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Jesús, un hombre que transforma la vida de sus discípulos

Jesús, un hombre que transforma la vida de sus discípulos

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús enviando a los discípulos a preparar la cena de pascua. Llama la atención la manera en la que Jesús se dirige a ellos porque tal parece que los discípulos son los que deben de preparar la cena pascual, pero analizando desde otro ángulo las instrucciones de Jesús, Él mismo ya tiene la cena preparada por las mismas referencias que utiliza: Díganle al dueño de la casa… ¿en dónde está la habitación que voy a comer la pascua con mis discípulos? Eso nos conduce a entender que el Maestro ya había preparado con antelación la cena tan esperada y especial para sus discípulos, es por ello, que a Jesús le interesa que sus discípulos sean parte esencial de esa cena que Él ya había preparado, pero también le preocupa que sus amigos sean quiénes terminen los últimos preparativos que el maestro les dejó.

Jesús valora el servicio de sus apóstoles, me atrevo a decir que les está enseñando a ser serviciales. Estos gestos siempre se resaltan en la persona de Jesús, porque a través de lo más sencillo y humilde, nos enseña a disponernos para los demás y a no preocuparnos solo por los intereses individuales.

Adentrándonos al contexto de la cena de Jesús con sus apóstoles, se logra percibir un ambiente de despedida, pero a la vez, es de encuentro, porque Jesús les enseña y les trasmite el espíritu de hermandad. La cena (comida) es lo que justamente trata de rescatar, que todos somos iguales ante Dios y que todos somos llamados a amar al otro con sus virtudes y defectos. Ser hermanos entorno a la mesa del señor es lo más loable y benigno que puede experimentar el hombre y la mujer. Es en este gesto de fraternidad es en donde se encarnan los valores del Reino (justicia, paz, perdón, servicio…)

En nuestra actualidad el valor de la Eucaristía ha cobrado poca relevancia, y más por aquellos que dicen y profesan ser discípulos de Jesús. La eucaristía debe transformar nuestro corazón por el mismo hecho de compartir la mesa con el Señor Jesús. Así como Jesús envió a los discípulos, también nos envía a preparar la mesa para aquellos que nos necesitan y demostrar que somos el rostro vivo de Cristo en nuestros tiempos del aquí y el ahora.

ALEJANDRO MÉNDEZ

ALEJANDRO MÉNDEZ

Escolapio

Nacido en Oaxaca (México). Actualmente es Junior de la Provincia de México. Es coordinador del Grupo de Acólitos de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Tlalcoligia, Cdmx. Cursa el tercer semestre de la licenciatura en Teología y la licenciatura en Innovación Educativa y Gestión del Conocimiento.

Tendrá vida eterna

Tendrá vida eterna

El evangelio de Juan presenta a Jesús frente a la muchedumbre, entre ellos estaban los judíos, que escuchaba aquel sermón tan extraordinario que proviene de las sabias palabras de Jesús.

El núcleo de la exhortación de Jesús se centra en la siguiente clave: «el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré el último día». Probablemente nos hemos preguntado a qué hace referencia esta expresión o cuál es su sentido intrínseco en el marco de la vida cristiana.

Comienzo puntualizando, que, abordar la cuestión de la «vida eterna», se debe de entender como aquella «realidad ya presente». Me refiero a que la vida eterna no hay que entenderla como una recompensa que hemos de recibir en la otra vida, es decir, después de la muerte; sino, la recompensa está en «el aquí y el ahora», la realidad que ya gozamos en nuestra vida presente. La vida eterna debe ser vivida con pasión; con amor, sin miedo al devenir de las cosas. Lo digo porque la vida del humano es lo más perfecto de entre todo lo creado, por ende, un regalo con un valor inconmensurable e invaluable que Dios ofrece a sus hijos.

