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“Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te queremos”

“Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te queremos”

Para acercarnos al evangelio de este domingo vale la pena detenernos en las dos escenas que se nos proponen:

La primera escena nos remite a la experiencia de ver, sentir, presenciar a Jesús Resucitado pero dudar de esa experiencia. Es notable la extrañeza de los discípulos durante todo el relato, en el que saben que es Jesús, pero a la vez sienten la confusión (“Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor” v. 12); es como coloquialmente dicen algunos: “no tenemos pruebas, pero tampoco dudas”. Sin embargo, las pruebas empiezan a surgir ante la primera indicación y su efecto: “Echen la red a la derecha y encontrarán” (v. 6); ante tal sugerencia y convicción en sus palabras, y además del fructífero efecto, es donde surge la expresión de reconocimiento (no solo de visibilidad -eso es lo que más los confunde-, sino de identificación vital): “Es el Señor” (v. 7), expresión que en algunos suscita la alegría del encuentro, pero en otros genera vergüenza, la vergüenza de la desnudez (v. 7).

No hay duda que es al echar las redes cuando donde reconocemos al Señor, es el momento de experimentarlo resucitado, es al echar las redes como podemos encontrarnos con él.

Ahora contemplemos el segundo momento: es la escena que todos nos hubiéramos quedado esperando si en algún momento de la redacción del evangelio no hubiera sido incluido este epílogo y la segunda conclusión; esta es la escena postcréditos que muchos se pierden por afán, pero que nosotros, como buenos aficionados, disfrutamos hasta el final.

Ciertamente hubiera sido muy triste quedarnos con la simple escena de un Pedro que niega, y no haber podido degustar su capacidad de amar (o bueno de querer, que a fin de cuentas sigue siendo una manera de amar).

Vale la pena dejarnos enternecer por un Pedro que vuelve a su “amor primero” y, por lo tanto, a su misión, a su envío, a su seguimiento. Pedro es negación, pero también es capacidad de amar; también tú y yo somos muchas veces somos negación, pero siempre capacidad de  entrega, de amor, de seguir dándola toda, de apacentar los corderos.

Con el evangelio de este segundo domingo de Pascua, disfrutemos de nuestra vocación escolapia (religiosa o laical), una vocación que sigue estando llamada a echar las redes de una manera novedosa, creativa; una vocación, un llamado que se sigue actualizando en medio de las negaciones pero, sobre todo, de nuestra capacidad de decir con fuerza y convicción: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te queremos”, y el Señor simplemente nos mirará tiernamente y nos dirá: “Síganme” (v. 19).

P. Daniel Toro Candamil Sch. P.

 

Domingo 01 de Mayo de 2022 | 3º Domingo de Pascua

Juan 21, 1-19: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»

Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»

Ellos contestaron: «No.»

Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.»

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice: «Vamos, almorzad.»

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

DANIEL TORO CANDAMIL

DANIEL TORO CANDAMIL

Escolapio

Religioso y presbítero escolapio de la Provincia Nazaret. Desempeña su ministerio en el Colegio Calasanz de Pereira, Colombia. Apasionado por el acompañamiento de los niños y jóvenes. Alegre, trabajador y comprometido con los procesos pastorales de la Provincia Nazaret.

La Resurrección: huellas para ver y creer

La Resurrección: huellas para ver y creer

El sepulcro vacío ha sido un asunto de frecuente diálogo e investigación, muchos se han interesado en analizar el aspecto verídico. La cristología lo considera como el punto de partida histórico para hablar de la resurrección del Señor. Hoy nosotros podremos quedarnos en una postura histórica, basados en datos, en el acontecimiento como tal; o también podremos apoyarnos en la experiencia de la Resurrección como realidad que acontece en nuestros días, como experiencia que hoy celebramos y que nos toca profundamente el corazón.

El evangelio que acompaña la liturgia del primer domingo de Pascua contiene un dinamismo profundo y significativo. Es un ir y venir, está basado en distintos estratos de la mirada: el observar, el mirar, el ver y el contemplar.

María Magdalena, la mujer que va al sepulcro, quizás a llorar la muerte de su Señor, observa, tal vez desde la lejanía, que la piedra ha sido removida, que algo ha sucedido. Su afán la lleva a salir corriendo para contar la noticia; no sabe lo que ha sucedido.

El otro discípulo, el amado, el amigo de Jesús, corre de manera intempestiva. Cuando llega, lo primero que hace es mirar, para ratificar lo que María Magdalena había notado. Espera a que llegue Pedro, a lo mejor para dar juntos el testimonio, o tal vez respetando la primacía petrina; y cuando entra, acontece el centro del evangelio: “Vio y creyó”. Da un salto del mirar, y ahora ve, un ver que lo lleva a recordar (a volver a pasar por el corazón) la Escritura.

Por su parte Pedro, tan solo necesita llegar para contemplar, al principio se asombra, pero su contemplación lo lleva a reconocer el acontecimiento de la Resurrección y llevarlo al corazón, guardarlo como un tesoro.

Así pues, si bien el sepulcro vacío, los lienzos en el suelo, el sudario en su puesto doblado son signos, que para algunos podrían ser noticia de que el cuerpo no ha sido robado (porque ha quedado lo que lo enrollaba); para otros es el maravilloso inicio de una nueva Vida, una vida que se capta no al instante, sino que se experimenta cuando se deja tiempo para ver y para contemplar.

Celebrar la Resurrección del Señor es darnos el tiempo para reconocer las huellas de Vida, huellas sencillas, nada grandilocuentes (un lugar vacío, unas vendas en el suelo, un sudario doblado), huellas que quizás pasarán inadvertidas para algunos, pero para nosotros, desde nuestra fe, será la posibilidad de reconocer la novedad, pues es la fe la que nos permite descubrir que tras lo sencillo está la Vida. Huellas de entrega, huellas de servicio, huellas de testimonio y coherencia, huellas que permiten “ver y creer”.

P. Daniel Toro Candamil Sch. P.

 

Domingo 04 de Abril de 2021 | Domingo de Pascua

Juan 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

DANIEL TORO CANDAMIL

DANIEL TORO CANDAMIL

Escolapio

Religioso y presbítero escolapio de la Provincia Nazaret. Desempeña su ministerio en el Colegio Calasanz de Pereira, Colombia. Apasionado por el acompañamiento de los niños y jóvenes. Alegre, trabajador y comprometido con los procesos pastorales de la Provincia Nazaret.