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Hijos en el Hijo

Hijos en el Hijo

«Si no tienes demasiado, podrás tener el Espíritu y ser hermano, hijo en el Hijo…». (Pedro Casaldáliga).

La comunidad está reunida, como siempre, recordando con emoción aquellos acontecimientos que marcaron la vida de Jesús y sus amigos. Nuestros mayores nos cuentan una y otra vez las mismas historias, pero siempre con algún acento nuevo, diferente.

Hoy Pedro se acordó de aquella vez que fue con Jesús y los hermanos Zebedeo a un pequeño cerro: «Cuando llegamos a la cima, Jesús se sentó sobre una piedra, quieto, en silencio, con la mirada transformada en horizonte, como si toda la historia de Israel transcurriese ante sus ojos. Nosotros nos quedamos en silencio también, esperando que Jesús nos dijera algo, pero nada sucedía. Fue un instante que se hizo eterno.

Yo estaba nervioso y, como era normal en mí, abrí la boca y dije lo primero que se me ocurrió: “¡Qué bien estamos aquí! Quedémonos un tiempito más”. Jesús no dijo nada, pocos días antes me había regañado por hablar tonterías… era normal en mí… Pero esta vez no respondió nada.

Poco a poco su rostro fue cambiando, relajándose, iluminándose. Al mirarlo, percibíamos en él una fuerza y una seguridad nuevas, diferentes. Era como un mensaje rotundo en medio del silencio, como si Dios mismo nos estuviese gritando: “¡Es a Él a quien deben escuchar y seguir! ¡A nadie más!”

Enseguida bajamos del cerro, con paso firme. Nadie decía nada, pero todos teníamos la misma sensación de que algo había ocurrido en Jesús. Al mirarlo, de reojo, era como si viéramos el rostro mismo de Dios llamándonos, provocándonos, invitándonos a seguirlo hasta el final. Desde aquel día, nos sentimos realmente parte de Jesús y de su misión, más unidos a él y al Padre que nunca.»

Al recordar esa historia que nos contaba Pedro, vienen a mi mente los momentos en los que me he sentido inmerso en el amor de Dios. No fueron muchos, pero sí intensos y fundantes. Era como si Dios me atravesase con su luz, desvelando mis sombras, disipando dudas y miedos. También recuerdo las veces que he pretendido quedarme ahí, encogido, egoístamente acomodado. Pero Dios siempre vence, me desinstala y me envía de vuelta a la vida, para transfigurarme, para mostrarse a través de mí a mis hermanos y hermanas, dándome la fuerza suficiente para enfrentar las dificultades que vengan. Dios quiere encarnarse en mí como lo hizo en el Nazareno, para que sea hijo en el Hijo.

¿Será que consigo comunicar a los demás ese amor transformante de Dios, su fuerza, su esperanza, la convicción para trabajar incansablemente por el Reino? Cuando los demás me ven y me tratan, ¿percibirán algún rastro del Padre en mí?

“…No está la perfección mayor ni el mérito en ser sacerdote, confesor o predicador, sino en amar a Dios y cumplir con el mayor fervor lo que le manda la obediencia sólo por amor de Dios, y esto lo puede hacer tanto un simple que no sabe leer como un gran doctor.” (Calasanz 11/09/1624).

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

Domingo 28 de Febrero de 2021 | Domingo 2º de Cuaresma

Marcos 9,2-10: Éste es mi Hijo amado

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Educar para que no se tornen otros

Educar para que no se tornen otros

El desafío de la inculturación y la interculturalidad en la educación sigue vigente, especialmente para nosotros escolapios.

«También he pensado que sería bueno aprender a leer, porque leyendo acaso lograríamos a descubrir el secreto de su fuerza; pero algún veneno horrible han de tener las letras, porque cuantos las conocen de nuestra casta se tornan otros, niegan hasta de su origen y llegan a servirse de su saber para explotarnos también». Palabras finales del jilakata (autoridad aymara) Choquehuanka al ver la opresión eterna de su pueblo a mano de blancos y criollos (Alcides Arguedas, Raza de bronce; Bolivia, 1919).

La ley de educación boliviana tiene como bases, entre otras, ser descolonizadora, liberadora… orientada a la reafirmación cultural de las naciones y pueblos originarios. Quiero partir de aquí para reflexionar brevemente sobre un tema polémico que nos atañe como escolapios, especialmente a quienes desarrollamos nuestro ministerio en contextos culturales indígenas.

