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Anunciar el Evangelio

Anunciar el Evangelio

Para el anuncio creíble de la Buena Noticia, de la fe, debo vivir y confesar lo que proclamo. Todas las palabras que no son un ejemplo son mentiras. Si hemos de amar a las personas, a los niños, a quienes anunciamos el Evangelio, hay que amar a los niños. De lo contrario, somos como vallas publicitarias colgadas en algún lugar que hacen poco o nada: por ejemplo, «Jesús te ama». Sí, ¿y qué? No funciona sin una relación viva.

La fe no es un saber sino una relación. Si algo o una persona no significa nada para mí, me deja frío. Lo que me deja frío no me toca. Lo que no me toca, no lo puedo amar. Sin amor, no hay relación.

Así, los niños (adultos) sólo pueden experimentar la fe cuando se les da amor (con este amor originado en Dios, el abuso del niño es imposible).

«Amad a vuestros enemigos…, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan» – esto no tiene nada que ver con un mandamiento, ni siquiera con la caridad. Porque quien dice tales palabras ha experimentado la unidad con todos los seres, con todos los hombres.

Sabe que lo que hago a otro, me lo hago a mí mismo. Da su camisa, su abrigo, él mismo en el otro, en el vecino. Con este conocimiento, Jesús abraza también al adversario, al criminal, al canalla. Esto es cualquier cosa menos piedad sentimental, es el amor que proviene de la experiencia de la unidad, de la experiencia de que el otro no existe fuera de mí.

Hoy sabemos que la conciencia genera una energía que tiene un efecto en la materia. Las emociones y los pensamientos pueden materializarse. El odio y la agresión pueden enfermar a las personas y al medio ambiente. Los buenos deseos, el amor, la benevolencia crean campos, generan fuerzas ordenadoras, sanadoras.

La oración es eficaz. No porque haya uno entronizado en algún lugar allá arriba que me dé algo porque recé 3 Padres Nuestros, sino porque éste ha puesto todo en una ley natural en un nivel superior, que se llama amor. Dios mismo con su benevolencia está allí. El amor está ahí.

¡»AMOR» es el nombre más hermoso para Dios!

Así que los niños necesitan personas (padres…) que les quieran. Para la transmisión de la fe, necesitan cristianos que estén alegres en su fe y que puedan transmitir su alegría. Necesitan una educación religiosa que, partiendo de las realidades cotidianas de la vida, lleve a los niños a experimentar el cristianismo como algo digno de ser vivido, significativo y bello. ¡Y necesitan nuestro acompañamiento también y nuestra oración!

Un ejemplo de la vida cotidiana: la mesa alrededor de la cual se reúne la familia para comer juntos. Esta mesa se convierte en el signo de la comunidad (también de la comunión). Durante el día, todos los miembros de la familia están ocupados con sus obligaciones y tareas diarias. La comida común les une y provoca en ellos un sentimiento de pertenencia. Comer juntos en familia es un acto de amor fundamental, pero tristemente demasiado poco tomado en serio (también comemos el amor que la madre ha invertido en la cocina). Cuando una familia no come junta, se desmorona.

A partir de esta experiencia, podemos llamar la atención de los niños sobre la gran familia de Dios, la Iglesia, que durante la semana está comprometida en todas partes y allí donde cada uno se encuentra por sus compromisos: el mundo del trabajo, la escuela, etc. El domingo, sin embargo, Jesús pone su mesa para nosotros y nos invita a una comida (pan y vino, cuerpo entregado por nosotros – y sangre derramada por nosotros…). Esta comida, la Santa Misa, nos une a Jesús y a los demás, la gran familia mundial de Dios.

P. Pius Platz Sch. P.

PIUS PLATZ CAROL

PIUS PLATZ CAROL

Escolapio

Sacerdote escolapio. Nacido en Barcelona en el año 1935. Inició su vida religiosa en 1959 en la ciudad de Viena, Austria. Estudió la filosofía en la Universidad de Viena y la teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Se ha desempeñado como maestro de religión, vicario parroquial, párroco, rector tanto en la iglesia de María Treu como en la de Santa Tecla. Ha creado cursillos de meditación para niños, para padres de familia, preparación para los sacramentos, entre otros.
Juvenicidio: un grito al que hay que responder

Juvenicidio: un grito al que hay que responder

Cuando se necesita crear un término para describir una realidad, es porque esta alcanza un nivel notable de relevancia. De eso trata, por desgracia, el “juvenicidio”, definido por José Manuel Valenzuela, como “el conjunto de procesos radicales de precarización, vulnerabilidad, estigmatización, criminalización y muerte de la población joven”.

