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Repensar la familia

Repensar la familia

Es común escuchar frases como: “se han perdido los valores”, “familia es papá, mamá e hijos”, “mis mascotas y amigos son parte de la familia”. Estas expresiones son solo un ejemplo del auge en modelos familiares que no son los llamados “tradicionales cristianos”.

La mayoría del cristianismo sostiene que el concepto de familia tradicional es el de papá, mamá e hijos; y el máximo modelo a seguir es el de Nazaret: José, María y Jesús.

Pero en la complejidad actual se encuentran muchas convivencias en las cuales no se vive así. Madres o padres solteros, parejas sin hijos, personas solas o con mascotas, sociedades de amigos, parejas del mismo sexo, abuelos con nietos, vecinos cuidadores, y un largo etcétera imposible de clasificar. Añadamos también a quienes bajo un mismo techo deciden vivir con una regla en común: los de vida consagrada.

Algunos de estos ejemplos, según ciertos discursos, han venido a desafiar la tradicional familia cristiana. Pero antes de juzgar, preguntémonos, ¿qué nos quiere decir esta realidad?, ¿no será que, desde la iglesia, deberíamos reflexionar?, ¿qué nos pide Dios?

Considero que se puede encontrar luz a estas preguntas desde dos aspectos que provienen del mismo Cristo.

El primero es la forma en que vivió Jesús en la Galilea del I siglo. Los evangelios nos dicen quienes eran su padre y madre, pero la familia judía en aquel tiempo era mucho más extensa. Las casas compartían un patio interno donde hacían vida varias personas, y esta convivencia hacía los participantes de este núcleo fueran la familia, por eso se puede llamar con verdad que había “hermanos de Jesús” en un sentido pleno. Esto ya diversifica el concepto tradicional.

El segundo aspecto es más violento. Jesús en un cierto momento, decide retirarse de su vivienda para asumir un nuevo estilo. Esta ruptura (no resaltada lo suficiente), provocó que sus familiares fueran a buscarlo, pues consideraban que estaba fuera de sí.

Al saber Jesús que lo requerían, Él enseña una familia novedosa, una que está totalmente centrada en el Padre. Quien cumple la voluntad, el querer del Padre, ese es madre, hermano y hermana.

Quizá sí necesitemos repensarnos de forma radical. No bastan los lazos legales, de simpatía, ni de sangre para hablar de familia. Ella existirá solamente donde sus miembros conozcamos al Padre y con Él vivamos.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nací en San José, Costa Rica y crecí en una zona montañosa del país. Actualmente estoy en Caracas donde vivo la misión escolapia y estudio teología.
La acedia y la indefensión aprendida

La acedia y la indefensión aprendida

Existen males internos que aquejan al ser humano de forma tan terrible o peor que las enfermedades de percepción física inmediata. Entre las más horrendas está la depresión, pero también están la melancolía, tristeza, aburrimiento, nostalgia, cabanga…

La tradición cristiana acuñó un vocablo para una situación similar, pero en el espíritu. Su nombre es acedia, y en los tiempos hodiernos ha empezado despertar gran interés pues describe lo que muchos viven.

La acedia es extremadamente difícil de entender, pero a grandes rasgos se puede decir que es la pérdida total del deseo, da igual una cosa que la otra, no hay interés, es un anhelo ahogado de ser aunque sea nada, menos aquello que se está sintiendo; es depresión del espíritu, somnolencia del alma, pérdida de fuerzas; da lo mismo vivir que morir, pero no se es capaz de optar por ninguna de las dos, porque no desea ninguna.

Ahora bien, dentro de las posibles causas de este estado, hay una de particular interés. Se llama indefensión aprendida, un término psicológico que describe una situación en la cual una persona nota que sus buenas acciones no obtienen retribución y sus malas tampoco tienen consecuencias negativas, o se dan invariablemente buenos resultados al hacer algo malo y malos al hacer algo bueno.

Cuando esta tendencia se mantiene por cierto tiempo, la persona pierde interés por actuar, porque piensa que no es posible cambiar su futuro con sus acciones, da igual lo que haga, el resultado nunca va a ser el esperado. Parece que siempre los frutos de sus esfuerzos no dependen en absoluto de ella. Se va el interés por actuar y por desear, porque al final nada de eso se concreta en la vida.

