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Maestro en la constancia

Maestro en la constancia

“Solo la perseverancia hasta el final merece la corona”  (San José de Calasanz)

San José de Calasanz no es un teórico de la educación o un filósofo de la vida, es un hombre de su tiempo con una mirada audaz que le permitió percibir realidades que ante otros muchos pasaban desapercibidas.

Esto nos indica que cuando Calasanz hace una afirmación no es una sentencia sapiencial fruto de una reflexión cuanto una constatación de la vida. Hoy, esta frase que nos acompaña, es el resumen de su vida, por eso comenzamos por ella, porque ha experimentado que solo la perseverancia en lo que se cree y por lo que se vive permite ver el fruto, aunque este sea invisible o no se dé en el momento que uno espera o desea, ahí está la perseverancia hasta el final.

Gracias, Calasanz, por ser un maestro en la constancia y mostrarnos que, también en tiempos de pandemia, solo la perseverancia hasta el final merece la corona.

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.

Mi aplauso del año

Mi aplauso del año

Es final de trimestre (o de curso, según calendarios escolares). ¡Por fin hemos llegado! Lo que parecía increíble en septiembre lo hemos hecho posible: abrir las puertas de los colegios, recibir a niños y jóvenes y dar clase todos los días. ¿Quién nos lo iba a decir a los docentes, cuando durante el verano nos daba vértigo pensar cómo podríamos llevar a cabo nuestro trabajo el próximo curso? Pues sí: LO HEMOS CONSEGUIDO.

Hemos sobrevivido a las nuevas rutinas imprescindibles en las escuelas: mascarilla 24/7, distancia 1.5m, ventilación constante (haga frío o calor; nos aclimatamos a lo que sea), micrófono incorporado, termómetro siempre a mano, desinfección de mesas cada cambio de clase y litros diarios de gel hidroalcohólico. Hemos incorporado nuevas condiciones para estar en nuestro puesto de trabajo, totalmente opuestas a las que acostumbrábamos a tener: mejor lejos que cerca, mejor reunirnos a través de la pantalla que en persona, mejor no comer juntos, mejor no compartir material ni espacio. Hemos desarrollado nuevas estrategias que parecían de película de ciencia ficción en un cole: inventar juegos y actividades grupales sin que nadie se mueva del sitio, dar clase simultáneamente a los del aula y a los de casa, aprender los nombres de nuestros alumnos reconociendo solo miradas y cumplir a rajatabla tanto protocolos sanitarios como programaciones didácticas. Todo hecho con diligencia y sin poner en duda la validez o no de las medidas que, por decreto ley, se tienen que cumplir.

También hemos sobrevivido a la incertidumbre inicial, al cambio de directrices y a la actualización de protocolos. Nos hemos habituado -como si lo normal fuera trabajar así- a los nervios y tensión constante desde el primer timbre hasta la hora de salida; al sobreesfuerzo en cada sesión por levantar más la voz y agudizar más el oído, por atender a los de casa y a los de clase intentando cumplir toda la programación como si fuera un curso normal. Estamos acostumbrados al estrés que supone la caída de la wifi y, por consiguiente, a no poder seguir con la clase tal y como la teníamos preparada. También a la tristeza y el enfado que supone recibir algunos mensajes de familias que juzgan nuestro trabajo, sin conocimiento de causa. Y, además, hemos aprendido a convivir con el miedo que produce la noticia de un nuevo positivo o confinamiento en el aula donde damos clase. Porque el grupo de mayor riesgo en un colegio -no lo olvidemos- somos los profesores.

Pero, por si esto no es suficiente, hemos logrado integrarlo todo transmitiendo la mayor serenidad y normalidad posible, siendo cercanos sin poder acercarnos unos a otros, con la certeza y la responsabilidad de saber que nuestro trabajo resulta indispensable para nuestros alumnos y familias, aprendiendo y enseñando a cuidarnos. También nos hemos especializado en ser agentes de esperanza, con nuestro ejemplo constante y nuestra valentía diaria. Y, algunos, intentamos sembrar alegría con nuestra oración compartida con los niños y jóvenes cada mañana y con nuestra confianza puesta en Dios, como nos enseña Calasanz.

Por todo esto me alegra ver estos días en las redes sociales y recibir cadenas de mensajes de whatsapp agradeciendo la labor de los docentes. Aunque no nos lo den, nos merecemos uno de los aplausos de 2020.

MARÍA MUÑOZ

MARÍA MUÑOZ

Educadora

Profesora de lengua castellana y valenciano en Secundaria y Directora General del colegio San José de Calasanz de Valencia (España). Casada y madre de dos hijos, pertenece a la Fraternidad de la provincia Betania.

