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En el Evangelio de este domingo el mismo Jesús nos guía con paciencia al descubrimiento de la naturaleza del amor de Dios.

Si un pastor deja su rebaño para buscar su oveja perdida, o una mujer sus tareas por buscar la moneda extraviada, y celebran el hallazgo con alegría inmensa, cómo no va a celebrar nuestro Dios la conversión de quien vive alejado y confundido.

Por si todavía no lo entendiéramos, Jesús nos revela en su experiencia profunda de Dios. Dios es Abba. Un padre amoroso y maternal[1],  que, a pesar de las ofensas de su hijo, se desvive para acogerlo en su casa cuando este vuelve avergonzado. Es tal su alegría que organiza una fiesta para celebrarlo por todo lo alto.

El amor del Dios de Jesús es tal, que nos sorprende precisamente por su sorpresa por el enfado del hijo mayor.

Nos es muy fácil ponernos en el lugar de quien habiendo sido fiel toda la vida se ofende por la condescendencia del Padre con quien le ha faltado al respeto, ha malgastado su dinero y ha pecado gravemente. Nos sorprende y nos irrita que Dios sea tan parcial en favor de quien más le ha ofendido. Y Dios Padre, a su vez, se sorprende de que nosotros, siendo tan fieles y obedientes a sus mandamientos, le conozcamos tan poco y tengamos un corazón tan pequeño.

Podemos dedicar la meditación de hoy a pensar cuántas veces hemos sido ese hermano mayor pidiéndole cuentas a Dios por su magnanimidad, o cuántas veces nos ha sorprendido su amplitud de corazón.

Podemos pedir perdón por las veces que hemos preferido encarnar la imagen de un Dios Padre severo y estricto, incapaces de acoger con amor a quien nos había ofendido o por las veces que nosotros mismos hemos sorprendido a Dios con nuestra dureza de corazón.

Podemos terminar también, sabiéndonos incondicionalmente perdonados y amados por nuestro Abba, independientemente de nuestra severidad con las hermanas y hermanos, de nuestra dureza de corazón, incluso de nuestras ofensas contra él.

Sabemos, porque Jesucristo mismo nos lo ha revelado, que nuestra debilidad es siempre maternalmente acogida, nuestras heridas, delicadamente curadas, nuestro cuerpo debidamente vestido, a pesar de todo.

Alberto Cantero


[1] Papa Juan Pablo II. Audiencia del 8 de septiembre de 1999, comentando la parábola del hijo pródigo: El padre misericordioso de la parábola contiene en sí mismo, trascendiéndolos, todos los rasgos de la paternidad y la maternidad. Lanzándose al cuello de su hijo, muestra los rasgos de una madre que acaricia a su hijo y lo cubre con su calidez.

Domingo 11 de septiembre de 2022 | 24º domingo de tiempo ordinario

Lucas 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.»

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.»

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse

el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:

«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»

Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

 

ALBERTO CANTERO

ALBERTO CANTERO

Escolapio laico

Casado y padre de tres hijos. Escolapio laico. Licenciado en Antropología social y cultural y en Ciencias Físicas. Coordinador de formación de la Red Itaka-Escolapios y de Itaka-Escolapios Emaús. Miembro del Consejo de la Fraternidad General.