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La pasión y muerte de Jesucristo pone ante nuestros ojos el camino, la verdad y la vida.

La pasión y muerte de Jesucristo pone ante nuestros ojos el camino, la verdad y la vida.

¿Quieres conocer a Dios? Mira la Cruz. ¿Quieres conocerte a ti mismo? Mira la Cruz. ¿Quieres seguir a Cristo? Mira la Cruz.

 ¡Qué decir después de haber escuchado o leído la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo! No cabe duda de que la predicación más elocuente sería el silencio, pues cualquier cosa que se pueda decir desmerece lo que no es sólo un texto, sino que ocurrió verdaderamente, por nuestra salvación.

La escucha de la Pasión nos llena el corazón y el alma de sentido. Todos nuestros razonamientos quedan en suspenso porque uno se encuentra cara a cara con la Verdad, con la esencia de Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Algo que todos buscamos pero que nadie se puede dar a sí mismo.

El Amor inmenso de Dios a los hombres no es una declaración hueca o vacía, es una realidad que se ha materializado dolorosísimamente en la entrega del Cordero sin mancha, del único Santo e Inocente, que ha cargado con nuestros pecados. Y esto no es ni teoría, ni ideología, ni una posibilidad entre otras muchas. En la Cruz están estrellados los pecados del pasado, del presente, incluidas las guerras que el mundo sufre hoy día, como la de Ucrania, y del futuro. Cristo es la única verdad. Dios nos ha salvado y nuestra salvación está en Dios y la vida verdadera en seguir sus pasos, amando como Él nos ama.

Contra la Cruz se estrella cualquier atisbo de orgullo, soberbia y autosuficiencia para entrar en la humildad, en la confianza total y agradecida a Dios a quien pedimos que sostenga y guíe nuestra vida. San Pablo, de quien hoy hemos escuchado el Himno a la kenosis, deja clara la centralidad de la cruz: “Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces.”(1ª Cor 1, 18-19) 

La mejor manera de dar gracias a Dios por la vida que nos ha dado en la Cruz, por nuestra salvación, es seguirle y entregar nuestra vida conforme a su voluntad. Del mismo modo que Él dejó a un lado sus opciones para seguir la voluntad del Padre, cabe que cada uno de nosotros se pregunte hoy: no, qué quiero yo para mí, sino qué quiere Dios para mí. Señor, muéstrame tu voluntad y la seguiré hasta dar la vida por el evangelio.

Dice en otro lugar: “Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 34). Pues bien hoy, con la escucha de este evangelio, el Hijo del Hombre ha sido, de nuevo levantado en medio de nosotros, vayamos a Él. No es posible entrar en la Pasión sin emocionarse, sin conmocionarse, pero lo fundamental es que nos convirtamos. Del costado abierto de Cristo ha brotado su Iglesia, la cual nos ha recreado y vivificado con el agua del bautismo y la Sangre de la Eucaristía. Hemos recibido la posibilidad de vivir como hijos de Dios, de ser testimonio de Cristo en medio del mundo. Y ya no tenemos miedo a la muerte, pues sabemos que “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”.(Lc 9,24).