Educar para que no se tornen otros

Educar para que no se tornen otros

El desafío de la inculturación y la interculturalidad en la educación sigue vigente, especialmente para nosotros escolapios.

«También he pensado que sería bueno aprender a leer, porque leyendo acaso lograríamos a descubrir el secreto de su fuerza; pero algún veneno horrible han de tener las letras, porque cuantos las conocen de nuestra casta se tornan otros, niegan hasta de su origen y llegan a servirse de su saber para explotarnos también». Palabras finales del jilakata (autoridad aymara) Choquehuanka al ver la opresión eterna de su pueblo a mano de blancos y criollos (Alcides Arguedas, Raza de bronce; Bolivia, 1919).

La ley de educación boliviana tiene como bases, entre otras, ser descolonizadora, liberadora… orientada a la reafirmación cultural de las naciones y pueblos originarios. Quiero partir de aquí para reflexionar brevemente sobre un tema polémico que nos atañe como escolapios, especialmente a quienes desarrollamos nuestro ministerio en contextos culturales indígenas.

Por mucho tiempo y en la mayor parte de nuestros países latinoamericanos, la educación de los pueblos indígenas, campesinos, afrodescendientes, etc. era sinónimo de transculturación. Desconociendo las raíces culturales y espirituales de estos pueblos, personas “civilizadas” normalmente venidas de fuera, se atribuían el derecho y el deber de sacar a estos individuos de sus pozos de subdesarrollo para llevarlos, por medio de la educación, al supuesto bienestar de la modernidad. Y no hablo de épocas coloniales, sino de posturas personales e institucionales de ignorancia, de desconocimiento y falta de interés por el sustrato cultural y espiritual de los pueblos con los que convivimos y a quienes educamos. Tampoco me refiero a una visión “turística” de la realidad, como bien cuestiona Eduardo Galeano: “Los nadies… que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore…”.

Educar es sacar lo mejor de cada persona y, por lo tanto, también de cada pueblo, sin que deban renunciar a sus raíces, a su identidad, a su modo de vida y su comprensión del mundo. Educando nos educamos, aprendemos otras perspectivas, otras visiones sobre la vida y el universo, otros lenguajes y expresiones para la relación con Dios.

Toda la humanidad se encuentra en peregrinación, en busca de un futuro mejor para todas las personas y todas las generaciones. Los pueblos indígenas tienen sus propios recorridos ya comprobados, sus mapas y su brújula lista para esta aventura. No existe un mapa único y ninguna cultura puede atribuirse esta pretensión. Cada vez más, la civilización occidental mira hacia los rincones del mundo en busca de referencias perdidas, de valores y estilos de vida desechados en nombre del desarrollo económico y tecnológico. Frente a un modelo de desarrollo depredador, basado en el consumo desmedido y generador de desigualdades, los pueblos indígenas levantan la bandera de la sobriedad como estilo de vida, de la sostenibilidad, de la comunitariedad.

Una educación que no reconozca y potencie estas raíces culturales, espirituales, comunitarias, solo servirá para la construcción de un mundo cada vez más masificado y sin identidad, al servicio de quienes lucran con el negocio de la homogeneidad.

Considero un bonito desafío, tan complejo como necesario, educar desde lo mejor de cada pueblo, no para que “se tornen otros”, sino para que aprendamos, juntos, a vivir de otra forma, a construir nuevos mapas que nos lleven a un mejor futuro, en el que se garantice la justicia social, el respeto a la dignidad de todas las personas, el cuidado de la casa común y la convivencia pacífica y fraterna de todos los pueblos. ¿No se parece a eso el Reino de Dios?

Anzaldo (Bolivia) 14-12-20.

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio

Piedad y Letras, Belleza y bellezas

Piedad y Letras, Belleza y bellezas

Siempre ha sido y será necesario el recurso a la Belleza en la Educación, pero más si cabe en estos tiempos que corren. Tiempos en los que parece que los alumnos han quedado amortiguados, aletargados, pausados en el aula debido a la actual situación de pandemia, y especialmente debido a las mascarillas y a la distancia de seguridad.

Es éste el modo más eficaz y duradero de activar a los alumnos, de motivarlos y producir en ellos encuentros significativos que transformen su vida. Debemos aprovechar el aula o el lugar de aprendizaje para provocar en los alumnos encuentros significativos. Estos encuentros pueden ser: del alumno consigo mismo, a través de la introspección y reflexión; del alumno con sus compañeros, fortaleciendo la amistad, la cooperación y la socialización; del alumno con el docente, como modelo que le impulsa hacia un futuro ya imaginado; del alumno con el propio conocimiento, lo cual es todo un descubrimiento y entrada en un infinito de posibilidades; y del alumno con Dios, encuentro privilegiado del que el alumno se verá necesitado durante toda su vida.