Sin embargo, hay dos atisbos de solución. Primero, hacer pequeñas cosas que fortalezcan la conciencia de que se puede controlar algo y se obtiene lo esperado. Segundo, cambiar la visión de Dios.

La frase: “aceptar la voluntad de Dios” no significa resistir pasivamente lo que suceda porque “dios lo manda”, sino que la voluntad de Dios es que nos descubramos loca y definitivamente amados por Él, que le amemos y amemos a los demás. La voluntad de Dios, su querer, es que nos concibamos sus hijos. Vencer la acedia puede empezar por entender que soy amado, que mis deseos sí interesan y son plausibles y que las dificultades no las tengo que soportar pasivamente.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nací en San José, Costa Rica y crecí en una zona montañosa del país. Actualmente estoy en Caracas donde vivo la misión escolapia y estudio teología.
Opresión y pseudo opresión

Opresión y pseudo opresión

En la antigua Grecia, Sócrates era famoso por sus incesantes preguntas, destinadas a hacer tambalear los argumentos mejor construidos para descubrir en ellos la verdad que gestaban.

En uno de los relatos que han llegado hasta nosotros se le puede observar discutiendo con otro filósofo. La cuestión era la siguiente: existen las leyes que amparan a la mayoría, sin embargo, existe también un pequeño grupo de personas que no se benefician de estas leyes, ellos se llamados oprimidos. Lo que este grupo debe hacer para acabar con la opresión es seguir el camino democrático: modificar las leyes.

Sócrates sin embargo, huele una mentira en esta propuesta. Es verdad que la ley en un Estado suele beneficiar a la mayoría. Pero ejercer cambios en las leyes es precisamente el poder que ostentan aquellos que no están oprimidos. La definición de poderoso en este caso es la de aquél que es capaz de instituir cambios en el derecho.

Es una completa contradicción denominarse oprimido y a la vez tener la posibilidad y la capacidad de influenciar a gran escala la sociedad, dictando leyes en favor de esa minoría. Esta capacidad no es reprochable, al contrario, en la sociedad se debe legislar para el bien de todos. Lo que es un error garrafal es denominarse oprimido, cuando en la práctica se detenta cierto poder.

Esta discusión, que ocurrió hace cientos de años, resulta sorprendentemente actual. Existen muchos grupos bajo el auspicio de la palabra “oprimidos”, que sin embargo, son capaces de ejecutar cambios en las leyes, en favor de sus intereses (la mayoría de las veces, dignos). Pero que se aprovechan del término opresión.

¿Qué es entonces, o dónde están realmente los oprimidos? Siguiendo la crítica filosófica y la enseñanza de Jesús también, podemos decir: los oprimidos son aquellos que no tienen voz en absoluto, los invisibles, los marginados, los no escuchados, los no influyentes, los extremadamente pobres, los que la enfermedad postra, los que la indigencia silencia, los niños indefensos, los ancianos debilitados, los que están sin redes sociales, los abandonados en lugares de cuido, los no asociados, el señor en la calle que nadie ve, los migrantes, los desplazados, las víctimas de la guerra, los encarcelados injustamente, etc. No puede denominarse oprimido aquél que es capaz de ejecutar un cambio en mejora de su situación.

En una sola frase, los verdaderos oprimidos son los que en sus sufrimientos han sido olvidados.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nací en San José, Costa Rica y crecí en una zona montañosa del país. Actualmente estoy en Caracas donde vivo la misión escolapia y estudio teología.
¿Conocemos realmente a Jesús?

¿Conocemos realmente a Jesús?

Todos hemos experimentado en algún momento que nuestras vidas se caen a pedazos, que nuestro esfuerzo se pierde: la muerte de algún ser querido, el fracaso de algún proyecto, una ruptura relacional, la pérdida de un examen importante, o una catástrofe provocada por un desastre natural, una enfermedad; o simplemente la pérdida del sabor de la vida.

En el Evangelio de este día nos relata algo similar que le pasó a Jesús. Su predicación del Reino y la referencia a que Él es el verdadero pan del cielo y la Palabra de vida, se vuelven intolerables para algunos de sus seguidores, que simplemente optan por dejarlo.