Pedro Jara

Domingo 10 de Abril de 2022 | Domingo de Ramos

Lucas 22, 14-23. 56: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer

C. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:
+ – «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios.»
C. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ – «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.»
Haced esto en memoria mía
C. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:
+ – «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.»
C. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:
+ – «Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»
¡Ay de ése que entrega al Hijo del hombre!
«Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero, ¡ay de ése que lo entrega!»
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve
C. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:
+ – «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve.
Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel.»
Tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos
C. Y añadió:
+ – «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.»
C. Él le contesto:
S. -«Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte.»
C. Jesús le replicó:
+ – «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.»
Tiene que cumplirse en mí lo que está escrito
C. Y dijo a todos:
+ – «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?»
C. Contestaron:
S. – «Nada.»
C. Él añadió:
+ – «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los malhechores.» Lo que se refiere a mí toca a su fin.»
C. Ellos dijeron:
S. – «Señor, aquí hay dos espadas.»
C. Él les contesto:
+ – «Basta.»
En medio de su angustia, oraba con más insistencia
C. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
+ – «Orad, para no caer en la tentación.»
C . Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:
+ – «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
C – Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
+ – «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.»
Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?
C. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.
Jesús le dijo:
+ – «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»
C. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:
S. – «Señor, ¿herimos con la espada?»
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
Jesús intervino, diciendo:
+ – «Dejadlo, basta.»
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:
+ – «¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.»
Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente
C. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos.
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:
S. – «También éste estaba con él.»
C. Pero él lo negó, diciendo:
S. – «No lo conozco, mujer.»
C. Poco después lo vio otro y le dijo:
S. – «Tú también eres uno de ellos.»
C. Pedro replicó:
S. – «Hombre, no lo soy.»
C. Pasada cosa de una hora, otro insistía:
S. – «Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo.»
C. Pedro contestó:
S. – «Hombre, no sé de qué me hablas.»
C. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?
C. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.
Y, tapándole la cara, le preguntaban:
S. – «Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?»
C. Y proferían contra él otros muchos insultos.
Lo hicieron comparecer ante su Sanedrín
C. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:
S. – «Si tú eres el Mesías, dínoslo.»
C. Él les contesto:
+ – «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.
Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.»
C. Dijeron todos:
S. – «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?»
C. Él les contestó:
+ – «Vosotros lo decís, yo lo soy.»
C. Ellos dijeron:
S. – «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.»
C. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato.
No encuentro ninguna culpa en este hombre
C. Y se pusieron a acusarlo, diciendo:
S. – «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.»
C. Pilato preguntó a Jesús:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él le contestó:
+, – «Tú lo dices.»
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
S. – «No encuentro ninguna culpa en este hombre.»
C. Ellos insistían con más fuerza, diciendo:
S. – «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.»
C. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.
Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.
Pilato entregó a Jesús a su arbitrio
C. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:
S. – «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.»
C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo:
S. – «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.»
C. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. – «¡Crucifícalo, crucifícalo!»
C. Él les dijo por tercera vez:
S. – «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.»
C. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.
Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.
Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
+ – «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado.» Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «Sepultadnos»; porque, si así tratan al leño verde, ¿qué pasara con el seco?»
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen
C. Y, cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Jesús decía:
+ – «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.
Éste es el rey de los judíos
C. El pueblo estaba mirando.
Las autoridades le hacían muecas, diciendo:
S – «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
S. – «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Hoy estarás conmigo en el paraíso
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. – «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
C. Pero el otro le increpaba:
S. – «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»
C Y decía:
S. – «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
C. Jesús le respondió:
+ – «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Padre,a tus manos encomiendo mi espíritu
C. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:
+ – «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»
C. Y, dicho esto, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo:
S. – «Realmente, este hombre era justo.»
C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.
José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado
C. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca,
donde no habían puesto a nadie todavía.
Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

 

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)

Haciendo Balance

Haciendo Balance

Ahora que ya estamos finalizando el curso llegan desde todos los frentes diferentes evaluaciones que permiten valorar cómo ha ido el curso. Valoraciones de los diferentes departamentos, de las correspondientes asignaturas, de los cursos de formación y en definitiva de todo lo que se ha hecho o dejado de hacer.

No es ninguna de estas evaluaciones lo realmente importante. La evaluación más importante es la que surge en el corazón de uno mismo, ojalá que sea así, y le obliga a preguntarse si el curso ha ido bien, si ha cumplido su propósito, tanto desde el punto de vista del propio educador como desde el punto de vista del alumno.

Si de un educador no brota de forma espontánea este interrogante es que, o bien no está en el lugar adecuado, o bien su situación presente es tan desafortunada que le impide reaccionar de esta manera.

