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El Evangelio de este domingo nos sitúa en uno de los momentos críticos de Jesús ante las autoridades de su tiempo, conflicto que lo llevará a la muerte.

Jesús se encuentra con Dios en la intimidad y en la convivencia con la gente. No necesita del templo, ni del culto para encontrarse con Dios. Es más, Jesús solo acude al templo para enseñar, y precisamente enseña lo contrario a lo que el templo representa, o para generar conflictos con las autoridades religiosas de su tiempo. Para Jesús, el templo, tal y como está concebido, es solo un lugar de dominación religiosa, económica y moral. Jesús cuestiona tanto el templo, en cuanto institución, como a la clase religiosa que vive de él, usando la religión para su enriquecimiento, para engordar su prestigio y para dominar conciencias y corazones.

Este conflicto se ve reforzado y complementado por el resto de la narración evangélica. Escribas y fariseos, máximos representantes de la ley como intérpretes autorizados y fieles cumplidores, quieren provocar a Jesús: ¿respetas o no la ley de Moisés? Para ello, le presentan a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Curioso que esta ley solo acuse y castigue a la mujer adúltera, sin que nada se diga ni se haga respecto al hombre con el que cometía ese adulterio. Como en la actualidad, la ley no era igual para todas las personas. Jesús enfrenta el templo y, ahora, también la ley. Jesús pone en tela de juicio las dos columnas que sostienen la religión de su pueblo.

La respuesta de Jesús, tan desafiante como la pregunta, descoloca a los acusadores. La ley acusa, pero la misericordia cuestiona desde la raíz. La ley condena, pero la compasión nos hace ver el corazón de las personas. La ley castiga, pero el amor nos coloca en lugar de la otra persona, en su miseria, en su dolor, en su necesidad.

Para Jesús, justicia no es dar a cada persona lo que se merece. Si fuese así, la justicia de Dios sería terrible. Pero no solo la de Dios. ¿Quién realmente merece ser amado? ¿Quién merece el cariño desinteresado de las demás personas? Seamos sinceros, no merecemos tanta bondad que recibimos a diario. Para Jesús, justicia es dar a cada persona lo que necesita para vivir con dignidad, para ser reconocida y respetada en su especificidad, para ser tratada con humanidad.

Formamos parte de una Iglesia que arrastra un lastre de siglos de persecuciones, condenas y castigos; una Iglesia todavía amarrada a un templo y un culto concebidos para la dominación y no para la liberación; una Iglesia acostumbrada a dictar cátedra en materia moral, mientras oculta sus propias miserias y delitos; una Iglesia que continúa transformando la gracia en privilegio, adueñándose de la salvación de Dios para venderla después; una Iglesia tantas veces aliada a élites políticas y económicas, que bendice al rico y poderoso, condenando siempre al pobre; una Iglesia pecadora y adúltera, que merece ser una y mil veces apedreada.

Pero también somos, y podemos ser cada día más, una Iglesia maestra de misericordia, un lugar de acogida sin prejuicios, de compasión con quien más lo necesita, de dignidad para quien nunca se le reconoció, de amor fraterno, sincero y transparente, con quien menos amor recibió. Una Iglesia que promueva la experiencia liberadora de Dios Padre/Madre y haga presente su salvación universal y gratuita. Una Iglesia instrumento de salvación y de reconciliación en medio de esta humanidad rota, dividida y enfrentada.​

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

Domingo 03 de Abril de 2022 | Domingo 5º de Cuaresma

Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra

 

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.»

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Panorama Calasanz
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