Desde cualquier mirada y en cualquier lugar del mundo, el drama es siempre el mismo: son predominantemente jóvenes los que llenan las noticias y estadísticas de exclusión y muerte.

Se trata de una franja de población específica profundamente castigada, sin canales eficaces de movilidad social y en evidente tensión estructural, donde sus integrantes más pobres se perciben como poco productivos, sin proyectos reales de preparación y socialmente “incómodos”. Eso los vuelve, no solamente prescindibles a nivel social, sino también sacrificables.

Sin la fuerza visible de otros colectivos más organizados, la juventud experimenta una auténtica amenaza que compromete sus derechos humanos básicos, comenzando con el de la misma vida. Su alto nivel de informalidad escolar y laboral y un mundo de horizontes restringidos hacen de esta población un sujeto colectivo en grave riesgo: altamente expuesto al trabajo de explotación, a la condición de no trabajar y tampoco estudiar (Ninis); a participar como víctimas-victimarios en diversos conflictos armados; unirse a la creciente población apátrida en procesos migratorios cada vez más desfavorables; a ser agentes activos y víctimas de redes criminales, particularmente de narcotráfico y trata; y hasta padecer hambre y muerte prematuras por falta de acceso a servicios sociales y de salud adecuados.

Una lectura de mirada estrecha del n° 2 de nuestras Constituciones, puede hacernos creer que la “liberación de la ignorancia y del pecado”, centrada en los niños y jóvenes como sujetos de esas carencias y no como víctimas sociales de ellas, no tiene que ver con los atropellos criminales que sufren los jóvenes más vulnerables. Quizás la larga reflexión sobre las “nuevas pobrezas” donde los escolapios poníamos especial atención a problemas educativos y emocionales nos hicieron desviar la mirada de una realidad que se mantenía y expandía con toda su crueldad: la de la pobreza abierta, la marginación, la explotación y la muerte de los jóvenes.

Los efectos macro sociales de esta Pandemia (aún por verse) no solo se llevarán conocimientos y competencias educativas y emocionales. Se llevarán, al menos por una década, los sueños y posibilidades de una vida digna para millones de jóvenes. Y mientras tanto, las armas de la muerte se preparan para dar nuevos zarpazos, a través de mecanismos de explotación y destrucción cada vez más oscuros.

La urgencia por “volver” a los radicales esenciales de la misión escolapia, debe llevarnos a una profunda reflexión que se traduzca en acciones directas y eficaces para proteger la vida de la juventud. Por eso insto, con todo respeto, a los participantes del próximo Capítulo General de la Orden, a dar un espacio que permita discernir un poco este enorme desafío, que toca de manera tan directa a nuestro carisma.

P. Rodolfo Robert Sch. P.

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica (1961) es Religioso Escolapio de la Provincia Centroamérica-Caribe. Se ha desempeñado en la Escuela Pía como educador, formador, Superior Mayor y Delegado General para el Ministerio. Actualmente sirve a la misión en La Romana, República Dominicana.

Memorial al Cardenal Tonti (V)

Memorial al Cardenal Tonti (V)

“Ministerio en verdad muy digno, muy noble, MUY MERITORIO, muy beneficioso, muy útil, muy necesario, muy enraizado en nuestra naturaleza, muy conforme a razón, muy de agradecer, muy agradable y muy glorioso.” (MCT)

“Muy meritorio, por establecer y poner en práctica con plenitud de cari­dad en la Iglesia, un remedio preventivo y curativo del mal, inductor e iluminador para el bien, destinado a todos los muchachos de cualquier condición -y, por tanto, a todos los hombres, que pasan primero por esa edad- mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y maneras, la luz de Dios y del mundo…” (MCT)

Meritorio es que merece reconocimiento. Y lo que es digno de reconocerse socialmente es porque aporta un bien, una utilidad y un beneficio al conjunto de una sociedad. La educación de los pobres es meritoria, y lo es por los motivos que Calasanz indica como efectos de un proceso que también señala. En el fondo, está evidenciando la causa y el efecto de la educación, y con ello, el camino (la metodología) para llegar al propósito final de la misma.

