+39 06 68 40 741 scolopi@scolopi.net

«En cuanto a recibir alumnos pobres, obra usted santamente admitiendo a cuantos vienen, porque para ellos se fundó nuestro Instituto. Y lo que se hace por ellos se hace por Cristo, y no se dice otro tanto de los ricos» (EP 2812).

De forma simplista, pero no equivocada, podríamos decir que la población se organiza en tres grupos sociales. En primer lugar, ocupando los lugares de decisión, distribución de la riqueza y elaboración de las leyes, están los verdugos. En segundo lugar, están los sacrificados, quienes sobreviven como pueden y cuando los demás se lo permiten, quienes sostienen el sistema con su esfuerzo, con su vida de miseria y sin derechos. Por último, en tercer lugar y fluctuando entre los otros dos grupos, se encuentran los desenraizados, quienes trabajan sin descanso para poder entrar a formar parte de la clase de verdugos, viviendo de espaldas a los sacrificados, en quienes ven un potencial usurpador de los escasos privilegios conquistados.

Y en medio del mundo, insertos en los diversos grupos sociales, estamos nosotros, los escolapios, comprometidos con una clara misión: educar evangelizando para transformar la sociedad.

Con nuestras mejores intenciones, recursos y esfuerzos, nos desvivimos para ofrecer una educación de calidad a unos y otros. Así, entre nosotros hay quienes se entregan a la educación de los verdugos, para que puedan ser mejores profesionales, para que puedan alcanzar el éxito personal y social dentro de su clase social. La mayoría de nosotros vive y trabaja entre los desenraizados, ofreciéndoles las herramientas necesarias para seguir escalando, para poder hacer realidad sus aspiraciones de una vida más parecida a la de los verdugos y, por tanto, cada vez más alejada de los sacrificados. Finalmente, unos pocos conviven y luchan con los sacrificados, construyendo con ellos el sueño de Calasanz, un mundo que no necesite sacrificar a la mayoría para sostener a una minoría privilegiada y a una masa de desenraizados egoístas y trepadores.

Por amor, por cercanía física, afectiva y pastoral, por compromiso evangélico, nos adecuamos, nos asimilamos a la población con la que convivimos y trabajamos. Por eso, algunos de nosotros sienten como propias las necesidades y los problemas de los verdugos. Otros nos adaptamos a los modos de vida, los deseos y las aspiraciones de los desenraizados. Y también, los menos, nos hacemos solidarios con los sufrimientos y las causas de los sacrificados, compartiendo sus luchas y sus anhelos.  

Muy de vez en cuando, algún verdugo o algún desenraizado descubre la realidad que hay por debajo de sus privilegios, sintiendo como propio el sufrimiento de los sacrificados, quienes sostienen su vida acomodada, y decide abandonar su lugar natural para optar por ellos y por la defensa de sus derechos. Mientras tanto, la mayor parte de nosotros seguirá educando a verdugos y desenraizados para que sean, cada vez más, mejores verdugos y mejores desenraizados, con la ilusa pretensión de que ellos contribuirán a la construcción de un mundo mejor para los sacrificados. Sabemos que nunca lo harán, y la historia así nos lo demuestra, pero seguiremos dando la vida por ellos, porque, entre ellos, también nuestra vida es más cómoda y menos complicada.

Sin embargo, Calasanz seguirá llamándonos siempre desde abajo, desde la invisibilidad y el silencio de los sacrificados por el sistema, desde sus preferidos, invitándonos a una real conversión, porque en ellos descubrió, conoció y amó a Jesús de Nazaret.

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio