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Comenzamos la Cuaresma ante el espejo de la Palabra de Dios. El Génesis nos expone, como si de un hecho históricamente originario se tratase, el verdadero drama humano: “Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol, se les abrirán a ustedes los ojos y serán como Dios, que conoce el bien y el mal». Pablo, haciendo una lectura histórica de ese mismo texto, nos recuerda que, con Jesús, Dios inicia una nueva creación fundamentada en la gracia. Y, finalmente, Mateo nos presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, en ese momento de verdadero discernimiento vocacional que definirían el horizonte definitivo de su vida y misión.

La historia de la humanidad es una historia de tentación. Conforme vamos descubriendo y desarrollando nuestras mejores capacidades, al mismo tiempo, surge la tentación de usarlas para beneficio propio, para engrandecimiento del ego, alejándonos del común con la pretensión de ser más, saber más, tener más o valer más. También la Iglesia ha caminado por esa historia de tentación, substituyendo a Dios mismo, hablando y actuando en su nombre como si realmente tuviese el conocimiento perfecto sobre el bien y el mal. Y cada vez que alguien, sea persona, pueblo o institución, sucumbe a esa tentación, un proceso de “descreación”, de segregación, violencia y muerte se desata a su alrededor.

Las tentaciones de Jesús no sucedieron en un momento puntual de su vida. Como Jesús, también nosotros debemos luchar constantemente contra nuestro propio yo, que nos invita a abandonar todo altruismo, toda búsqueda del bien común, toda causa generosa y desinteresada. Cada día debemos convencernos de que seguir por el camino del Reino vale la pena, aunque nos cueste, aunque nos exija demasiado, aunque a veces nos detengamos, retrocedamos o, incluso, lo abandonemos por un instante. Cada día debemos pedirle a Dios que nos llene de valor, de esperanza y constancia, para no sucumbir ante lo fácil, para no refugiarnos en lo seguro. Cada día debemos pedirle coherencia para no traicionar nuestra vocación y terminar entregándonos a quienes hoy siguen usando el nombre de Dios para su propio provecho, a quienes solo buscan garantizar y perpetuar sus privilegios, a quienes siguen levantando cruces para sacrificar inocentes, a quienes hacen del Evangelio de Jesús un “consuelo para el alma”, extirpando así la verdadera alma al Evangelio.

Abramos de una vez nuestros ojos y reconozcamos, con humildad en lugar de vergüenza, que estamos desnudos, que somos y sabemos mucho menos de lo que creemos y aparentamos. Reconozcamos que no sabemos distinguir el bien del mal y que, constantemente, nos equivocamos, sirviendo, por acción o por omisión, a engrosar el mal del mundo, en lugar de combatirlo. Reconozcamos que no somos Jesús, sino servidores del Pueblo de Dios para construir comunidad y Reino, no para erigirnos en jefes. Reconozcamos que no poseemos la verdad, que necesitamos de las demás personas, de quienes buscan el bien y la justicia por otros caminos, especialmente de quienes fueron los preferidos de Jesús y de Calasanz, porque solo ellos nos salvarán.

Reconozcamos, como Jesús en aquella última noche, que no entendemos cuál es la voluntad de Dios, por eso necesitamos confiar en lo único seguro, su amor incondicional y su misericordia infinita.

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

26 de febrero de 2023 | Domingo 1º de Cuaresma

Mateo 4, 1-11: Jesús ayuna cuarenta días y es tentado

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó:

«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

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