  1. Remedio preventivo y curativo del mal.

Posiblemente de las primeras veces que alguien habla del que luego se conocería como método educativo preventivo (y se lo atribuyen a san Juan Bosco dos siglos después). No pensar en el mal a curar sino en la evitación del mismo es una de las finalidades de la educación calasancia. En un momento que en las sociedades vemos las consecuencias de la avaricia, el egoísmo, la vanidad, la manipulación ideológica… tenemos en nuestras manos la posibilidad de ‘prevenir’. La educación no observa la realidad actual para sanar el mal, sino para aprender a prevenirlo en la siguiente generación. Es este un principio que debería primar en las leyes de educación: la sociedad que deseamos y no la prevalencia con parches y retoques de la actual. En el fondo, no habrá transformación si no hay prevención.

Cuando hay tantos intereses que mantener, se desea controlar la educación, pues puede prevenir (y por tanto transformar) o puede consolidar el statu quo. Lo estamos viendo estos días (y se propagará más), tras unos sistemas educativos centrados en lo instrumental, lo afectivo, lo lúdico, lo técnico y lo productivo, hemos generado unas generaciones frágiles, incapaces de saber esperar para alcanzar metas, insuficientemente preparadas para el esfuerzo y la creatividad ante lo adverso, con una mirada centrada en el consumo y la adquisición al precio que sea, y desmemoriadas de su historia, de las luchas y sufrimientos de sus antepasados para llegar a sociedades democráticas e igualitarias. Estas generaciones centradas en el producto y no en el sujeto, inflan lo competencial (la capacidad de hacer) y no tanto el propio sujeto, la persona, que es donde nace la verdadera prevención. Uno puedo prevenir lo que conoce, por propia experiencia o por la experiencia de otro. Pero se nos ha educado sin raíces, como dueños no como administradores, de manera que nos sentimos llenos de derechos y faltos de obligaciones. Valores como la discreción, la verdad, el pudor, la urbanidad, la humildad, la paciencia, el agradecimiento, el esfuerzo, la fortaleza (o resiliencia),el perdón… han sido relegados al ámbito de lo religioso y lo privado, emparejándolos con la fragilidad y la inutilidad, en el fondo, con la no productividad.

La historia ya no hace falta memorizarla y si se hace, se reduce a los acontecimientos tribales y locales, sufriendo una fragmentación tal que ya no hay visiones globales sino particulares y localistas que no permiten ver más allá de mi propio ombligo histórico; la filosofía no hace falta estudiarla porque bajo el aforismo ‘hay que enseñar a pensar’, omitimos los logros y avances de nuestros pensadores pasados para educar a pensar lo que queremos que se piense, lo que se ha llamado el pensamiento único. Y para justificar la ausencia de estos saberes humanísticos, han aparecido en la escuela una enorme cantidad de aprendizajes bastardos y ajenos a la escuela para desfigurarla y vaciarla de su propio contenido. ¿Podemos decir mirando los últimos 30 años que con la educación que estamos desarrollando estamos previniendo el mal social y curando las heridas pasadas del odio racial, la xenofobia, la discriminación sexual, protección del medio ambiente, desigualdad de oportunidades o la cultura de la deshonestidad y la corrupción? Porque si no podemos, nuestro sistema educativo está podrido, viciado y rancio. Con nuestro santo viejo, o la educación previene y cura el mal o no estamos educando bien.