La vida eterna no se puede entender sin los sacramentos, específicamente con la eucaristía: «el que come y bebe mi sangre tiene vida eterna»(Jn 6,54). Por ello, los expertos en sacramentaria, entre ellos, Arnau García en su obra; tratado general de los sacramentos, subraya: «el sacramento, en cuanto es un don divino ofrecido gratuitamente al hombre, ha de esperar siempre la correspondencia de su aceptación para ser eficaz». Por lo anterior, entendemos que el ser humano está invitado a participar voluntariamente de los sacramentos. Jesús nunca se impone a la libertad humana; todo lo contrario, nos ha dotado de una gran capacidad racional para decidir lo que creemos más conveniente; por ello, la llamada de Cristo se reduce a un «si quieres» y en este caso, el único que es capaz de responder es el humano.

Entonces, solo se puede responder al hijo primogénito de Dios desde la fe, y desde la participación de los sacramentos, ya que, de esta forma encarnamos las palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn 6,56). Seamos dóciles a las palabras de Cristo para que la gracia santificante actúe en nuestra vida y paulatinamente lleguemos al conocimiento verdadero del verbo encarnado.

Alejandro Méndez

Domingo, 11 de junio de 2023 | Corpus Christi

Juan 6, 51-58El que coma de este pan vivirá para siempre

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

ALEJANDRO MÉNDEZ

ALEJANDRO MÉNDEZ

Escolapio

Nacido en Oaxaca (México). Actualmente es Junior de la Provincia de México. Es coordinador del Grupo de Acólitos de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Tlalcoligia, Cdmx. Cursa el tercer semestre de la licenciatura en Teología y la licenciatura en Innovación Educativa y Gestión del Conocimiento.

Permanecer en el amor de Cristo; como Cristo permanece en el amor del Padre

Permanecer en el amor de Cristo; como Cristo permanece en el amor del Padre

El evangelio de hoy, nos sitúa en un acontecimiento crucial que rememoramos en la vida cristiana, y es la celebración de Domingo de Ramos que anticipa la aproximación de la Semana Santa.

En la entrada de Jesús a Jerusalén podemos vislumbrar una gama de situaciones que interfieren de manera negativa y violenta en contra de Él. En especial lo podemos encontrar explícitamente en el evangelio de hoy, en donde vemos a un Jesús donado en las manos de Dios, y es tan fuerte su confianza filial que aguarda en silencio ante las acusaciones de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos que lo inculpan falsamente, y, de esta manera demostrar su poderío terrenal; hasta lograr conducirlo a la cruz para que se cumpliese lo prescrito en la sagrada escritura; las manos y los pies del mesías serían “traspasados” (salmo 22,16; Jn 20,25).

En esta ocasión, el evangelio nos conduce a ver la vida de Jesús desde un proyecto de salvación, es decir, Jesús es enviado por el Padre y hace la voluntad del Padre y su misión es anunciar y testificar en actos que el reino de Dios se ha hecho presente. Su anuncio siempre trae consigo obras caritativas o de misericordia, que de manera indudable, hacen a Jesús un hombre virtuoso, ya que, todo lo que Él hace es para reflejar el rostro compasivo de Dios para con su creación desde un acto de amor inconmensurable. La capacidad de amar de Jesucristo lo podemos encontrar claramente en el acontecimiento tan radical, al ser clavado en la Cruz, entregando su vida como aquel buen pastor que para salvar a sus ovejas decide dar su vida y poner a salvo a su rebaño. He aquí una expresión maravillosa de la Gaudium et Spes (alegría y esperanza) al indicar que “el hombre ha sido creado «a imagen de Dios», con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él?”… (Gs, 12)

El Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (Dios es amor), retoma un fragmento del evangelio de Juan que expresa «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Esto nos plantea que Jesús permanece fiel en el amor de Dios; de aquel que llama Abbá (Padre). Pero, ¿cómo podemos permanecer en Dios?, en todo caso, ¿qué es permanecer en Dios? Considero que permanecer en Dios evoca a un compromiso que emana en un acto de libertad; que surge como respuesta y necesidad del hombre y la mujer de buscar a Dios para adjudicarle un sentido a la propia existencia. Como cristianos somos invitados a llevar un proceso de mimesis que nos conduce a apropiarnos de aquellas enseñanzas tangibles e inteligibles que Cristo nos revela en las sagrada escritura.