¿Y cómo hacer este balance? ¿Cómo mide uno este resultado? Nos podemos encontrar con diferentes métricas que al final subjetivan de forma global el resultado poniendo una marca positiva o negativa en el corazón del educador. Por ejemplo, para un educador el resultado global se puede medir en función de si se ha ganado o no el campeonato deportivo de turno. En otro caso puede ser suficiente con ver las medias académicas. En algún caso el peso se lo llevan las actuaciones musicales durante el curso o bien los proyectos realizados a lo largo del mismo. Es una forma de contestar a la pregunta ¿Con qué te quedas de todo este curso? Nos sorprenderán algunas respuestas, ya lo sabes.

No obstante, en un colegio escolapio la métrica debería ser diferente a las anteriores. Bastaría con mirar con los ojos de Calasanz y ver si se ha logrado que al menos uno de nuestros alumnos haya orientado mejor su vida, especialmente en dos vertientes: la piedad y las letras.

Es decir, algo tan fácil como ver si alguno de los alumnos ha comenzado a mirar a Dios de una manera diferente, como Padre, como amigo, pero, sobre todo, como Dios. Ser testigo de que ha crecido su amor a Dios y a sus compañeros desde la confianza de saberse amado sin límite por Jesús. Si sólo uno de los alumnos ha crecido espiritualmente, si su alma se ha ensanchado para acoger el don de Dios y seguirle, el curso ya ha merecido la pena, y saltan por los aires todas las métricas del mundo.

Si esto mismo ha ocurrido con un compañero, un docente, un educador que ha aprendido a mirar a Dios de forma tal que su mirada hacia los niños ha cambiado, viendo en ellos lo más precioso del mundo y aquellos pequeños por los que merece la pena darlo todo con un amor infatigable y sacrificado que sólo Dios puede nutrir, también habrá merecido la pena.

Estos son nuestros colegios. Alguno diréis: “¿Y cuándo vas a hablar de las Letras?” Me consta que no es tan urgente, pues en general lo hacemos bien, y para aquellos que académicamente se van quedando rezagados o por el camino, en la mayor parte de las ocasiones la causa de ello es la anterior. No descubrir y experimentar este amor lleva a cualquiera al poco amor a sí mismo y la falta de autoconfianza que deriva en respuestas poco constructivas.

Pedro Jara

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)

Abrirá las puertas de la Misericordia

Abrirá las puertas de la Misericordia

Seguimos transitando la Cuaresma y nos encontramos en este evangelio con una de las reacciones más duras que Jesús tiene con las personas, cuando echa a los vendedores del templo. Debe ser algo grave lo que está pasando en ese momento. Y así es.

Hay cosas que pueden tener, en sí mismas, o de forma intrínseca, cierto cariz de bondad o de maldad. Las conocemos y sabemos cómo actuar frente a ellas. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando la realidad se disfraza y se nos presenta como bueno aquello que no lo es. Baste pensar en la tentación de nuestros primeros padres “se os abrirán los ojos y seréis como dioses” (Gn 3,5) o en el comienzo de las adicciones.

Podemos dar un paso más en cuanto a gravedad si lo que se disfraza o se pervierte es lo santo. Si se utiliza lo santo, aquello que tiene que ver con Dios y nuestra relación con él para alejarnos de Él por servir a otros dioses o para conseguir algún tipo de favor. Es esto lo que está ocurriendo en el evangelio. Es una actitud especialmente grave que produce un gran escándalo y que puede alejar a las personas que lo presencian, definitivamente de la Iglesia y de Dios: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar”. (Mt 18,6). Palabras que siguen el mismo tono de dureza, ante la misma situación, el escándalo que viene de pervertir lo santo.

No se trata sólo de que se utilice el templo para fines distintos a los que David o Salomón soñaron: «No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob». (Sal 132, 3-5). Se trata más bien de que el corazón del hombre, llamado a ser templo del Espíritu Santo, está sirviendo de morada a los ídolos.

