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De madrugada, cuando todavía es de noche, María Magdalena va al sepulcro. La oscuridad, por el momento del día en qué sucede la escena, se corresponde con las tinieblas que envuelven su corazón: el Maestro yace sin vida en el seno estéril del sepulcro, víctima de una muerte infame. Pero la estima que la mantuvo al pie de la cruz le lleva, ahora, a velar su cadáver. Es lo único que le queda para mantenerse unida a él. Por eso se desespera cuando se da cuenta que la piedra del sepulcro ha sido removida. Eso solo puede ser signo, piensa ella, de una nueva y cruel fatalidad: se han llevado el cuerpo del Señor. Es absolutamente lógico su pensar y su sentir. ¿Qué otra cosa podría ser, si no? Necesita compartir su pena y pedir ayuda a quienes, como ella, han amado a Jesús. Simón Pedro y el discípulo amado salen corriendo hacia el sepulcro. Por un momento, vencen el miedo que les mantenía alejados. Aquel discípulo que Jesús amaba llega primero, pero respeta la primacía de Pedro. Entran en el sepulcro. ¿Por qué? ¿No era suficiente comprobar, desde fuera, que estaba vacío? Se fijan en detalles: las vendas están llanas y el sudario con el que le habían envuelto la cabeza seguía atado. Para el discípulo amado este estado de las cosas es suficiente para despertar en él una nueva compresión de esos signos, la mirada creyente: ¡Dios no ha abandonado su vida en medio de los muertos! (Cf. Sl 16,10).

María Magdalena queda sola, de nuevo, desconsolada, junto al sepulcro. Se agacha para mirar en el sepulcro y le sorprende una presencia fulgurante que le interpela sobre su pena: Mujer, ¿por qué lloras? Se gira. Alguien pronuncia su nombre. Reconoce su voz (Cf. Jn 10,4).

Dos despertares distintos. Dos nacimientos a la fe en el Resucitado. Algo en común, algo que predispone: el amor por Él.

P. Víctor Filella Muset Sch. P.

Domingo 17 de Abril de 2022 | Domingo de Pascua

Juan 20, 1-9: Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo;
pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

VÍCTOR FILELLA MUSET

VÍCTOR FILELLA MUSET

Escolapi

Escolapi, nascut l’any 1966. Soc de Barcelona. La meva vida escolàpia ha transcorregut sempre a Catalunya, tret de 6 anys a la comunitat de Guanabacoa (Cuba). Actual, visc a la comunitat de Camp de l’Arpa (Barcelona) i treballo a l’Escola Pia de Mataró.

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