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En la antigua Grecia, Sócrates era famoso por sus incesantes preguntas, destinadas a hacer tambalear los argumentos mejor construidos para descubrir en ellos la verdad que gestaban.

En uno de los relatos que han llegado hasta nosotros se le puede observar discutiendo con otro filósofo. La cuestión era la siguiente: existen las leyes que amparan a la mayoría, sin embargo, existe también un pequeño grupo de personas que no se benefician de estas leyes, ellos se llamados oprimidos. Lo que este grupo debe hacer para acabar con la opresión es seguir el camino democrático: modificar las leyes.

Sócrates sin embargo, huele una mentira en esta propuesta. Es verdad que la ley en un Estado suele beneficiar a la mayoría. Pero ejercer cambios en las leyes es precisamente el poder que ostentan aquellos que no están oprimidos. La definición de poderoso en este caso es la de aquél que es capaz de instituir cambios en el derecho.

Es una completa contradicción denominarse oprimido y a la vez tener la posibilidad y la capacidad de influenciar a gran escala la sociedad, dictando leyes en favor de esa minoría. Esta capacidad no es reprochable, al contrario, en la sociedad se debe legislar para el bien de todos. Lo que es un error garrafal es denominarse oprimido, cuando en la práctica se detenta cierto poder.

Esta discusión, que ocurrió hace cientos de años, resulta sorprendentemente actual. Existen muchos grupos bajo el auspicio de la palabra “oprimidos”, que sin embargo, son capaces de ejecutar cambios en las leyes, en favor de sus intereses (la mayoría de las veces, dignos). Pero que se aprovechan del término opresión.

¿Qué es entonces, o dónde están realmente los oprimidos? Siguiendo la crítica filosófica y la enseñanza de Jesús también, podemos decir: los oprimidos son aquellos que no tienen voz en absoluto, los invisibles, los marginados, los no escuchados, los no influyentes, los extremadamente pobres, los que la enfermedad postra, los que la indigencia silencia, los niños indefensos, los ancianos debilitados, los que están sin redes sociales, los abandonados en lugares de cuido, los no asociados, el señor en la calle que nadie ve, los migrantes, los desplazados, las víctimas de la guerra, los encarcelados injustamente, etc. No puede denominarse oprimido aquél que es capaz de ejecutar un cambio en mejora de su situación.

En una sola frase, los verdaderos oprimidos son los que en sus sufrimientos han sido olvidados.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica. Es estudiante de teología y realiza su misión en la capital de esta nación centroamericana.