Por mucho tiempo y en la mayor parte de nuestros países latinoamericanos, la educación de los pueblos indígenas, campesinos, afrodescendientes, etc. era sinónimo de transculturación. Desconociendo las raíces culturales y espirituales de estos pueblos, personas “civilizadas” normalmente venidas de fuera, se atribuían el derecho y el deber de sacar a estos individuos de sus pozos de subdesarrollo para llevarlos, por medio de la educación, al supuesto bienestar de la modernidad. Y no hablo de épocas coloniales, sino de posturas personales e institucionales de ignorancia, de desconocimiento y falta de interés por el sustrato cultural y espiritual de los pueblos con los que convivimos y a quienes educamos. Tampoco me refiero a una visión “turística” de la realidad, como bien cuestiona Eduardo Galeano: “Los nadies… que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore…”.

Educar es sacar lo mejor de cada persona y, por lo tanto, también de cada pueblo, sin que deban renunciar a sus raíces, a su identidad, a su modo de vida y su comprensión del mundo. Educando nos educamos, aprendemos otras perspectivas, otras visiones sobre la vida y el universo, otros lenguajes y expresiones para la relación con Dios.

Toda la humanidad se encuentra en peregrinación, en busca de un futuro mejor para todas las personas y todas las generaciones. Los pueblos indígenas tienen sus propios recorridos ya comprobados, sus mapas y su brújula lista para esta aventura. No existe un mapa único y ninguna cultura puede atribuirse esta pretensión. Cada vez más, la civilización occidental mira hacia los rincones del mundo en busca de referencias perdidas, de valores y estilos de vida desechados en nombre del desarrollo económico y tecnológico. Frente a un modelo de desarrollo depredador, basado en el consumo desmedido y generador de desigualdades, los pueblos indígenas levantan la bandera de la sobriedad como estilo de vida, de la sostenibilidad, de la comunitariedad.

Una educación que no reconozca y potencie estas raíces culturales, espirituales, comunitarias, solo servirá para la construcción de un mundo cada vez más masificado y sin identidad, al servicio de quienes lucran con el negocio de la homogeneidad.

Considero un bonito desafío, tan complejo como necesario, educar desde lo mejor de cada pueblo, no para que “se tornen otros”, sino para que aprendamos, juntos, a vivir de otra forma, a construir nuevos mapas que nos lleven a un mejor futuro, en el que se garantice la justicia social, el respeto a la dignidad de todas las personas, el cuidado de la casa común y la convivencia pacífica y fraterna de todos los pueblos. ¿No se parece a eso el Reino de Dios?

Anzaldo (Bolivia) 14-12-20.

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Detachment – El profesor

Detachment – El profesor

Título original: Detachment (EEUU, 2011). Director: Tony Kaye. Guión: Carl Lund.

El título original presenta toda la problemática de la película y sus personajes, lo que no se refleja en la traducción al español. “Detachment” puede traducirse como desapego o distanciamiento, pero también como indiferencia. Es lo que la película retrata, de forma diversa, positiva y negativamente. El protagonista, un profesor dedicado a sustituciones, carga una historia familiar tortuosa que no termina de asimilar. Llamado para una sustitución en una escuela en completo estado de caos, encontrará profesores que no sienten ningún apego por la profesión, estudiantes decepcionados y cansados de la vida aún antes de comenzarla, adolescentes en busca de adultos en quien confiar y con los que substituir a sus padres negligentes o ausentes.

Durante tres semanas, el profesor sustituto deberá enfrentar la enfermedad y muerte de su abuelo, con quien vivió una terrible historia familiar; la vida de una adolescente prostituta que terminará alojando en su casa; alumnos violentos y sin perspectiva de futuro, otros con una carga enorme de sufrimiento y carentes de lo más básico; profesores que todavía intentan entregarse a sus alumnos, quienes no están interesados en estudiar, mientras otros, cargando historias personales trágicas, se hunden en la angustia y depresión.

El protagonista será el único realmente interesado en educar a sus estudiantes, intentando llegar al centro del huracán que viven los adolescentes, cuestionando lo que la sociedad les ofrece como camino único para sus vidas, desvelando los dramas ocultos, denunciando la manipulación que sufren.

La vida es dura, compleja, confusa. Es imposible encontrar el camino en medio del caos de la realidad, superar manipulaciones y humillaciones, aceptar heridas y ofensas estando solo. Todos necesitamos de una mano amiga, alguien con quien caminar, dejando atrás prejuicios, análisis simplistas y estereotipados de la vida y de las personas. Necesitamos de alguien que nos acepte como somos y que sepa descubrir el tesoro que hay dentro de nosotros. Esa debería ser la misión de todo educador. En este mundo complejo, todos deberíamos ser educadores y educandos, unos de otros, para descubrir juntos los senderos de la felicidad, para no ahogarnos en el caos.

Se trata de una película provocativa y que nos cuestiona: ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Somos indiferentes antes el dolor de las demás personas? ¿Qué tipo de educador somos? ¿Cuál es nuestra misión como educadores en este mundo caótico?

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio