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La vida moderna, llena de afanes y prisas, no nos permite siempre detenernos por un instante para observar con calma tanto lo que sucede en nuestro interior, como lo que pasa en la vida de los otros, especialmente de los más necesitados. Nuestro lenguaje cada vez tiende más al individualismo, al egocentrismo. Incluso si nos viéramos en un espejo con el móvil en la mano u observando la pantalla del ordenador, nos daríamos cuenta de que nuestra posición se parece a la de la caparazón del caracol que se va encerrando poco a poco en sí mismo. Gente en los restaurantes que no se habla por estar pegados a sus móviles, padres de familia que no saben cómo criar a sus hijos y les dan una Tablet o un móvil para que no molesten, jóvenes y también adultos absortos en juegos on-line en sus dispositivos que se encierran en sí mismos, personas al volante que ponen sus vidas y las de los demás en riesgo por la prisa de revisar las notificaciones de los mensajes que llegan, música a alto volumen en los audífonos de tantos para no dejar que el “ruido” de fuera los disturbe o distraiga…

Esta radiografía de tantas personas en el mundo de hoy, hace difícil que haya más oportunidades de abrir el corazón con alegría por la venida del Señor que se manifiesta en tantas maneras, circunstancias y personas, pero que perdemos la oportunidad de encontrarlo en ellas por estar absortos en nuestro pequeño mundo pseudo-virtual.

María, en su época, podría haberse llenado de justificaciones como sus quehaceres cotidianos, su propio embarazo, el riesgo de un viaje, la inexperiencia sobre el tema de los partos, etc., para no ir donde su prima Isabel. Sin embargo, como se había manifestado abierta a hacer la voluntad del Padre, también se muestra en el evangelio de este domingo dispuesta a salir de su zona de confort para ir al encuentro de una persona mayor que necesitaba ayuda. Primó para ella el bienestar de los demás sobre el suyo. Lo hizo a prisa, no con pereza. Y esto llevó una gran alegría tanto a Isabel como al niño que estaba en su vientre. La bondad transforma, alegra, pacifica, fortalece y anima a quien la da y a quien la recibe.

Que este último domingo de Adviento, antes de celebrar la Navidad, sea un momento para que todos nosotros reafirmemos nuestro compromiso de seguir en la construcción del Reino de Dios para que Jesús, tomando forma y vida en nuestros corazones y a través de nuestras manos, pueda seguir haciendo el bien a todas las personas que encontremos por el camino, bendiciéndolas y alegrándolas profundamente.

P. Andrés Valencia Henao Sch. P.

Domingo 19 de Diciembre de 2021 | Domingo 4º de Adviento

Lucas 1, 39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

ANDRES VALENCIA HENAO

ANDRES VALENCIA HENAO

Escolapio. Postulador General

Nacido en Colombia en 1977. Exalumno del Colegio Calasanz de Pereira. Ha trabajado como director de escuela y asistente provincial de la Provincia Nazaret. Se desempeña como encargado de las causas de los santos en la Casa General de San Pantaleo en Roma desde el año 2015. También es el responsable de la Oficina de Comunicación de la Orden.