Permanezcamos en Dios como lo hizo Jesús durante su misión en la tierra; entregar la vida por hacer un bien supremo; que en su caso, buscó suplantar la justicia por la injusticia, de manera que los valores del reino se vean reflejados en un mundo que cada vez se hace más humanizado y humanizador en y con el prójimo, tal cual lo subraya Benedicto XVI: “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”. (Deus caritas est, 16)

Alejandro Méndez

Domingo 2 de abril de 2023 | Domingo de Ramos

Mt 26, 14 — 27, 66: Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?

C.  En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

S.  «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C.  Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?

C.  El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

S.  «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C.  Él contestó:

+  «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C.  Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Uno de vosotros me va a entregar

C.  Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

+  «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C.  Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

S.  «¿Soy yo acaso, Señor?».

C.  Él respondió:

+  «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C.  Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

S.  «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C.  Él respondió:

+  «Tú lo has dicho».
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

C.  Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:

+  «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C.  Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:

+  «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C.  Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño

C.  Entonces Jesús les dijo:

+  «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C.  Pedro replicó:

S.  «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C.  Jesús le dijo:

+  «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C.  Pedro le replicó:

S.  «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C.  Y lo mismo decían los demás discípulos.
Empezó a sentir tristeza y angustia

C.  Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:

+  «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C.  Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dijo:

+  «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C.  Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

+  «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C.  Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.

Dijo a Pedro:

+  «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C.  De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

+  «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C.  Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.

Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:

+  «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron

C.  Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

S.  «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C.  Después se acercó a Jesús y le dijo:

S.  «¡Salve, Maestro!».

C.  Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

+  «Amigo, ¿a qué vienes?».

C.  Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.

Jesús le dijo:

+  «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C.  Entonces dijo Jesús a la gente:

+  «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C.  En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder

C.  Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:

S.  «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C.  El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

S.  «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C.  Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

S.  «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C.  Jesús le respondió:

+  «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C.  Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:

S.  «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C.  Y ellos contestaron:

S.  «Es reo de muerte».

C.  Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:

S.  «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Antes de que cante el gallo me negarás tres veces

C.  Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:

S.  «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C.  Él lo negó delante de todos diciendo:

S.  «No sé qué quieres decir».

C.  Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

S.  «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C.  Otra vez negó él con juramento:

S.  «No conozco a ese hombre».

C.  Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:

S.  «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C.  Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:

S.  «No conozco a ese hombre».

C.  Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador

C.  Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre

C.  Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:

S.  He pecado entregando sangre inocente».

C.  Pero ellos dijeron:

S.  «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C.  Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:

S.  «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».

C.  Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:

«Y tomaron las treinta monedas de plata,
el precio de uno que fue tasado,
según la tasa de los hijos de Israel,
y pagaron con ellas el Campo del Alfarero,
como me lo había ordenado el Señor».
¿Eres tú el rey de los judíos?

C.  Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

S.  «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C.  Jesús respondió:

+  «Tú lo dices».

C.  Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

S.  «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C.  Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:

S.  «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C.  Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

S.  «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C.  Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

El gobernador preguntó:

S.  «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C.  Ellos dijeron:

S.  «A Barrabás».

C.  Pilato les preguntó:

S.  «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C.  Contestaron todos:

S.  «Sea crucificado».

C.  Pilato insistió:

S.  «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C.  Pero ellos gritaban más fuerte:

S.  «¡Sea crucificado!».

C.  Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

S.  «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».

C.  Todo el pueblo contestó:

S.  «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C.  Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
¡Salve, rey de los judíos!

