+39 06 68 40 741 scolopi@scolopi.net

Seguimos transitando la Cuaresma y nos encontramos en este evangelio con una de las reacciones más duras que Jesús tiene con las personas, cuando echa a los vendedores del templo. Debe ser algo grave lo que está pasando en ese momento. Y así es.

Hay cosas que pueden tener, en sí mismas, o de forma intrínseca, cierto cariz de bondad o de maldad. Las conocemos y sabemos cómo actuar frente a ellas. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando la realidad se disfraza y se nos presenta como bueno aquello que no lo es. Baste pensar en la tentación de nuestros primeros padres “se os abrirán los ojos y seréis como dioses” (Gn 3,5) o en el comienzo de las adicciones.

Podemos dar un paso más en cuanto a gravedad si lo que se disfraza o se pervierte es lo santo. Si se utiliza lo santo, aquello que tiene que ver con Dios y nuestra relación con él para alejarnos de Él por servir a otros dioses o para conseguir algún tipo de favor. Es esto lo que está ocurriendo en el evangelio. Es una actitud especialmente grave que produce un gran escándalo y que puede alejar a las personas que lo presencian, definitivamente de la Iglesia y de Dios: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar”. (Mt 18,6). Palabras que siguen el mismo tono de dureza, ante la misma situación, el escándalo que viene de pervertir lo santo.

No se trata sólo de que se utilice el templo para fines distintos a los que David o Salomón soñaron: «No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob». (Sal 132, 3-5). Se trata más bien de que el corazón del hombre, llamado a ser templo del Espíritu Santo, está sirviendo de morada a los ídolos.

Jesús adelanta que, con su resurrección, en tres días transformará la muerte en vida, será capaz de reconstruir completamente el corazón del hombre. Adelanta que sólo en Él y gracias a su entrega total, encontramos la salvación y la posibilidad de que Dios more en nosotros eternamente. En la primera lectura vemos como Dios entrega a su pueblo la Ley, pero el pueblo de Israel acabará pervirtiendo la ley y convirtiéndola en un puro moralismo impracticable que le aleja de la visión misericordiosa de Dios. Jesús viene a dar pleno cumplimiento a esta Ley, como dirá en el Sermón del Monte: “no he venido a abolir, sino a dar plenitud.” (Mt 5,17), a través del amor indecible de la Cruz. Pues como dice este domingo el salmista: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”. Sólo en Él encontramos el descanso que ansiamos.

Es su Misericordia, su entrega definitiva por Amor a nosotros la que nos permite ser reconstruidos. Es su perdón y su amor el que nos reedifica, nos construye y da aliento en el caminar diario. Es por eso que no podemos preparar adecuadamente la Pascua si no nos acercamos a Él para dejarnos tocar por la Misericordia de Dios, de modo que nos reconciliemos con Él y que toda nuestra vida quede reconciliada. Ser santos como Él es santo.

Pidamos al Señor que nos dé la docilidad y humildad suficiente para no pervertir lo santo que recibimos de Él, para dejarnos amar y ser perdonados por Él, a la espera de la Pascua definitiva del cielo.

Pedro Jara

Domingo 07 de Marzo de 2021 | Domingo 3º de Cuaresma

Juan 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)