Para todo lo anterior, con el fin de que esta significatividad se produzca, es necesario tan sólo una cosa: transmitir la belleza que está detrás de todo lo creado. La belleza que existe en el conocimiento y que provoca al alumno, que le hace sorprenderse y admirar ante la provocación que supone todo lo bello. La belleza cautiva, rapta los sentidos y la inteligencia y las lleva a lugares donde siempre quisieron estar y nunca imaginaron.

La belleza activa todos los recursos sensibles e intelectivos, pone el vello en guardia y es capaz de hacer brotar ilusión de los lagrimales más estériles. La belleza mueve el corazón, y es ésta la verdadera y encarnada motivación.

En estos tiempos que corren hemos de descorrer velos, y poner el máximo ahínco en reflexionar, primero nosotros los docentes sobre nuestra propia vocación, la primera llamada, para así redescubrir la belleza de lo que enseñamos. A partir de ahí, del propio enamoramiento estaremos preparados para transmitir a nuestros alumnos la belleza que rodea todo lo creado, la belleza que empapa al conocimiento, la ciencia, la cultura, la amistad, los compañeros, el hombre, y en definitiva la belleza que emana de Dios, como Belleza en sí misma y origen de cualquier belleza.

Sin duda Calasanz podría decir que Piedad y Letras se puede traducir como Belleza y bellezas.

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)

Piedad, Letras… y más

Piedad, Letras… y más

El P. Gianbattista Monti (1832-1889), de Nápoles, inventa el dirigible, pero el P. General Calasanz Casanovas le dice que no puede volar.

Los escolapios han oído hablar sin duda del P. Eugenio Barsanti (1821-1864), toscano, inventor del motor a explosión. Cuando fue a presentarlo a Bélgica enfermó de una extraña enfermedad y murió a los pocos días. Su familia siempre pensó que había sido envenenado. El caso es que poco tiempo después los alemanes Daimler y Benz presentaron la patente de un vehículo que se movía por sí mismo, automóvil, con un motor muy similar al que había inventado nuestro P. Barsanti…  a quien Italia considera un hijo ilustre y gran inventor.

Menos conocida es la historia del P. Gianbattista Monti, que en 1868 proponía al P. General la construcción de un dirigible experimental (los primeros dirigibles comenzaron a funcionar hacia 1900). No solo necesitaba su permiso; necesitaba también dinero para construir un modelo en tamaño real, pues el prototipo experimental, pequeño, funcionaba. Una vez demostrada su utilidad, la Orden podría ganar mucho dinero (esa era la intención también del P. Barsanti). Pero el P. General, tras consultar a un famoso físico escolapio, el P. Chelini, que enseñaba en la Universidad de Roma, le dijo que “no perdiera tiempo y esfuerzos en un problema irrealizable”. Tras intercambiar varias cartas, al fin el P. Monti le respondió en 1869:

“Veneradísimo P. General, yo siento por Usted un gran aprecio, profundo y desinteresado: siento veneración por Usted. V.P. me dice que mi invento no funcionará, y yo recibo su palabra como un oráculo. Sin embargo, mi pensamiento me dice que llegará un tiempo en que mis ideas serán puestas en práctica, y mi ingenio se moverá con dirección determinada. Es tal la ligereza de todo el sistema rígido que he inventado, es tal la velocidad de mi hélice, que el hecho no podrá dejar de corresponder a mis expectativas. Lo cierto es que todos han aprobado la cosa, y me están animando”.

 Y se olvidó del asunto. Y los escolapios italianos siguieron siendo pobres, como quería Calasanz. Pero al menos algunos lo intentaron, y demostraron que, además de la piedad y las letras, se podía avanzar también en las ciencias, y en sus aplicaciones prácticas.

JOSE PASCUAL BURGUÉS

JOSE PASCUAL BURGUÉS

Escolapio

Escolapio desde que en 1977 hizo su primera profesión en Peralta de la Sal, España, cuna de nuestro Fundador Calasanz. Después de haber trabajado en varios países, en la actualidad es el Archivero General de la Orden en la casa de San Pantaleo, Roma, y se dedica a dar a conocer la historia de las Escuelas Pías.
De sentido común

De sentido común

​El sentido común me dice que la identidad de una persona, una institución, una idea, una nación… no se puede entender en “oposición a…” otra sino “en relación a…” Por ejemplo, la identidad masculina se entiende como complementa a la femenina, la “maternidad” con la “filiación”, la luz con la oscuridad, las izquierdas con las derechas y así, con todo.