La actitud de Jesús es ejemplar: no se inmuta, porque sabe que el Reino va mucho más allá de estadísticas de éxito o fracaso, Jesús sabe que el Padre está con Él y eso basta. Entonces pregunta a los doce más íntimos si ellos también desean dejarlo. Porque algo que es propio del Reino de Dios es la libertad, pero también la radicalidad, Cristo no se retracta o matiza sus palabras. La propuesta está clara y quien desee irse puede hacerlo.

Pero Pedro ha convivido con Jesús y ha visto mucho más allá, responde diferente al resto de los seguidores. Para él, el maestro es una persona, alguien con quien ha entrado en contacto y le ha cambiado, es más, le ha dado vida y una vida eterna.

La pregunta entonces para nuestra actualidad es esta: ¿conocemos realmente a Jesús? Porque quedarnos con Él implica haber descubierto la mejor parte y la plenitud que nos da, irnos, abandonarlo es señal clarísima de un contacto superficial con Él, quizá un conocimiento de oídas, por terceros, y por prejuicios.

Si Jesús nos resulta de lenguaje duro, insoportable hasta el escándalo, quizá debemos revisar la forma en que nos estamos relacionando con Él, pues las mismas palabras que espantaron a unos, son para los discípulos las únicas en las que se encuentra la vida, las que los hacen permanecer.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

Domingo 22 de agosto de 2021 | 21º domingo de tiempo ordinario

Juan 6, 60-69: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. «Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nací en San José, Costa Rica y crecí en una zona montañosa del país. Actualmente estoy en Caracas donde vivo la misión escolapia y estudio teología.

La exposición social, un síntoma de un deseo profundo

La exposición social, un síntoma de un deseo profundo

Dice Aristóteles que el ser humano desea saber, pero, podemos realizarnos la pregunta de forma diferente: ¿el ser humano desea revelar?

Hoy existe mucha información personal en internet: datos que proporcionamos de forma consiente e inconsciente, ¿qué dicen los primeros de nosotros?

El filósofo Axel Honneth sostiene su teoría política de las “esferas del reconocimiento”. Son tres. En ellas el ser humano procura ser reconocido: en la más amplia se espera obtener la legalidad del Estado; en la segunda, la colaboración de los cercanos; finalmente, la más pequeña, la del amor, abarca a las personas más íntimas.

Podemos comprender así la mayoría de las acciones humanas desarrolladas también en las redes sociales. Se anhela estar dentro de estas esferas, especialmente la más íntima, que implica una acogida total de nuestra identidad.

La escena de Jesús frente a Pilato con la pregunta sobre la verdad nos enseña una gran lección: la verdad no es un “qué”, sino un “quién”. Soy yo mismo como persona. Interpretamos entonces que tanta insistencia en publicar trozos de nuestra vida en las redes, manifiestan un deseo profundo de ser acogidos tal y como somos por los otros, aún bajo el riesgo que esto implica de ser rechazados, burlados, acusados, juzgados… Esto, porque somos propensos al otro.

Lo mismo ocurre con Dios: la Revelación en un sentido simple significa que Él se acerca primero para dejarse ver tal cual es.

Decir la verdad es un desvelamiento de todo lo que uno es en vulnerabilidad junto con la esperanza de no ser atropellados en el intento. Pero tal revelación no puede ser comprendida por todos. Las redes sociales manifiestan el anhelo, pero no lo satisfacen a fondo.

Sólo se conoce lo que se ama y uno no se puede revelar del todo a quien no le ama, la verdad sólo se encuentra segura para andar desnuda, donde se sabe acogida. Esto es “pudor”, un no revelarse a todos, porque para llegar a esto se necesita gran confianza.

La interacción social manifiesta el deseo de ir al encuentro del otro, pero el ansia de la exposición social, es una manifestación de la verdad que no ha encontrado un puerto seguro donde arribar. Construir humanidad significa crear estos espacios.

Luis Demetrio Castillo Padilla Sch. P.

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

LUIS DEMETRIO CASTILLO PADILLA

Escolapio

Nací en San José, Costa Rica y crecí en una zona montañosa del país. Actualmente estoy en Caracas donde vivo la misión escolapia y estudio teología.