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El evangelio de Juan presenta a Jesús frente a la muchedumbre, entre ellos estaban los judíos, que escuchaba aquel sermón tan extraordinario que proviene de las sabias palabras de Jesús.

El núcleo de la exhortación de Jesús se centra en la siguiente clave: «el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré el último día». Probablemente nos hemos preguntado a qué hace referencia esta expresión o cuál es su sentido intrínseco en el marco de la vida cristiana.

Comienzo puntualizando, que, abordar la cuestión de la «vida eterna», se debe de entender como aquella «realidad ya presente». Me refiero a que la vida eterna no hay que entenderla como una recompensa que hemos de recibir en la otra vida, es decir, después de la muerte; sino, la recompensa está en «el aquí y el ahora», la realidad que ya gozamos en nuestra vida presente. La vida eterna debe ser vivida con pasión; con amor, sin miedo al devenir de las cosas. Lo digo porque la vida del humano es lo más perfecto de entre todo lo creado, por ende, un regalo con un valor inconmensurable e invaluable que Dios ofrece a sus hijos.

La vida eterna no se puede entender sin los sacramentos, específicamente con la eucaristía: «el que come y bebe mi sangre tiene vida eterna»(Jn 6,54). Por ello, los expertos en sacramentaria, entre ellos, Arnau García en su obra; tratado general de los sacramentos, subraya: «el sacramento, en cuanto es un don divino ofrecido gratuitamente al hombre, ha de esperar siempre la correspondencia de su aceptación para ser eficaz». Por lo anterior, entendemos que el ser humano está invitado a participar voluntariamente de los sacramentos. Jesús nunca se impone a la libertad humana; todo lo contrario, nos ha dotado de una gran capacidad racional para decidir lo que creemos más conveniente; por ello, la llamada de Cristo se reduce a un «si quieres» y en este caso, el único que es capaz de responder es el humano.

Entonces, solo se puede responder al hijo primogénito de Dios desde la fe, y desde la participación de los sacramentos, ya que, de esta forma encarnamos las palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn 6,56). Seamos dóciles a las palabras de Cristo para que la gracia santificante actúe en nuestra vida y paulatinamente lleguemos al conocimiento verdadero del verbo encarnado.

Alejandro Méndez

Domingo, 11 de junio de 2023 | Corpus Christi

Juan 6, 51-58El que coma de este pan vivirá para siempre

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

ALEJANDRO MÉNDEZ

ALEJANDRO MÉNDEZ

Escolapio

Nacido en Oaxaca (México). Actualmente es Junior de la Provincia de México. Es coordinador del Grupo de Acólitos de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Tlalcoligia, Cdmx. Cursa el tercer semestre de la licenciatura en Teología y la licenciatura en Innovación Educativa y Gestión del Conocimiento.

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