La alegría de amar
Conocemos los discursos de la mayor parte de nuestros políticos en muchos países del mundo. Los insultos y las acusaciones a los contrarios son frecuentes y ya casi hacen que el insulto en nuestra sociedad sea moneda ordinaria. Ojalà aprendiéramos todos de qué manera se hace la denuncia cristiana. Los textos dominicales nos muestran tres cualidades: 1. Decir la verdad, sin ambages, pero acompañada del perdón y la comprensión. 2. Asumir los sufrimientos que comporta decir la verdad. 3. Invitar al cambio, guiados por el amor.
1. LA VERDAD SIN AMBAGES. El apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo que es Espíritu de Amor, en el libro de los Hechos de los Apóstoles pone bien claramente de manifiesto el horrendo crimen que cometieron con el Santo y el Justo “los hombres de Israel” (y aquí incluye a todos, desde los jefes del pueblo, los sacerdotes, los fariseos y los escribas, hasta el más sencillo ciudadano judío que en su día prefirió la liberación de un asesino a la de Jesús, condenándolo asi a la crucifixión). Dice con todo coraje la verdad (a riesgo de acabar como su maestro): “Vosotros matasteis al autor de la vida”, pero a la vez excusa ,como Jesús en la cruz, la acción –si se puede hablar asi- más criminal de la historia: “Sé que habéis actuado por ignorancia”.
2. ASUMIR LOS SUFRIMIENTOS QUE COMPORTA DECIR LA VERDAD. Luego, ante ese auditorio mayoritariament judío, sigue su osadía al afirmar algo que va contra el sentir popular y el de los sacerdotes y maestros de la ley: el Mesías tan esperado no es alguien que viene a salvar de los romanos con la violencia, aniquilando al enemigo, sino que es un Mesías sufriente. Jesús, en el evangelio de Lucas, centra la atención de sus apóstoles en dos hechos esenciales: el primero, en mostrar que efectivamente es él, el crucificado (les enseña las señales de los clavos), quien ha resucitado. Y la segunda, que las Escrituras habían ya anunciado que el Mesias sufriría. Pasión y Resurrección van bien unidas. Y el lazo de unión es precisamente el amor:
no hay amor sin sufrimientos y el amor es la fuente de la vida.
La cuaresma recientemente vivida nos ha mostrado ya cuál es el camino que los seguidores de Jesús debemos seguir. No porque amemos el dolor, sino simplemente porque amamos.
3.INVITACION AL CAMBIO: A AMAR. Pedro, como consecuencia de su discurso, acaba pidiendo valientemente a los oyentes un cambio: que se conviertan a Dios. Y es Juan, en su carta, quien nos explicita qué significa esa conversión a Dios: es guardar sus mandamientos, esto es, nuevamente lo mismo: simplemente amar.
Tenemos tan oída esta canción que ya no seguimos escuchando. Hay cristianos que están cansados de este discurso: amaos los unos a los otros. Cómo hacer para que nos suene como algo nuevo? Y sin embargo, es tan sencillo que ahí se encuentra lo más auténtico y profundo del cristianismo. Vale la pena insistir en ello:
El Jueves Santo, el día más alegre y feliz de la vida de Jesús, sabiendo que había llegado la hora del adiós, Jesús inventó la eucaristía. Qué osadía! Qué sencillez -la de una comida familiar, el acto más humano de todos los actos sociales del hombre- y a la vez qué profundidad y qué compromiso. Mientras no descubramos que ahí está todo lo dicho y hecho por Jesús, que ahí está la esencia del actuar de los que le siguen, no caeremos en la cuenta de la magnitud inmensa de lo que Jesús nos dejó como testamento o herencia…
- …porque Jesús empezó el banquete de la cena final diciendo que “era el momento de su vida que más había deseado que llegara”;
- …porque era el signo mayor, el más excelente y más claro, del amor: dar la propia vida;
- …porque él iba a dejarnos un memorial que haría que cada día y en cada lugar del mundo se actualizara de nuevo ese momento culminante de su vida en el que nos dio todo, su cuerpo y su sangre (su cuerpo, los hombres lo trincharon; su sangre, la derramaron hasta la ultima gota);
- …porque con esa cena maravillosa de la entrega total, de hacerse esclavo lavando los pies, quería que todos fuéramos sacerdotes (lo recogió luego Pedro en su carta) para que NOS UNIERAMOS A SU OFRENDA a Dios y a los hombres, dando nosotros también nuestras vidas, nuestro tiempo, nuestro servicio sin límites (como el suyo).
(Y aquí una pequeña anécdota. Un escolapio, que en un barrio pobre de Terrassa (Barcelona) era llamado “Padre Alejandro” y entre los niños de la calle de Mexico, Chinchachoma, una vez, en su misa, en el momento de la consagración, preguntó a los fieles asistentes: “Los que estén dispuestos a dar su vida hoy, unida a la de Jesús, que levanten la mano!” “Y –me contó– dos de los que habían levantado la mano murieron aquel día”)
Porque hemos descubierto que ese don total que llamamos AMOR es lo único que da sentido a nuestras vidas, sintetizamos en dos palabras lo que pedimos a Jesucristo en este maravilloso banquete:
“Danos, Señor, la ALEGRIA DE AMAR”.
14 de abril de 2024 | III domingo de Pascua
Lc 24, 38-45: Soy yo en persona
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo:
«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

FERRAN SANS PASCUAL
Piariste