Jesús adelanta que, con su resurrección, en tres días transformará la muerte en vida, será capaz de reconstruir completamente el corazón del hombre. Adelanta que sólo en Él y gracias a su entrega total, encontramos la salvación y la posibilidad de que Dios more en nosotros eternamente. En la primera lectura vemos como Dios entrega a su pueblo la Ley, pero el pueblo de Israel acabará pervirtiendo la ley y convirtiéndola en un puro moralismo impracticable que le aleja de la visión misericordiosa de Dios. Jesús viene a dar pleno cumplimiento a esta Ley, como dirá en el Sermón del Monte: “no he venido a abolir, sino a dar plenitud.” (Mt 5,17), a través del amor indecible de la Cruz. Pues como dice este domingo el salmista: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”. Sólo en Él encontramos el descanso que ansiamos.

Es su Misericordia, su entrega definitiva por Amor a nosotros la que nos permite ser reconstruidos. Es su perdón y su amor el que nos reedifica, nos construye y da aliento en el caminar diario. Es por eso que no podemos preparar adecuadamente la Pascua si no nos acercamos a Él para dejarnos tocar por la Misericordia de Dios, de modo que nos reconciliemos con Él y que toda nuestra vida quede reconciliada. Ser santos como Él es santo.

Pidamos al Señor que nos dé la docilidad y humildad suficiente para no pervertir lo santo que recibimos de Él, para dejarnos amar y ser perdonados por Él, a la espera de la Pascua definitiva del cielo.

Pedro Jara

Domingo 07 de Marzo de 2021 | Domingo 3º de Cuaresma

Juan 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)

Piedad y Letras, Belleza y bellezas

Piedad y Letras, Belleza y bellezas

Siempre ha sido y será necesario el recurso a la Belleza en la Educación, pero más si cabe en estos tiempos que corren. Tiempos en los que parece que los alumnos han quedado amortiguados, aletargados, pausados en el aula debido a la actual situación de pandemia, y especialmente debido a las mascarillas y a la distancia de seguridad.

Es éste el modo más eficaz y duradero de activar a los alumnos, de motivarlos y producir en ellos encuentros significativos que transformen su vida. Debemos aprovechar el aula o el lugar de aprendizaje para provocar en los alumnos encuentros significativos. Estos encuentros pueden ser: del alumno consigo mismo, a través de la introspección y reflexión; del alumno con sus compañeros, fortaleciendo la amistad, la cooperación y la socialización; del alumno con el docente, como modelo que le impulsa hacia un futuro ya imaginado; del alumno con el propio conocimiento, lo cual es todo un descubrimiento y entrada en un infinito de posibilidades; y del alumno con Dios, encuentro privilegiado del que el alumno se verá necesitado durante toda su vida.

Para todo lo anterior, con el fin de que esta significatividad se produzca, es necesario tan sólo una cosa: transmitir la belleza que está detrás de todo lo creado. La belleza que existe en el conocimiento y que provoca al alumno, que le hace sorprenderse y admirar ante la provocación que supone todo lo bello. La belleza cautiva, rapta los sentidos y la inteligencia y las lleva a lugares donde siempre quisieron estar y nunca imaginaron.

La belleza activa todos los recursos sensibles e intelectivos, pone el vello en guardia y es capaz de hacer brotar ilusión de los lagrimales más estériles. La belleza mueve el corazón, y es ésta la verdadera y encarnada motivación.

En estos tiempos que corren hemos de descorrer velos, y poner el máximo ahínco en reflexionar, primero nosotros los docentes sobre nuestra propia vocación, la primera llamada, para así redescubrir la belleza de lo que enseñamos. A partir de ahí, del propio enamoramiento estaremos preparados para transmitir a nuestros alumnos la belleza que rodea todo lo creado, la belleza que empapa al conocimiento, la ciencia, la cultura, la amistad, los compañeros, el hombre, y en definitiva la belleza que emana de Dios, como Belleza en sí misma y origen de cualquier belleza.

Sin duda Calasanz podría decir que Piedad y Letras se puede traducir como Belleza y bellezas.

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)