con frecuencia a una espiritualización total de lo que sigue siendo Jesús.

En sus apariciones de resucitado, ante este riesgo, tan pernicioso para la vivencia de la fe y la evangelización. Así, lo reafirma con fuerza, mostrando signos tangibles de su realidad humana: él, el Resucitado, es el crucificado. El Misterio de su resurrección de entre los muertos que lo coloca en otro existencial no vacía de realidad encarnada su Misterio de encarnación y nacimiento humano de María, haciéndose uno como nosotros en todo menos en el pecado.

Jesús, al mostrarse a los discípulos, les muestra sus manos con las heridas de su crucifixión, y la herida del costado hecha por la lanzada del soldado romano para dejarlo definitivamente muerto en la cruz. Y al incrédulo Tomás le pide que ponga su dedo en las heridas de las manos y su puño en la herida del costado y así muestra que es el hombre de siempre que conocieron y siguieron antes de morir.

Es fundamental no oscurecer, y menos ocultar, la naturaleza humana del resucitado. En esta tesitura, Jesús les envía de nuevo para reconciliar y sanar. Como garantía para realizar esta labor les infunde el Espíritu Santo soplando sobre ellos. Gesto también bien humano. Les desea repetidamente la paz y finaliza este contacto con ellos anunciando la vida que da la fe, aun sin haberle visto en la tierra como lo vieron ellos.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

Pamplona

Domingo 24 de Abril de 2022 | 2º Domingo de Pascua

Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contesto: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡ Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.

Sinodalidad como actitud espiritual

Sinodalidad como actitud espiritual

La comunidad eclesial, por iniciativa del Papa Francisco, está ya caminando por un itinerario de participación para conseguir que la Iglesia se configure como una comunidad sinodal, es decir, una comunidad que camina unida por un camino compartido, inspirado en el evangelio. Formular este camino de presente y de futuro será el objetivo del convocado Sínodo de Obispos para el otoño de 2023, a celebrarse en Roma.

Como en todas las cosas que conciernen a una sociedad o comunidad humana, llegar a resultados positivos pasa por una mediación de las personas individuales. Cuando se da una mentalidad, un sentimiento, unas valoraciones que, aun siendo diversas, confluyen en un bien común buscado y requerido, el camino es más llano para conseguir ese bien común y configurar la sociedad misma o la comunidad en ese espíritu del objetivo conseguido.

Incorporar a la propia experiencia vital la sinodalidad y construir un “corazón ensanchado” en expresión bíblica. ¿Qué quiere decir esto? Adoptar posturas, actitudes, comportamientos que llevan a incorporarse a metas comunes con otras personas, dentro o fuera de instituciones. En la Iglesia se trata de abrirse a su pluralidad con un horizonte de unidad o comunión. Decimos con razón que unidad no es uniformidad sino confluencia de aportaciones diversas, donde se acoge y respeta el protagonismo de personas y grupos, tendencias y perspectivas de modo que el diferente no es ni enemigo ni adversario con el que establecer controversia y menos confrontación, sino escucha, esfuerzo por comprender colocándose en la realidad del otro, valoración de cosas del otro, poner al lado de ellas nuestras aportaciones.

Esta actitud puede vivirse como acción del Espíritu en cada uno, Él que es comunión, abogado de unidad que vence la confusión babélica dando paso a la intercomunicación de idiomas y culturas de Pentecostés.

Lógicamente para posibilitar, favorecer y potenciar personas con “corazón ensanchado” supone dar vida a instituciones donde pueda acogerse este protagonismo con una participación activa de las personas involucradas en ellas.

En visión creyente esto es seguimiento evangélico para la Iglesia y construcción de humanidad para la sociedad.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.
“No me resigno”

“No me resigno”

Se recuerda que el P. Pedro Arrupe, antiguo Padre General de la Compañía de Jesús y antiguo alumno del colegio escolapio de Bilbao, solía decir: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si no hubiera vivido” (citado en J.M. Rodríguez Olaizola, “Tierra de todos”, Santander 2020, ST, p. 114). Cada generación debiera aportar algo positivo y progresivo contribuyendo así a una mejora del mundo y de la sociedad. No debiéramos pasar la vida como si nada hubiéramos hecho para mejorarla. Y no se trata de realizar obras portentosas, extraordinarias y llamativas. Solo una trayectoria de bondad, veracidad y honradez, aun sencilla y anónima –como sucede normalmente- hace crecer nuestro mundo en humanidad. Todo lo que se aporte en todos los campos (relaciones, ciencia, técnica, religión, arte, política, desarrollo, etc.) debiera confluir hacia lo mismo: crecer en humanidad. Es asunto que concierne a todos; nadie puede decirse eso no va conmigo, vivo o sobrevivo para mí y lo demás no me concierne. La inquietud y hasta pasión, que no es ansiedad y prisa, por aportar positividad en cualquiera de las dimensiones humanas, personales y sociales, sea cual sea el nivel y grado, es fuerza interior, vigor dinámico que ayuda a vivir la existencia ilusionados, esperanzados, creativos y felices. Ninguna etapa de la vida queda excluida, desde la infancia hasta la vejez. Y poder decir al final he vivido, he cumplido es afrontar la muerte con paz y reconocimiento. No resignarse, pues, a dejar el mundo, pasada nuestra vida, como si no hubiera vivido. Este es el reto, pero también la satisfacción por la vida transcurrida, sin quitarle nada: éxitos y fracasos, alegrías y penas, salud y enfermedad, aprecio o ninguneo, adversidades y posibilidades. Nadie puede decir de sí mismo: no he podido aportar nada. Todos, todos somos necesarios.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.