+39 06 68 40 741 scolopi@scolopi.net
Ein Karem: servicio, alabanza, anuncio y profecía

Ein Karem: servicio, alabanza, anuncio y profecía

El Evangelio de hoy nos regala una de las joyas más preciosas de nuestra fe:  el cántico del Magnificat de María en el contexto de la visita a Isabel.

En él vemos a María encarnar la disposición que cualquier cristiano, y la Iglesia entera, estamos llamados a tener con las hermanas y hermanos y ante la sociedad.

El contexto, la actitud de base, es el servicio solícito y desinteresado ante las necesidades de las personas próximas, o no tanto. María tiene prisa por atender a su prima Isabel, que vive en Ein Karem, en una región montañosa.

En el diálogo que conlleva la actitud de servicio surge naturalmente la alabanza a Dios por su acción salvadora. María reconoce la gracia recibida sin ningún merecimiento y en esa gracia, quien ha sido llamada a ser Madre de Dios, descubre que su misión comienza incluso antes de dar a luz a su Hijo.

María siente la presencia definitiva de Dios en su vida y en su propio cuerpo. Esta experiencia le lleva a proclamar con alegría y gratitud la Buena Noticia que lleva ya en su seno. A través del cántico de María vamos a empezar a conocer al Dios que se revelará definitivamente a través de Jesús y su Espíritu.

En el Magníficat descubrimos que el Dios de María, que es el Dios de Jesús, es el Dios que ensalza a los humildes y los hambrientos, derribando de sus tronos y pedestales a los orgullosos, a los que se creen reyes, a los ricos.

Lejos de las imágenes, en ocasiones interesadas, de María arrebatada a los cielos entre querubines, se nos revela una María profética, que proclama la parcialidad de Dios en favor de las personas pobres y pequeñas.

Quienes seguimos al Dios de Jesús tras los pasos de Calasanz, que nos puso bajo la maternal protección de María, y la Iglesia entera, cada vez que rezamos el Magníficat debemos discernir si seguimos el camino que nos marca nuestra Madre, del servicio, la alabanza, el anuncio y la profecía en favor de las personas podres y pequeñas. Si así es, nos mantendremos cerca del mismo corazón de Dios.

Alberto Cantero

Domingo 15 de Agosto de 2021 | La Asunción

Lucas 1,39-56: El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludo a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

ALBERTO CANTERO

ALBERTO CANTERO

Escolapio laico

Casado y padre de tres hijos. Escolapio laico. Licenciado en Antropología social y cultural y en Ciencias Físicas. Coordinador de formación de la Red Itaka-Escolapios y de Itaka-Escolapios Emaús. Miembro del Consejo de la Fraternidad General.

Cuidar los lugares donde nos humanizamos

Cuidar los lugares donde nos humanizamos

Uno de los efectos de la pandemia mundial y la necesidad de reducir la actividad social para evitar los contagios, ha sido el debilitamiento de los lugares donde las personas referimos nuestras vidas, nos reconocemos, nos relacionamos, nos ayudamos, en definitiva, donde nos humanizamos.

Cuando Marc Augé, antropólogo francés, publicó en 1992 “Los no lugares. Espacios del anonimato”, nos alertó sobre un efecto causado por lo que él llamo la sobremodernidad: la proliferación acelerada de los no lugares. En estos espacios producidos por las instituciones modernas, domina la lógica de la funcionalidad concreta asignada socialmente: un aeropuerto, un centro comercial, una oficina de empleo, por ejemplo, son espacios creados, diseñados y pensados para una función concreta. En ellos, lo central no es la persona que lo utiliza, sino el servicio que se presta o la mercancía que se distribuye. En los no lugares es habitual, porque forma parte de la economía propia del espacio, sentirse un número más, un expediente, un individuo anónimo que es atendido, pero no reconocido. El anonimato es la norma, ya que de este modo se pretende asegurar la equidad y la transparencia, por no existir, idealmente, la posibilidad del trato de favor a una persona cercana. Las relaciones establecidas desde el anonimato no pasan, en el mejor de los casos, de las normas sociales de cortesía.

Cuando la pandemia nos ha impuesto el confinamiento, el toque de queda, la eufemísticamente llamada distancia social, y el enmascaramiento de nuestros rostros, la tendencia dominante ha sido la de acelerar todavía más el proceso de conversión de lugares donde las personas nos relacionábamos, nos reconocíamos y referíamos nuestra vida, en no lugares donde casi no nos cruzamos ni la mirada, interaccionamos lo menos posible, y, por supuesto, nos mantenemos siempre a distancia. En el mejor de los casos, hemos recurrido a la mediación de la tecnología para simular lugares de encuentro y relación, con las limitaciones que lógicamente conlleva.

Son muchas las tareas que, en estos tiempos, y más en los que van a venir, nos tocan asumir. Una de las más importantes va a ser la de REINICIAR y cuidar nuestras presencias escolapias, comunidades, colegios, centros culturales, hogares, proyectos sociales y parroquias, para que sean LUGARES donde sea posible otra vez relacionarse, reconocerse, acompañarse y crear comunidad, para que podamos ser personas en relación, para que el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Vida, encuentre un lugar donde habitar.

Alberto Cantero

ALBERTO CANTERO

ALBERTO CANTERO

Escolapio laico

Casado y padre de tres hijos. Escolapio laico. Licenciado en Antropología social y cultural y en Ciencias Físicas. Coordinador de formación de la Red Itaka-Escolapios y de Itaka-Escolapios Emaús. Miembro del Consejo de la Fraternidad General.