La cruz es un signo que identifica al grupo de quienes como Jesús deciden seguirle. No obstante, la cruz como signo en sí mismo, comunica dolor, tristeza, soledad, abandono, pesadez, tortura, injusticia, juicio, abuso, indignidad, condena, sufrimiento, vulnerabilidad… etc. No obstante, desde otro contexto más amplio y teológico, también comunica un misterio guardado en el corazón misericordioso de Jesús y de María su madre de quien se profetizó que una espada le atravesaría el corazón.
Sensiblemente, la cruz en sí misma ejerce un rechazo absoluto a la vida, pero dentro del misterio misericordioso de Jesús, es una afirmación a la vida dentro del proyecto de Dios. Jesús optó por no abandonar ese proyecto, que le implicó también la pesada cruz.
Más allá de ver solo el escarnio que representa la cruz, también podemos contemplar en sus llagas, la acción misericordiosa de Jesús ante nuestra fragilidad. Él no abandonaría, tal proyecto de Dios, porque nos ama radicalmente. No abandonaría tal amor, porque sus afectos le llevaran a conservar su propia vida. Debido a esto, Jesús salió al encuentro, una vez más, y de forma radicalísima, para amarnos.
Hubo un deseo muy grande en su interior al que respondió, aferrado al amor de su Padre: amarnos hasta el final. Qué gran humanidad, qué grande misión, qué gran proyecto. Amarnos a través de la oblación, y no a través de la guerra. Amarnos a través de un radical testimonio que ordena todos los deseos humanos con el fin de cumplir el fin por el que ha nacido.
Así es como en este Evangelio, Jesús nos enseña que, al donar nuestra vida, encontramos una comunidad, encontramos una misión hacia los que más lo necesitan. El Evangelio nos invita a ordenar nuestros deseos internos, y saber que ellos son una potencial creador de vida: de identidad y de comunidad.
Cuando sucede lo contrario, nuestros deseos se vuelven egocéntricos y buscan menos la gloria de Dios y la Utilidad del Prójimo, sino solo satisfacer deseos que nunca terminamos de saciarlos: poder fama, prestigio. Cuando fracturamos una comunidad, relaciones laborales, familiares, religiosas, quizá sea una buena oportunidad de leer nuestros deseos y la fragilidad de los mismos que tienen como consecuencia la distancia de nuestra persona con los demás.
Jesús nos reintegra al proyecto de su Padre a través de la superación del egocentrismo frágil de nuestra condición humana para conocer de nosotros mismos que: no todo se trata de nosotros mismos. Se trata de abajarnos, en un proceso de kénosis como el de la Cruz, y que encontremos una comunidad, y un motivo para acortar las distancias injustas que nos separan cada vez más como seres humanos y como sociedad.
Las expresiones del Evangelio sobre dejar y abandonar para ser digno de él, no se viven literalmente (la vida de fe no se vive así), sino es una invitación a abandonar las ocasiones de deseo que nos dan seguridad (como los que se construyen en una “familia normal” y que nos dan confort), y aprendamos con el tiempo que el camino de seguimiento de Jesús, el camino de fe, nos lleva por senderos donde la única seguridad es que su proyecto es mucho más grande que nosotros mismos y que Él ya ha vencido al mundo… lo demás es añadidura.
Julio Alberto Álvarez, Sch. P.
2 de julio de 2023 | XIII Domingo de del Tiempo Ordinario
Mt 10, 37-42: El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

JULIO ALBERTO ÁLVAREZ DÍAZ
Escolapio
Nació en Puebla. Amante de la naturaleza y siempre dispuesto a aprender.