Heráclito reflexiona explícitamente sobre la identidad de los opuestos: Aunque diferentes y opuestos en su diversidad y oposición, todo lo que existe, tomado absolutamente, es idéntico a los demás. No hay identidad pura, sino en relación.

En la tradición filosófica oriental también aparece una reflexión parecida. “Yin yang” es un principio filosófico y religioso que explica la existencia de dos fuerzas opuestas pero complementarias que son esenciales en el universo. El “yin” está asociado a lo femenino, la oscuridad, la pasividad y la tierra; y el “yang” vinculado a lo masculino, la luz, lo activo y el cielo. Según esta filosofía, ambos dinamismos son necesarios para mantener el equilibrio universal.

En definitiva, toda identidad está asociada al equilibrio entre dinamismos que parecen opuestos y enfrentados, pero que en realidad son complementarios y necesarios.

Este principio de metafísica elemental se puede aplicar a muchas realidades. En este artículo, lo aplicaré a los diferentes modelos educativos que pueden darse en un país y su necesaria complementariedad para que toda la sociedad salga beneficiada.

En la última ley educativa (Lomloe) que se está debatiendo en España estos días (Lomloe) se dice que la Escuela Pública es el eje que vertebra el sistema educativo dejando a la Escuela Concertada como subsidiaria. Con este planteamiento, El Estado se constituye en el garante único del derecho a la educación con la mal llamada “escuela pública” –yo la llamaría estatal-. Los otros modelos (concertada, privada) quedan supeditados a la “publica”.

Hay muchas voces que dicen: “Si los padres quieren escuela católica (o de otra naturaleza), que se la paguen aparte”. También dicen: “Los de la escuela concertada se aprovechan de los recursos del Estado para adoctrinar, para hacer su negocio privado”. Está bien, quizá haya escuelas concertadas que “laven el cerebro” de los niños y que estén montadas como negocio; pero son la excepción. No se puede legislar con excepciones.

La garante del derecho a la educación es la sociedad civil (la tribu) en su conjunto (iglesia, empresas, gremios, sindicatos, asociaciones…) de la que los padres son los primeros responsables. La sociedad confía en una estructura administrativa (Estado) para que gestione del mejor modo el acceso a la escuela de todos, siempre escuchando la voz de los padres.

Todos tienen derecho a que la educación básica sea gratuita, ya sea de iniciativa estatal o privada. El Estado tiene la obligación de construir una buena red de escuelas y ponerlas al servicio de la comunidad; pero si hay escuelas de titularidad privada que tengan vocación pública, debe recibir subvención del Estado siempre y cuando esté garantizado el principio de gratuidad y exista la demanda en las familias.

La Escuela Concertada no es subsidiaria sino complementaria a las gestionadas directamente por la administración pública (Escuelas Estatales). Es complementaria porque también ejerce una función pública; es decir, garantiza el derecho a la educación de los que optan por un proyecto educativo determinado y aceptado libremente por los padres.

En el siglo XVII, cuando la estructura del Estado era muy débil y la sociedad no tenía conciencia que la educación es un derecho de los niños, José de Calasanz abrió escuelas gratuitas para todos (públicas) y solicitó sin complejos la ayuda de administraciones públicas e iniciativas privadas. Más tarde, le siguieron en Francia los hermanos de La Salle y muchos otros hasta nuestros días.

Sólo bien entrado el siglo XIX los Estados tomaron conciencia de su responsabilidad, pero ya las escuelas de la Iglesia llevaban tiempo garantizando este derecho fundamental. Por eso, carece de sentido común que los Estados quiten esta función pública a la Iglesia cuando fue pionera en abrir escuelas populares.

La belleza aparece cuando hay armonía entre los colores y las formas. La sociedad no es monocromática, sino compleja y diversa. Hay diferentes cosmovisiones y antropologías; por tanto, es razonable, que existan diferentes proyectos educativos que coexistan en un proyecto común de sociedad que ilusione a todos.

Escuchemos a Heráclito. Busquemos la unidad en la diversidad y la complementariedad de los opuestos. Es de sentido común que trabajemos por un “Pacto por la Educación” en el que superemos las diferencias ideológicas y busquemos el bien de los niños. Ese es el camino.

 

 

JAVIER ALONSO

JAVIER ALONSO

Escolapio

Actualmente está destinado a la presencia de Carora (Venezuela) donde ejerce su misión como rector del colegio y párroco. Desde 2015 es el Delegado General para Ministerio escolapio y coordinador de la red de parroquias escolapias.