En el evangelio de hoy, Marcos nos invita a acompañar a Jesús en el inicio de su vida pública. La señal definitiva es el arresto de su primo Juan. En ese momento, Jesús, seguro que después de hablarlo con su Abbá, asume que le toca a él continuar la misión de llevar a la gente la Buena Noticia de que el Reino de Dios está al alcance de todas las personas.
En Nazaret deja a su familia y a sus vecinos, con quien ha aprendido todo lo que sabe. En la cercana ciudad de Séforis, la joya de Galilea, donde la tradición ubica la casa de sus abuelos, Ana y Joaquín, y en cuya reconstrucción seguramente ha trabajado con José, es posible que Jesús conociera a gentes de todas las naciones y también el esplendor y la miseria de las ciudades del Imperio.
A pesar de esto, o quizás por ello, para iniciar su labor no acude a Séforis o a Tiberiades, las grandes ciudades del entorno, sino que prefiere ir a Cafarnaúm, uno de los pueblos de pescadores del lago de Genesaret, a más de un día de camino desde Nazaret.
En las primeras palabras que conocemos de Jesús se resume el núcleo de su llamada: Convertirse, creer que en la Buena Noticia y conformar una comunidad para anunciarla.
Para quienes vivimos nuestro seguimiento de Jesús en comunidad es un dato fundamental: la comunidad es para la misión desde el momento fundacional. Jesús sabía que solo viviendo realmente la fraternidad se puede invitar a otras personas a creer en la promesa divina de un mundo fraterno.
Pero lo que sigue impresionando de este relato es la inmediatez y la incondicionalidad de la respuesta de los primeros discípulos. Sin excusa alguna, dejan a un lado lo que les ocupa todo el día, y da de comer a su familia, e incluso dejan a la propia familia, e inauguran un nuevo sentido mucho más amplio de la idea de familia que después el mismo Jesús subrayará: quienes hacen la voluntad de Dios son mi madre y mis hermanos.
La propuesta de Jesús es convertirse, es decir, asumir una nueva identidad. Nuestra familia, nuestra profesión, nuestra historia personal, que nos definen casi totalmente, se enriquecen con la identidad misionera y comunitaria de anunciar la Buena Noticia a todas las personas.
Casi como un calco en negativo, este evangelio evoca también la respuesta del joven rico ante una llamada parecida y nos emplaza a quienes decimos querer seguir a Jesús a elegir entre los dos modos de respuesta:
¿Somos capaces de salir de nuestro Nazaret de nuestra vida diaria donde nos sentimos seguros para anunciar la Buena Noticia?
¿Preferimos el lujo y el bullicio de las Séforis de nuestro entorno o preferimos acercarnos a la sencillez de quien vive de su duro trabajo?
¿Respondemos sin excusas a la llamada de Jesús para anunciar la Buena Noticia a los más pobres?
¿O nos enredan las redes de excusas que nosotros mismos tejemos y retejemos: nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros feligreses, nuestras obligaciones, nuestro prestigio…?
Alberto Cantero
Domingo, 21 de enero de 2024 | III Domingo del tiempo ordinario
Marcos 1, 14-20: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

ALBERTO CANTERO
Escolapio laico
Casado y padre de tres hijos. Escolapio laico. Licenciado en Antropología social y cultural y en Ciencias Físicas. Coordinador de formación de la Red Itaka-Escolapios y de Itaka-Escolapios Emaús. Miembro del Consejo de la Fraternidad General.
