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El tercer domingo de Adviento reta a vivir en la alegría. La Iglesia presiente ya “muy cercano al Emmanuel” invitando a todos a celebrar el gozo de su venida. Los espacios se adornan y los ánimos se van disponiendo poco a poco para anticipar la llegada de Quien da comienzo a una fiesta que no tiene fin.

Es entonces cuando irrumpe con fuerza, ocupando el centro de la escena, Juan, el Bautista. Su figura hirsuta, sus modos adustos y su palabra hiriente parecen situarse en las antípodas de la propuesta jovial y amable del evangelio. Sin embargo, su experiencia y su actitud preparan el anuncio de la buena noticia de Jesús.

Renunciando a todo protagonismo, atenúa su presencia. Intensifica así la claridad de Aquél que es la Luz para el mundo. Silenciándose hasta el monosílabo, da paso a la Palabra que viene a habitar en medio de nosotros. Bautizando con agua, anuncia el fuego de un deseo que prende las entrañas, abrasa el juicio y vuelve incandescente un Rostro en el que se refleja el ser mismo de Dios.

Desde el margen, Juan hace posible la acogida. En el desierto, la soledad y la desprotección se tornan camino practicable para llamar a todos a una vida abundante. El último de los profetas evoca la nube de testigos que convierten a la nuestra en historia de salvación. La correa de las sandalias anuncia los preparativos de la boda y la llegada del Novio que viene en medio de la noche.

Y para que Él llegue, siguen siendo esenciales los amigos. Esos que señalan, acompañan y sugieren. Los que están siempre y a cualquier precio. Aquellos con su hacer generoso reconocen su espacio y no usurpan el del Otro. Los que esquivan, certeros, los reclamos de yo que empequeñece para tornarse  signo de un Tú aún más grande. Los que, desconocidos, se hacen voceros de una alegría ajena, extraña y hasta molesta que se empeña en decirnos que el Reino de Dios, aunque no lo parezca, está ya en medio nuestro.

Esos amigos que, como Juan, son los mejores testigos de una alegría que nada, ni nadie, podrá arrebatarnos.

P. Ángel Ayala Guijarro Sch. P.

Domingo 13 de Diciembre de 2020 | Domingo 3º de Adviento

Juan 1,6-8.19-28: En medio de vosotros hay uno que no conocéis.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: « ¿Tú quién eres?». Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: « ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». « ¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No».

Y le dijeron: « ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

ÁNGEL AYALA

ÁNGEL AYALA

Escolapio

Licenciado en Filosofía y Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid), actualmente se encuentra en Roma, finalizando su Tesis Doctoral.