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El Hijo de Dios, hecho hombre, entra en la historia asumiendo todo aquello que nos hace personas, miembros de una familia e integrantes de un pueblo, de una tradición y cultura concretas, en todos sus aspectos. Jesús, con María y José, es presentado en el Templo y, como primogénito, es consagrado a Dios, de acuerdo con la Ley de Israel. El rito tradicional es superado por lo que se dice del niño, a través de las palabras proféticas, por ser del Espíritu Santo, de los ancianos Simeón y Ana. Pueden reconocer en el niño la presencia de la salvación del pueblo porque su esperanza estaba cimentada en la fe y en la vida de oración y amor.

La admiración de María y José ante estos testimonios revela un paso importante en el camino de la fe: Dios llama y espera nuestra respuesta. Una respuesta que va a ir configurando el sentido de familia, es decir, la primacía del amor que acoge, acompaña, respeta, perdona y da gracias a Dios por el Hijo, que es su Palabra definitiva de salvación. El camino de le fe seguirá avanzando y volverán a su ciudad de Nazaret, donde en la vida de cada día, el niño crecerá y desarrollará su personalidad, porque la gracia de Dios habitaba en él. María y José irán participando del misterio de Jesús e irán reconociendo en él la presencia divina, comprendiendo cada vez más el plan de salvación para la humanidad.

La familia de Nazaret es un modelo para toda familia que quiera abrirse a la Palabra de vida y salvación que es Jesús. En palabras de S. Pablo VI “Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio”, de ahí su decisiva importancia en la transmisión de la fe, el gran reto de nuestro tiempo. De tal manera, que el papa Francisco, en su reciente encíclica Fratelli tutti, ha afirmado con fuerza que la familia es “el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe”. Una misión que debe ser asumida y continuada por los educadores cristianos y los pastores de la Iglesia, como un compromiso ineludible, inspirado en María y José, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los hombres y mujeres, a menudo tan llenos de incertidumbre y desánimo.

P. Enric Ferrer Sch. P.

Domingo 27 de Diciembre de 2020 | La Sagrada Familia

Lucas 2,22-40: El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, [de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.]

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

ENRIC FERRER

ENRIC FERRER

Escolapio