“En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron:
- ¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?
El llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
- Os aseguro que, si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. El que se haga tan pequeño como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mi”
+ Mt 18,1-5
Cada 25 de agosto, en la solemnidad de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías y Padre de la Familia Calasancia, contemplamos en el pasaje del evangelio de Mateo el icono de nuestra común vocación educativa. Somos invitados a escuchar a Jesús que nos invita no solo a hacernos como niños, sino también a acoger a los pequeños, revelando las claves esenciales del estilo calasancio de vida evangélica. El contexto, el signo y la enseñanza de este episodio iluminan los perfiles del proyecto calasancio de seguimiento y misión para quienes nos recocemos herederos de su “afortunado atrevimiento y tesonera paciencia”.
El contexto. Los capítulos 18-20 del evangelio de Mateo constituyen una sección en la que se recogen enseñanzas posiblemente orientadas a guiar el modo de ser y hacer de los líderes comunitarios. El estilo de gobierno propuesto se inspira en el servicio, la acogida incondicional y la apertura, líneas de fuerza de un discurso enmarcado por la referencia al Reino. La preocupación por “ser el más importante”, “el primero” o el “más grande”, expresiones presentes en estos episodios, contrasta con la insistencia de Jesús por señalar “lo pequeño”, “lo intrascendente”, incluso “lo perdido” como claves de acierto en la búsqueda de la puerta de acceso a la bienaventuranza. Resulta significativo comprobar cómo toda la sección está marcada por la pregunta-petición de un lugar importante: el requerimiento de los discípulos (18,1-5) encuentra su reflejo en la actitud de la madre de los Zebedeos (20,20-28), interesados todos ellos en obtener el beneficio lucrativo del primer puesto.
El signo. Jesús, situándose muy conscientemente en la tradición de Israel, responde a la pregunta (y a la actitud de fondo que revela) proponiendo un signo profético. La rama de un almendro, la vasija rota o la faja de lino dan paso al niño como señal del tiempo nuevo y definitivo que marca la llegada del Reino. Un pequeño es el “ot” elegido por Jesús para mostrar cómo es posible sintonizar con el deseo de Dios que ya está latiendo en medio de nosotros. Situado en el centro de la escena y junto a Jesús, el niño deviene en paradigma y realización más acabada de quienes forman parte de la nueva familia en la que Dios es el único y verdadero Padre de todos. Se visibiliza el tiempo nuevo, el del Reino, y es un niño quien entra primero, porque sirve y se entrega sin reservas, …haciéndose “poca cosa”. Tiempo después, el pan y el vino compartidos desde el centro de la comunidad de los discípulos serán Presencia Suya, asombrosamente prefigurada en este pequeño, propuesto como modelo para quienes preguntan por el lugar importante.
La enseñanza. El episodio revela dos dinámicas esenciales para la vida de la comunidad, presentes en las palabras de Jesús a partir de los verbos cambiar-devenir y acoger. Acceder al Reino, sintonizar con él es cuestión de un “cambio radical” que, desde el interior, hace posible ser-como-un niño. Un cambio que desvela la doble realidad del don y la tarea: don para recibir un Reino que no es nuestro, ni obra de nuestras manos, celebrado como un regalo y disfrutado como tal; un Reino que se pide (“venga a nosotros tu Reino”) y acontece sin que sepamos cómo. Y la tarea de ir desbrozando las aspiraciones a lo importante, las presiones de lo urgente o las exigencias de lo necesario…para que se haga realidad el único imperativo evangélico.
Un Reino visible en la acogida: “Quien acoge a un pequeño, me acoge a Mi”, que se convierte en la traducción concreta del amor: si amas, acoges, abres, concedes lugar y palabra a todos, también al pequeño, aunque resulte insignificante. Si amas, sirves y te entregas, porque “donde Yo esté, allí también estará quien quiera servir”. Amor encarnado en servicio y acogida del pequeño, y con él, de todo lo despreciado, lo que “no vale” y “no cuenta”, lo que es “bajo y vil a los ojos del mundo” (EpCal 1236).
Cada 25 de agosto recordamos y celebramos como Familia un encuentro afortunado: el de san José de Calasanz con los pequeños. El del hallazgo sorprendente de la puerta de acceso al Reino para él y para todos nosotros, descubierto en las escuelas y entre los niños. El del signo de la grandeza de Dios que, fiel a su estilo, levanta a los humildes y concede el primer puesto a los últimos.
Ángel Ayala Guijarro Sch.P.

ÁNGEL AYALA GUIJARRO
Escolapio
Madrid (1976). Doctor en Teología por la Universidad Pontificia Comillas (Madrid). Postulador General. Responsable en Roma del departamento de Identidad y Carisma Calasancio.
