“Una mirada escolapia para educar en tiempos de polarización”
1. Nuestro mundo hoy: Una sociedad partida en dos bandos
Siempre me ha gustado pensar y debatir sobre los distintos temas de la actualidad. Si puedo conversar y dialogar con algunos hermanos de la comunidad o con algunos compañeros en el colegio, mejor que mejor. Con mis alumnos de la ESO e incluso alguna vez en los grupos del Movimiento Calasanz, les he intentado plantear algunos temas que van desde lo más genérico, como familia, fe, política, religión, hasta lo más polémico o complejo, como aborto, identidad de género, homosexualidad, etc. En bastantes ocasiones he tenido que cortar las conversaciones o debates porque una conversación que en un principio era para profundizar más y buscar horizontes comunes o conclusiones juntos termina a menudo en un sinfín de discusiones y en un “yo tengo razón y tú no”. Esto que se ve en el aula, sin duda, es un pequeño reflejo de cómo está nuestra sociedad hoy. En repetidas ocasiones afirma el escritor y sociólogo jesuita J. M. Olaizola[i] que hemos descuidado los matices. Hemos perdido la capacidad de matizar las palabras.
Efectivamente, hoy vivimos en un mundo en el que el lenguaje público ha perdido la capacidad de matiz. En la televisión y en las redes sociales lo vemos cada día. El espacio político, cultural y, con mucha frecuencia, también el eclesial, se ha convertido en un campo de batalla donde las posiciones se definen no tanto por lo que se afirma, sino por lo que se niega. Progresista y conservador, izquierda y derecha, tradicional y moderno, Francisco y León XIV, Jesuita y Dominicos, Camino y Hakuna, Opus Dei y Effetá: estas etiquetas han dejado de ser descripciones para convertirse en trincheras. En ellas no se busca la verdad, sino la victoria. No se escucha al otro para comprenderlo, sino para refutarlo. El sociólogo Zygmunt Bauman ya hace unos años describió nuestra época como una modernidad líquida, en la que las certezas sólidas se disuelven y los individuos buscan, con ansiedad, anclajes identitarios fuertes. Paradójicamente, esa búsqueda de identidad se construye frecuentemente por exclusión: soy lo que el otro no es. Metemos todos en el mismo pack. El pensamiento se vuelve binario, la realidad se simplifica en dos polos, en los extremos y cualquier posición intermedia o neutra es interpretada como traición o cobardía.
Este fenómeno tiene consecuencias profundas, sin duda, en la educación y en la pastoral juvenil también. Por la propia experiencia día a día en el aula doy fe de ello. Los niños y jóvenes que acompañamos crecen respirando ese aire envenenado de la polarización. Aprenden antes a clasificar a las personas en bandos que a escucharlas en su complejidad. La escuela y la comunidad cristiana (Movimiento Calasanz, Scout…), que deberían ser espacios de encuentro y de síntesis, corren el riesgo de reproducir la misma lógica que dicen combatir. El diagnóstico es claro y urgente: necesitamos una propuesta que no sea ni la rendición de nuestra identidad ni la crispación de quien se siente amenazado, sino algo cualitativamente distinto.
Sería ingenuo pensar que los cristianos estamos a salvo de esta dinámica. La tentación es real y opera de formas sutiles. A menudo se presenta con el lenguaje de la fidelidad: hay que elegir bando porque la neutralidad es complicidad. Otras veces se disfraza de profetismo: el compromiso social exige tomar partido. Y en ambos casos, lo que se produce es la misma reducción: el Evangelio queda domesticado al servicio de una ideología, sea cual sea su color. El Dios de Jesucristo, el Dios de los pequeños y pobres que desborda toda categoría humana, es recortado para caber en una agenda política. El euan-gélion, “Buena Nueva”, se convierte en la buena noticia solo de mi bando, de mi grupo, de mi partido.