  1. Inductor e iluminador para el bien.

¿Cabe una definición más hermosa del hecho de educar? ‘In-ducir’ es hacer que una persona tienda a algo que yo quiero, pues nos guste o no, toda educación es una manera de manipulación, pero ese no es el problema (en todo caso el problema es no reconocerlo), sino para qué y para quién manipulo, educo. Por eso se hace tan importante lo que en algunas tradiciones orientales llaman ‘la iluminación’ que es ese estado en el que uno se encuentra con lo bueno, bello y verdadero, lo saborea y suscita en él el deseo de adquirirlo, de vivirlo. Sin pretender que Calasanz pensara en estas categorías, sí vislumbró la necesidad de ‘iluminar’ pues solo necesita ser iluminado lo que está a oscuras, lo que no se ve o se percibe con dificultad. La educación para Calasanz debe ‘iluminar para el bien’, debe ayudar a crear los resortes vitales necesarios para percibir y descubrir lo bueno, lo bello y lo verdadero en la vida. ¿Qué bien percibe hoy un adolescente? ¿O qué belleza y verdad? El dinero, el poder, la fama, el éxito, el placer sexual (¡como si no existiesen más fuentes de placer!)… Si eso es lo que perciben, esa es la luz que les ha aportado su educación. No vayamos descargando responsabilidades a la familia, la sociedad, el ambiente. Cuando se ilumina la verdad, la bondad y la belleza (que es un proceso que necesita ser educado), el hombre desea vivir por ellas. De nuevo hemos de preguntarnos qué iluminamos con nuestras materias, con nuestras propuestas educativas, con las actividades que proponemos, con la manera de valorar y evaluar los aprendizajes. ¿Estamos induciendo e iluminando para el bien?

  1. Destinado a todos.

Hoy parece una perogrullada, pero hace cuatro siglos era un atrevimiento: pensar que la educación era un derecho universal. Y viendo la situación que estamos viviendo estos días uno diría que no es tan de Perogrullo. Millones de estudiantes que han podido continuar sus estudios en algunas partes del mundo sin salir de casa, escuchando y viendo sus maestros, realizando sus tareas y siendo valoradas al instante. Mientras, otros, desplazándose kilómetros para captar las ondas de una radio para escuchar, o esperando con paciencia a que su celular descargue un archivo en whatsapp o que su vecino le pueda llevar la tarea que enviaron por alguna red social. ¿Universal? Ciertamente, en Calasanz, se percibe un romanticismo educativo, deseando más que constatando, que la educación y las condiciones que la posibilitan, son un bien de primera necesidad.

Y todo esto tan meritorio, ¿cómo? Y aquí radica una de las intuiciones más delicadas y de más calado de san José de Calasanz: “mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y maneras, la luz de Dios y del mundo”. Piedad y Letras, lo resumió para su Orden. No son suficientes los saberes humanos, pues eso por sí solo hincha y ensoberbece al hombre, es necesaria para un equilibrio y estabilidad desarrollar también el espíritu, la innata dimensión transcendente. El santo nunca utilizó las expresiones ‘educación integral’, ‘educación emocional’ o ‘inteligencias múltiples’, pero detrás de su pensamiento estaba que la persona para ser educada ha de serlo en su globalidad, si no, provoca monstruos. Y para aquellos tiempos el hombre era una unidad de cuerpo y alma, y por tanto, la educación debía hacerse cargo de todas sus dimensiones. Negar el desarrollo espiritual (aquello que va más allá de lo físico) en educación, es la nueva manera de manipular y aherrojar al ser humano a los límites de su biología castrando una parte sustancial de la existencia humana. Desarrollar esa dimensión con áreas como religión, tutoría o desarrollo personal no deberían estar cuestionadas en ningún sistema que se digne llamarse integral o global.

Y comenzaba Calasanz diciendo que esto se daba ‘por establecer y poner en práctica con plenitud de cari­dad en la Iglesia’. Como apéndice final, para tanto cantamañanas, soplagaitas y necios que andan sueltos por ahí negando la historia y rescribiéndola en tiras de papel higiénico, quizá les haga bien recordar (si algo vale para instruir a un necio convencido), que muchos de los derechos humanos, de la configuración de las sociedades libres y democráticas, de los avances en la igualdad y, sobre todo, del desarrollo de la educación para todos, se deben a personas como Calasanz que siendo Iglesia entregaron su vida para consolidar una realidad que hoy nos la hemos encontrado hecha. ¡Eso sí que es meritorio!

P. Carles Such Sch. P.

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.

Haciendo Balance

Haciendo Balance

Ahora que ya estamos finalizando el curso llegan desde todos los frentes diferentes evaluaciones que permiten valorar cómo ha ido el curso. Valoraciones de los diferentes departamentos, de las correspondientes asignaturas, de los cursos de formación y en definitiva de todo lo que se ha hecho o dejado de hacer.

No es ninguna de estas evaluaciones lo realmente importante. La evaluación más importante es la que surge en el corazón de uno mismo, ojalá que sea así, y le obliga a preguntarse si el curso ha ido bien, si ha cumplido su propósito, tanto desde el punto de vista del propio educador como desde el punto de vista del alumno.

