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Esta afirmación, clave preferencial en el corazón e imperativo misionero de cada escolapio, ha quedado plasmada en tres relatos evangélicos, a saber, Marcos 14, 1-11; Mateo 26, 1-13 y Juan 12: 1-11. Su importancia es obvia para mostrar la centralidad de los pobres en el acto más fino de adoración a Jesús por parte de una mujer, que quiebra un fino vaso de alabastro para ungir al Maestro con su preciado perfume. Así, de una nueva trama para atrapar a Jesús, sus enemigos reciben una fuerte reprimenda que los pone en evidencia. Al igual que siempre, la amenaza de un falso argumento que afirma defender a los pobres, pero termina excluyéndolos, reaparece en esta crisis más fuerte que nunca. Veamos.

La pandemia y sus secuelas socioeconómicas que, sin duda, aún están por verse en su totalidad, terminarán haciendo que gran parte del mundo se estacione en un escalón de crecimiento y desarrollo más bajo que el que tenía. Para muchos esto será una prueba muy dura, pero transitoria, pues sabemos que los procesos económicos suelen reajustarse; pero para otros tantos puede ser una tragedia completa y determinante.  Me refiero a los niños y jóvenes más pobres que son expulsados de manera definitiva del sistema educativo formal. Cada uno tiene una historia de sueños truncados, cuyo drama personal y colectivo solo podrá apreciarse en su entera dimensión, dentro de al menos una década. Todos los organismos especializados lo afirman y lo único que cambia son los porcentajes anunciados de deserción escolar, algunos aterradores, por ejemplo en nuestra América.

Es comprensible que en las presentes condiciones, nuestras instituciones se aboquen a reorganizaciones financieras y de recursos humanos. Pero cuando el P. General nos insiste en que no debemos cerrar ninguna escuela, no lo hace para salvarnos a nosotros mismos o a nuestro “prestigio social y educativo”. Lo hace porque están en juego vidas concretas de niños y jóvenes pobres, para quienes nuestras obras y proyectos son su única alternativa.

Porque esta crisis no debe deshumanizarnos en pragmatismos antievangélicos, es necesario cuidar nuestras decisiones coyunturales para que no pongan en grave riesgo nuestra opción central humana y cristiana de cuidar a los más débiles. A estas alturas debemos salir en búsqueda presurosa de aquellos que están “desapareciendo” de las pantallas, de los seguimientos académicos o de las listas de matrícula al próximo curso. Lo hacemos porque el frasco de alabastro de nuestro perfume, quebrado a los pies de Cristo, es nuestro compromiso por  cuidar a sus pequeños y porque nuestra manera carismática de alabar a Dios pasa por nuestra entrega vocacional a los más pobres. Cualquier proceso de reorganización administrativa y financiera institucional debe garantizar esa centralidad y, por ninguna razón, quebrar nuestra fidelidad de protegerlos a ellos y a nuestros colaboradores en la misión. Es la manera de sostener la esperanza real y de ser coherentes en nuestra aspiración por la reforma de la sociedad.  

 

P. Rodolfo Robert Sch. P.

La Romana, República Dominicana

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica (1961) es Religioso Escolapio de la Provincia Centroamérica-Caribe. Se ha desempeñado en la Escuela Pía como educador, formador, Superior Mayor y Delegado General para el Ministerio. Actualmente sirve a la misión en La Romana, República Dominicana.