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Contemplar la realidad desde los ojos de Calasanz se me presenta como una oportunidad de aprender a escuchar desde sus entrañas de misericordia al modo y forma del Espíritu. Cada día brinda la oportunidad de discernir formas nuevas de acompañar a los niños y adolescentes, pero no desde lo que mi intelecto, experiencia y sentir me indican, pues ello sólo respondería a mi, sino desde ellos, desde lo que ven, comprenden, sienten y anhelan.

Si algo estoy aprendiendo en los caminos con los más pequeños y vulnerables es a escuchar sus dolores y silencios, a mirar sus horizontes y compartir sus ilusiones y esperanzas. Sentir con ellos y dejarme tocar por aquello que les aqueja y que les brinda ánimo para salir de su automarginación, se ha convertido en una práctica cotidiana. No puedo negar que vivir con las entrañas abiertas es incómodo, pero ahí se revelan en mi interior las entrañas esperanzadoras de Calasanz.

Así mismo, he ido aprendiendo a no pensar desde mis propios referentes, ritmos y estructuras mentales, a no prestar oído a mis afectos para responder con prontitud a lo que se me presenta como una oportunidad de intervenir. En mi interior, la voz del Padre me ha pedido que escuche y sienta con ellos, y como en el camino de Emaús, aprenda a acompañar a cada uno según su modo y forma. Y que, mediante la compañía en el camino vaya revelando lo que el Padre quiere para cada uno y para todos: vivir en alegría y paz mediante el amor generoso.

Es bien cierto, que la funcionalidad y eficiencia como cultura contemporánea me ha invadido en más de una década para hacer que los planes se realicen según mi forma y modo, considerado como lo conveniente, lo bueno y lo agradable; pero en esta pascua, lo que se me ha presentado como epifanía es la necesidad de ponerme de rodillas frente a las formas de vida de los pequeños, de los sencillos, donde quiera que se encuentren, sin juzgar ni querer solucionar desde mí, sino con ellos, cada uno de acuerdo a su capacidad y posibilidad, quizás sin buscar soluciones prontas, pero sí el encuentro fraterno y la cercanía empática, y así diluir la falsa idea de ir solos en el camino que se nos presenta árido y monótono.

Es ahí, donde se me ha revelado el rostro de un Dios que quiere encontrarse con sus hijos y desea comunicar su amor y voluntad. Sea pues las huellas del viejo Aragonés las señales que me conduzcan a servir y cooperar en la encarnación de un reino aún siempre por venir, aún siempre por revelar en cada uno de los más pequeños la grandeza de ser suyos.

Jorge Campa Pérez

JORGE CAMPA PÉREZ

JORGE CAMPA PÉREZ

Laico

Mexicano, colaborador de la Universidad Cristóbal Colón y del Centro Social Calasanz Veracruz. Pertenece a la fraternidad de las Escuelas Pías de México.