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El profeta Jeremías nos invita en la primera lectura a alegrarnos por la vida recobrada de aquellos que habían sido olvidados y dejado al margen. Contemplar con alegría el retorno de quienes habían sido desterrados y a quienes se les había arrancado de una vida buena y fecunda. “Ciegos, cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna”. Todo ello semejante a ver el retorno de nuestros estudiantes a las aulas.

Sin embargo, en el Evangelio, nos topamos con situaciones asumidas y acostumbradas en lo cotidiano. Bartimeo es un pobre hombre por donde le queramos ver, desapropiado y dejado en las orillas del camino, olvidado por la cultura e incluso, reconocido como molesto. Pero nos revela una gran lección.

Desde ese lugar en el que se le ha colocado muestra su deseo de ser sanado, de dejarse transformar la vida por Jesús. Quizás tuvo que luchar contra sus propios miedos, y se refiere a Él con sus propios medios, con lo que sabía hacer: gritar y llamar la atención. ¡De qué otra forma pudo haberlo hecho! ¿De qué manera lo hacen nuestros niños y jóvenes?

El Espíritu le movió a cerrar sus oídos frente a la ceguera de la gente que seguía a Jesús y gritó más alto. ¡Cuánta fe en un hombre cuya vida había estado acostumbrada a estar en la periferia! Y, como cuando se abre el telón, inicia lo central de la escena: Jesús escucha, le ve, no le es indiferente y se alegra con él.

Invita a quienes en otro momento callaron a ese molesto hombre a verle, a escucharle, a llamarle a la mesa de la Vida. Quizás algunos se sorprendieron del gesto, quizás otros no comprendieron, pero el anuncio ha sido dado: ordenar toda nuestra vida desde la mirada compasiva y las entrañas misericordiosas del Padre.

¡Qué emoción tan grande resultó ser tomado en cuenta cuando llevaba toda una vida al margen de todo y de todos! ¡Qué esperanza ser liberado de semejante situación para vivir completo!

Lo que parece sorprendente es la pregunta de Jesús: ¿qué quieres que haga por ti? Él le escucha con atención y con el respeto que siempre nos tiene se pone a su servicio para hacer lo que él le pida. Bartimeo, le expresa su herida más profunda: ¡maestro, que vea! No pidió más, no rogó otros bienes que a los ojos de nuestro mundo son importantes, sólo lo esencial: ¡que vea!.

La mirada de Jesús, indudablemente tierna y amorosa, su sonrisa de quien se regocija por la vida recobrada de un hermano nos invade la escena, nos abre a la alegría provocada por el amor de Dios y la restitución de la vida del hermano que vivía entre sombras.

Jesús, le ha cambiado la vida pues se la ha abierto al amor, al encuentro, a la Verdad. Y en humildad y gratitud decide seguirle.

La fe de Bartimeo nos habla de reconocerse necesitado de Dios para sanar nuestras heridas más profundas pues solos no podemos. Y Jesús nos invita, por un lado, a alegrarnos por una vida que ha cobrado su sentido pleno, y por otro, a contemplar la grandeza del amor de Dios que nos acoge, y que nos invita a reorientar nuestra inteligencia, voluntad y deseo hacia Él, de tal forma que abramos nuestros sentidos y entrañas al grito de quienes se han quedado en el camino, a quienes hemos olvidado o descuidado por estar al pendiente de otras preocupaciones, a quienes relativizamos sus condiciones de vida por no estar en nuestros planes.

¡Alegrémonos por la vida de quienes se recuperan de condiciones de muerte! Dios sigue vivo y actuando cuando escuchamos y salimos al encuentro de quienes por sí mismos no pueden ver su gran amor. Seamos puente de alegría y esperanza para todos aquellos niños y jóvenes que se sienten como Bartimeo, quien desde las sombras grita: ¡Maestro, ten compasión de mí!

Dios con todos.

Jorge Campa Pérez

Domingo 24 de Octubre de 2021 | 30º domingo de tiempo ordinario

Marcos 10, 46-52: Maestro, haz que pueda ver.

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

JORGE CAMPA PÉREZ

JORGE CAMPA PÉREZ

Laico

Mexicano, colaborador de la Universidad Cristóbal Colón y del Centro Social Calasanz Veracruz. Pertenece a la fraternidad de las Escuelas Pías de México.