Si de un educador no brota de forma espontánea este interrogante es que, o bien no está en el lugar adecuado, o bien su situación presente es tan desafortunada que le impide reaccionar de esta manera.

¿Y cómo hacer este balance? ¿Cómo mide uno este resultado? Nos podemos encontrar con diferentes métricas que al final subjetivan de forma global el resultado poniendo una marca positiva o negativa en el corazón del educador. Por ejemplo, para un educador el resultado global se puede medir en función de si se ha ganado o no el campeonato deportivo de turno. En otro caso puede ser suficiente con ver las medias académicas. En algún caso el peso se lo llevan las actuaciones musicales durante el curso o bien los proyectos realizados a lo largo del mismo. Es una forma de contestar a la pregunta ¿Con qué te quedas de todo este curso? Nos sorprenderán algunas respuestas, ya lo sabes.

No obstante, en un colegio escolapio la métrica debería ser diferente a las anteriores. Bastaría con mirar con los ojos de Calasanz y ver si se ha logrado que al menos uno de nuestros alumnos haya orientado mejor su vida, especialmente en dos vertientes: la piedad y las letras.

Es decir, algo tan fácil como ver si alguno de los alumnos ha comenzado a mirar a Dios de una manera diferente, como Padre, como amigo, pero, sobre todo, como Dios. Ser testigo de que ha crecido su amor a Dios y a sus compañeros desde la confianza de saberse amado sin límite por Jesús. Si sólo uno de los alumnos ha crecido espiritualmente, si su alma se ha ensanchado para acoger el don de Dios y seguirle, el curso ya ha merecido la pena, y saltan por los aires todas las métricas del mundo.

Si esto mismo ha ocurrido con un compañero, un docente, un educador que ha aprendido a mirar a Dios de forma tal que su mirada hacia los niños ha cambiado, viendo en ellos lo más precioso del mundo y aquellos pequeños por los que merece la pena darlo todo con un amor infatigable y sacrificado que sólo Dios puede nutrir, también habrá merecido la pena.

Estos son nuestros colegios. Alguno diréis: “¿Y cuándo vas a hablar de las Letras?” Me consta que no es tan urgente, pues en general lo hacemos bien, y para aquellos que académicamente se van quedando rezagados o por el camino, en la mayor parte de las ocasiones la causa de ello es la anterior. No descubrir y experimentar este amor lleva a cualquiera al poco amor a sí mismo y la falta de autoconfianza que deriva en respuestas poco constructivas.

Pedro Jara

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)

Abrazar y soltar la historia

Abrazar y soltar la historia

Quizás sea el pasar del tiempo, las etapas de vida cruzadas, la escucha de las preocupaciones y liberaciones de quienes van pasos adelante, pero he caído en cuenta de la importancia de reconocer los procesos que confluyen para que el hoy sea tan maravilloso o no como se nos presenta.

Lo que fueron propuestas y articulaciones sociales y educativas en el pasado, hoy pueden ser vistas en lo cotidiano como naturales pero desposeídas del motivo por el cual surgieron y nacieron. La vida dada por los que nos precedieron se pueden mantener en el recuerdo, pero no necesariamente en las prácticas nacidas por la conciencia del para qué nacieron y en qué contexto lo hicieron.

Esas propuestas innovadoras, por sencillas que hayan sido, no necesariamente hoy son vigentes en su forma, pero quizás sí en el espíritu que las hizo emerger. Así, frente a la vorágine de propuestas educativas, en cualquier ámbito curricular o no, importadas de otros contextos espaciales o temporales pueden no ser buena noticia por ignorar el espíritu que les llevó a formarse. Quizás nos quedamos más en las formas, en la fidelidad a metodologías y técnicas, pero vacías del sentido que pretendían los fundadores, por lo que los frutos obtenidos de las mismas van distanciándose de su origen novedoso.

Los expertos en lo técnico, en lo práctico, por la pericia con la que han desarrollado las experiencias educativas, corren el riesgo de perder el sentido y el motivo por los que nace una innovación.

Por ello, me quedo pensando que no todo lo que se nos presenta como nuevo lo es, ni todo lo que consideramos obsoleto es digno de ser olvidado. ¿Quién puede decir hoy que no extraña el encuentro personal con otros sin mediación tecnológica? ¿Quién no extraña el estar gustando el presente y no estar únicamente enfocado en la actividad siguiente?

