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“No quiero que nadie me diga que Cristo ha dado la vida por mí”. Estas fueron las palabras literales de una estudiante de Secundaria al mes y medio de perder a su hermano apenas unos años mayor que ella.

¿Qué sentido tiene el dolor y el sufrimiento? ¿De qué me sirve que Cristo dé la vida por mí si se la quita a las personas que amo? ¿Por qué sufren los inocentes?

Son preguntas. Y no sé quién dijo que todas las preguntas deben ser respondidas. Hay preguntas que solo deben ser bien formuladas para sostener la vida y cuya respuesta reduce la vitalidad que proporciona la misma pregunta. Ponen en movimiento, nos hacen sacudir la modorra de una vida acomodada y adocenada. Son preguntas para contemplar. Y en esa tierna intimidad donde brota la pregunta, ese espacio humano que llamamos vulnerabilidad, ahí, se da el encuentro saludable entre el sufrimiento humano y su sentido.

Eso es la Cruz de Cristo. Es ese mismo acontecer entre el grito desgarrado del sufrimiento que no soporto y el sentido que me permite sostenerme milagrosamente vivo. Nacemos sufriendo (el neonato que no sufre no se abre a la vida) con un llanto que proporciona el oxígeno imprescindible para subsistir en este mundo. Y morimos experimentando y provocando sufrimiento, porque el sufrimiento es inevitable, como lo es la risa, el hambre o la sed. El dolor es otra cosa.

La experiencia que nos da a vivir la liturgia del Viernes santo es la posibilidad de contemplar el sufrimiento cara a cara y suscitar sentido, como aquellos israelitas heridos de muerte por las serpientes en el desierto, que alzando la vista y contemplando directamente el origen de su herida, quedaban sanos. Como ese soldado que contemplando la cruz de Cristo hace su primera confesión de fe: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. Contemplar en silencio y dejar que brote el sentido.

El que huye del sufrimiento, lo perpetúa. El que lo esconde, le condiciona su vida. El que lo niega, se duele constantemente. Y Cristo, libera. Deja que la escucha de la Pasión de hoy y el gesto de adoración sean tu pedagogo, tus acompañantes en este transitar lo que me supera, lo que no entiendo y me hace sufrir.

El Viernes santo no es eterno sino finable. Y su límite y horizonte es la esperanza, fruto de una contemplación serena, conmovida y confiada. No tengas miedo de mirar directamente lo que te supera. Como reza el canto: “Busca el silencio. Ten atento el corazón. Calla y contempla”.

Viernes 15 de Abril de 2022 | Viernes Santo
Juan 18,1-19,42: Pasión de N.S. Jesucristo según san Juan

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.