Esta es quizás la trampa, la tentación más peligrosa para el educador cristiano, por tanto, para el educador escolapio: creer que acompañar a los jóvenes significa formarlos en una determinada visión del mundo entendida como verdad absoluta e incuestionable, en lugar de educarlos para pensar críticamente y buscar honestamente la verdad. No nos olvidemos, dice Calasanz que somos “cooperadores de la Verdad”.
2. Una propuesta escolapia: Calasanz, un maestro que acoge sin disolver y educa desde el centro, no desde el bando.
En este horizonte sombrío y caótico, volver hoy a la figura de Nuestro Santo Padre, creo que nos ilumina y nos ayuda a afrontar dichas situaciones. Pues Calasanz brilla con una luz peculiar, obviamente no como solución fácil, sino como testigo de una posibilidad que creímos imposible. Cuando en 1597 Calasanz empezó en el barrio romano de Trastévere la primera escuela pública y gratuita de Europa, Calasanz no se preguntó de qué familia eran los niños que llegaban, ni cuál era su posición social, ni qué ideas políticas tendrían sus padres. Los acogió a todos. Esa apertura y acogida no era indiferencia ante la verdad: era convicción profunda de que todo ser humano, toda persona, por el hecho de serlo, merece ser educado y amado. La universalidad de su apertura nacía no del relativismo, sino de la fe en la dignidad.
Cuando Calasanz integraba en sus aulas a hijos de artesanos y de nobles, a niños de distintas procedencias culturales, no los uniformaba ni les exigía que dejaran de ser quienes eran. Los ponía en contacto. Y en ese contacto, bajo la guía de un maestro que amaba la verdad más que su propia opinión, surgía algo nuevo: una comunidad educativa en la que la diferencia era riqueza, no amenaza. Esta es la propuesta que los educadores escolapios tenemos que recuperar con urgencia: construir espacios donde la polarización no tenga oxígeno porque la relación auténtica la asfixia.
Desde mi humilde punto de vista, esto exige tres cambios de mirada, de mentalidad o de modo de educar y acompañar pedagógicamente a los niños y jóvenes: La primera es pasar del debate a la conversación y diálogo sincero. El debate tiene ganadores y perdedores; la conversación tiene participantes que aprenden. La segunda es pasar de la reivindicación continua de identidad como muro a la identidad como fuente. Mi fe, mis convicciones, mis sensibilidades, mis valores no son una trinchera desde la que disparo: son la fuente desde la que me acerco al otro con interés humilde y genuino. Y la tercera es pasar del acompañamiento ideológico al acompañamiento integral e incondicional. En definitiva: de las ideas a la realidad, de la ideología al evangelio porque hemos sido creado a imagen y semejanza. No acompaño a un niño y joven para que piense como yo, sino para que piense con honestidad, libertad y amor. Un educador escolapio no puede tener alumnos ideológicamente clonados; tiene que tener alumnos que hayan aprendido a pensar críticamente, con el corazón abierto y mirada atenta. Porque no sólo queremos “cristianos místicos y solidarios” sino también ciudadanos “críticos y comprometidos” con el mundo especialmente con las necesidades de los más pequeños y pobres.
[i] J.M.Olaizola es jesuita, teólogo y sociólogo. Muy presente hoy en día en el mundo de la comunicación y en la evangelización a través del mundo digital. En su faceta de escritor combina un acercamiento muy propio entre la mirada a la sociedad, con sus dinámicas compartidas por tantos, con la espiritualidad y la fe. https://gcloyola.com/autor/jose-maria-rodriguez-olaizola-sj/

JULIAO OLIVEIRA DA SILVA
Escolapio
Religioso escolapio de Timor Oriental. Vive en Salamanca. Actualmente es Profesor y Coordinador del Movimiento Calasanz en el Colegio Calasanz Salamanca y colabora con el Equipo Provincial de Pastoral Vocacional. Graduado en Teología (Universidad Pontificia Comillas-Madrid). Máster del Profesorado con la Especialidad en Filosofía (Universidad Pontificia Salamanca).