Mucho podemos aprender de la historia: aquello que hizo surgir y el proceso que llevó a emerger algo que se presentó como buena noticia, para dejarse abrazar por ella y así, aprender lo relevante de la estrategia que permita hacer nacer otra enraizada en nuestro tiempo.

Definitivo es escuchar a los niños y jóvenes, a pobres y vulnerables, con menos recursos, que nos hacen volver a la fuente de la educación calasancia y cristiana: la encarnación en lo sencillo de la más grande noticia.

Dios quiere nacer en cada uno de nosotros no importando el origen ni la trayectoria de vida. Él quiere estar cercano y encontrarse con cada uno según su modo y capacidad, para que podamos descubrir desde nuestro interior toda la herencia que nos dejó y disponerlo todo a desarrollar nuestro mejor modo de ser estando con Él.

Esto nos lleva a los educadores a contemplar la acción del Espíritu en cada niño y joven para potenciar experiencias que detonen este movimiento aspiracional a ser verdaderas personas y verdaderos hijos de Dios, manifestando en nuestras obras el gran amor que nos ha abrazado y nos ha enviado a servir con alegría a los que buscan su rostro.

Jorge Campa Pérez

JORGE CAMPA PÉREZ

JORGE CAMPA PÉREZ

Laico

Mexicano, colaborador de la Universidad Cristóbal Colón y del Centro Social Calasanz Veracruz. Pertenece a la fraternidad de las Escuelas Pías de México.

El valor de la gratuidad

El valor de la gratuidad

Nuestra sociedad es calificada como sociedad de consumo, de clases, de la información, del conocimiento, del bienestar, de los derechos… Ojalá fuera la sociedad de la gratuidad y no del comercio, del agradecimiento y no de la queja, del dar sin esperar nada a cambio y no de la conveniencia, de la sabiduría y no de la acumulación de títulos, del maravillarnos por los regalos que recibimos en la vida y las personas que nos rodean, de la felicidad por las cosas pequeñas y no de las ansias infinitas de querer más, de sentir cerca al Padre Dios que nos ama y no en creernos dioses.

Los educadores hemos de tener muy claro qué vamos a ofrecer a nuestros niños, niñas, adolescentes, jóvenes, familias.

Podemos orientarles a ser más eficientes, informados, exigentes consigo mismo y los demás… y no está mal: eso les va a dar más posibilidades. Podemos hacerles crecer en conocimientos, en expectativas de futuro, en sueños para sí mismos y los suyos… y eso es bueno porque les hace avanzar. Podemos desarrollar su inteligencia, el control de sus emociones, las diversas habilidades, los rasgos de su carácter, su sociabilidad… y eso les abrirá un mundo de posibilidades.

Pero si queremos que sean felices, que sean constructores de un mundo mejor para toda la humanidad, que valoren cada segundo de su vida, hemos de enseñarles a descubrir la gratuidad. La gratuidad de una vida regalada con todo lo que conlleva: una mente para entender, un corazón para sentir, unas manos para hacer, unos pies para movernos, unos ojos para maravillarnos, un cuerpo para ser nosotros mismos… y, sobre todo, unas personas para querer y ser querido, una naturaleza para vivir en sintonía y cuidar.

Para ello hemos de educar desde y en la gratuidad. Lo más importante es gratis, es regalo. Está bien tener derechos, pero es mucho mejor ser un regalo para los demás, vivir todo como un regalo. El descubrimiento del don de lo que nos rodea, el ser voluntario, el compartir, el dar sin esperar… es el camino de vida plena. El encontrarse con el Dios amor que se da gratis nos muestra que la gratuidad es el camino de vida plena que nos muestra Jesucristo (Mt 10, 8).

P. Javier Aguirregabiria Aguirre Sch. P.

JAVIER AGUIRREGABIRIA AGUIRRE

JAVIER AGUIRREGABIRIA AGUIRRE

Escolapio

Escolapio, religioso, sacerdote, educador, amigo de Jesús, enamorado de la misión escolapia, apasionado por la Fraternidad y el laicado. Ejerce actualmente como Provincial de Brasil – Bolivia y Presidente de la Red Itaka – Escolapios.