C.  Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

S.  «¡Salve, rey de los judíos!».

C.  Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Crucificaron con él a dos bandidos

C.  Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

C.  Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:

S.  «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C.  Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:

S.  A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».

C.  De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?»

C.  Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

+  «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C.  (Es decir:

+  «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C.  Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:

S.  «Está llamando a Elías».

C.  Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.

Los demás decían:

S.  «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C.  Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C.  Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

S.  «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C.  Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José puso en su sepulcro nuevo el cuerpo de Jesús

C.  Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis

C.  A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

S.  «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C.  Pilato contestó:

S.  «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C.  Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor.

ALEJANDRO MÉNDEZ

ALEJANDRO MÉNDEZ

Escolapio

Nacido en Oaxaca (México). Actualmente es Junior de la Provincia de México. Es coordinador del Grupo de Acólitos de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Tlalcoligia, Cdmx. Cursa el tercer semestre de la licenciatura en Teología y la licenciatura en Innovación Educativa y Gestión del Conocimiento.

Somos portadores del Reino y de la justicia que suplicamos

Somos portadores del Reino y de la justicia que suplicamos

El evangelio de hoy es demasiado conmovedor al afirmar “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos”. Esta afirmación es crucial para la vida de toda persona que proclama ser seguidor e imitador de Jesucristo.

Los saduceos al acercarse a Jesús y antes de interrogarlo con su pregunta escéptica sobre la resurrección, da  pie a la expresión “Maestro” (en hebreo significa rabbi), que solo se utilizaba para nombrar a personas que divulgaban las enseñanzas de la ley mosaica. 

En este caso se denota que los saduceos se muestran en concordia con Jesús (lo digo por la manera tan explicita de dirigirse a él al inicio), aunque sus intenciones sean todo lo contrario al exponer su inconformidad acerca de la resurrección. Jesús siempre nos deja asombrados por las respuesta que tan sabiamente ocupa al justificar sus palabras. En este caso su comentario lo fundamenta desde lo predicho por Moisés <<… y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos>>.

Jesús defiende con toda seguridad y esperanza la resurrección de los muertos, y es capaz hasta de dar la vida para testimoniar sus palabras. También nos recuerda que Dios es un Dios de vivos. Esto interpela la vida del cristiano, porque le impulsa a examinar la manera de vivir los valores del Reino en la vida actual; en el presente, en el ahora. He aquí que se encarna la justicia que expresa Jesús de manera tan explicita: <<los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán>>. 

Vivir una vida digna es una de las grandes máximas de la vida humana. Pero puede sonar un tanto imposible o simple para algunos. Pero realmente, ¿Qué es lo que puede llevar a las personas de nuestras sociedades a encarnar la justicia, la fraternidad, la empatía, el amor para alcanzar la invitación de Jesús?

Tratemos de encontrar una respuesta colectiva, es decir, no solo pensando en nuestro beneficio individual, sino en pro de la sociedad. Pero, ¿quién es la sociedad? Tal parece que es un termino un tanto ambiguo porque a la vez abarca a toda una nación, y al mismo tiempo no repercute en ninguna persona.

Hablar de sociedad es apropiarnos literalmente de la palabra, y llevar una vida digna evoca al bien que se gesta y se vive en el seno familiar. Si en la familia se enfatizan los valores positivos, buenos hábitos, el respeto mutuo, la solidaridad con el semejante , etc., estoy convencido, en que la falacia errónea a la que nos hemos apegado “es la sociedad la que tiene que cambiar”, definitivamente recibe una transformación radical, porque en realidad, es el núcleo familiar el que debe ser portador del cambio que gritamos y anhelamos alcanzar.

Alejandro Méndez

Domingo 6 de Noviembre de 2022 | 32º domingo de tiempo ordinario

Lucas 20, 27-38No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

ALEJANDRO MÉNDEZ

ALEJANDRO MÉNDEZ

Escolapio

Nacido en Oaxaca (México). Actualmente es Junior de la Provincia de México. Es coordinador del Grupo de Acólitos de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Tlalcoligia, Cdmx. Cursa el tercer semestre de la licenciatura en Teología y la licenciatura en Innovación Educativa y Gestión del Conocimiento.

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