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Manel Camp es un escolapio español que hoy celebra sus 25 años de ministerio sacerdotal. Checho Suárez es otro escolapio colombiano que hace apenas cuatro días fue ordenado sacerdote. A los dos los miro con emoción y veo en ambos un hermoso icono de lo que es el sacerdocio escolapio, que no es distinto al sacerdocio de cualquier otro sacerdote de nuestra Iglesia, al contrario, lo escolapio hace al sacerdocio ministerial más auténtico. 25 años de permanencia es un testimonio de fidelidad en cualquier ámbito. Hoy que lo permanente dura segundos en las redes sociales y la fidelidad se mide por engrosar una lista de seguidores, Manel es un cuadro atemporal, un anacronismo en este tiempo fugaz y veloz donde ayer es historia y lo que se hace dos veces seguidas crea una tradición. Su constancia en el servicio del altar y en el acompañamiento del Pueblo de Dios, especialmente en sus miembros más pequeños, es argumento de una vida entregada y feliz.

Checho es la encarnación de la aparente estupidez hecha sublimidad. Una persona que en el momento vital más vigoroso (los treinta), de una inteligencia sutil y con una capacidad para sentarse en cualquier cátedra que se propusiese, elige sentarse en un banco de salón de clase, en un pupitre rodeado de mocosos ignorantes, adolescentes insoportables y jóvenes incómodos e insolentes, que en su pupila se convierten en niños adorables, adolescentes fascinantes y jóvenes entusiastas.

Ambos son un cuadro bosquejado, una fotografía desenfocada, una melodía desafinada en este mentiroso mundo nuestro de photoshop. Y los dos son una imagen preciosa de una vida entregada, intensa y generosa. Algunos llaman a esta experiencia felicidad. Sacerdotes escolapios.

La historia de la humanidad es maestra en recordarnos que en los momentos de mayores crisis surgen los testimonios más radicales, los testigos capaces de convocar y movilizar en dirección opuesta a la experiencia y pensamiento únicos. En estos tiempos donde el clericalismo es una lacra para la Iglesia y es una fuente de desórdenes terribles entre consagrados y laicos, vemos resurgir, con gran esperanza, nuevos jóvenes que se sienten llamados a la vida sacerdotal, seducidos por un evangelio que se encarna entre los pobres y un modelo de pastor que es Jesús dando la vida. Jóvenes que ya no pugnan por tiznar el color de sus ropas sino por las zonas donde hay seres humanos carentes de derechos y negados en su dignidad; jóvenes que desean celebrar la eucaristía para convertirse ellos mismo en pan partido y repartido más allá del número de velas en el altar o de la cantidad del estipendio; jóvenes que viven más su responsabilidad bautismal que su estatus de ordenado.

Gracias, Checho, por escoger el caminito con piedras y abrojos para encontrarte con los caídos, acompañar a los desfallecidos y guiar a los decepcionados mostrándoles una nueva manera de ser y estar en el mundo. Abandonaste el carro potente y rápido y te has calzado unas botas de montaña: pastor de polvo en el rostro y callos en las manos.

Manel lleva 25 años intentando vivirse así, acogiendo sus incoherencias como un aprendizaje vital y su inconforme testimonio de querer estar donde debe, aunque no siempre lo ha conseguido. Su cercanía, su sencillez, su talante de pueblo, lo ha hecho un sacerdote niño con los niños y pobre con los pobres. Tentado por ilusiones y engañado en ocasiones por burocracias ha sabido sobreponerse con la entrega a los jóvenes y la alegría de su espontaneidad. Ha errado tanto como ha acertado: empate.

Pero siempre ha ganado en los penales: en caso de duda, el bien del otro. Y nunca disimulando un gran corazón de pastor que le hace sonrojarse como un tímido adolescente o llorar desconsoladamente cuando la ocasión lo ha ameritado.

Gracias nos queda corto. Así que un agradecimiento que te lleve a saborear y disfrutar de tanto bien como el que has regalado. ¡Y por otros 25 que este mundo y esta Iglesia necesita sacerdotes como tú, con el corazón de Dios en un cuerpo muy humano!

A ambos, a Manel y a Checho, os dejo este texto del profeta Malaquías que hoy mismo me he encontrado y he identificado en cada uno de vosotros:

Una doctrina auténtica llevaba en la boca y en sus labios no se hallaba maldad; se portaba conmigo con integridad y rectitud y apartaba a muchos de la culpa. Labios sacerdotales han de guardar el saber y en su boca se busca la doctrina, porque es mensajero del Señor”. (Ml 2, 6-7)

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.