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Memorial al Cardenal Tonti (VI)

Memorial al Cardenal Tonti (VI)

“Ministerio en verdad muy digno, muy noble, muy meritorio, MUY BENEFICIOSO, MUY ÚTIL, muy necesario, muy enraizado en nuestra naturaleza, muy conforme a razón, muy de agradecer, muy agradable y muy glorioso.” (MCT)

“Muy beneficioso, por ayudar a todos en todo: sin ninguna acepción de personas y, por tanto, suministrando lo necesario y haciendo pedagogos de todos los niños, incluso acompañándolos hasta sus propias casas.

Muy útil, por los numerosos cambios de vida efectuados, como puede comprobarse con frecuencia entre los muchachos, tanto que no se reconocen según eran anteriormente.” (MCT)

Beneficio y utilidad.

En estas dos descripciones de los efectos del ministerio educativo aparece el Calasanz de la escuela. No el pedagogo de oficina, no el funcionario de educación, no el teórico e ilustrado. Aquí firma el santo con el sobrenombre de maestro.

La educación es una actividad casi espiritual como ya henos visto, pero encarnada, profundamente arraigada a la naturaleza humana (como veremos más adelante), y por ello, todo lo humano conlleva implicaciones para la persona, sean del signo que sean; si es positivo hablamos de beneficios y si es negativo de perjuicios. Pero, además, dado que la educación mira al desarrollo de la persona, esto es, tiene un propósito, un horizonte, hemos de constatar su utilidad o no. Esta mirada sobre la educación es tremendamente moderna, pero con una peculiaridad que supera la actualidad: la utilidad no está en los procesos instrumentales (contenidos, saberes, aprendizajes) sino en el logro de la finalidad: transcurso feliz de la vida. Ahí hay que constatar la utilidad o no del ministerio educativo.  Examinémolos por partes, aunque sea brevemente.

La educación ayuda ‘a todos en todo’, y esto lo han sabido descubrir las sociedades modernas haciendo de la escuela el hipermercado de los aprendizajes vitales. Lo que antes se aprendía en casa, o con el grupo de iguales en el barrio o en el pueblo, o en la relación con las generaciones de mayores, o en la iglesia… ahora se vuelca en la escuela. En el siglo XVII, dado que los pobres no tenían esos ámbitos de aprendizaje enumerados, Calasanz vislumbra una escuela como la de hoy, pero con toda seguridad, hoy no la plantearía así, sino que despojaría a la escuela de aprendizajes propios de otros ámbitos empoderando a estos y dejando la escuela para integrar y manejar lo anterior. Ese ‘abandono’ tácito o explícito que se hace de la educación de los hijos (por parte de los padres) y de los ciudadanos (por parte de los estados) han convertido la escuela, con perdón, en el vertedero de todos los saberes, aprendizajes y enseñanzas que se considera debe adquirir una persona, imposibilitando que la escuela desarrolle con calidad y efectividad los dones y talentos intelectuales y emocionales de los estudiantes. Tener que hacer educación vial, nutrición, primeros auxilios, comportamientos democráticos, tratar la igualdad, el buen trato, la higiene personal, el cuidado del cuerpo, la prevención de las dependencias y el maltrato, el respeto a las propias tradiciones, el amor a la patria, la buena utilización de las redes sociales, el uso del tiempo libre y la cantidad de hidratos de carbono que debo consumir diariamente… hacen muy compleja la labor de un maestro que, además, es evaluado no por todo lo anterior, sino por un currículo en el que debe desarrollar su materia y sus enseñanzas concretas.

Calasanz asume todo esto por imposibilidad real, incluso, como él mismo expresa, haciéndose guías de los niños (pedagogos) acompañándolos a sus casas para que no perdieran en la calle lo que habían adquirido en la escuela. Pero hoy tenemos otros medios para despojar a la escuela de tantas adherencias que son propias de otros estamentos y posibilitar en ella procesos que ayuden a hacer crecer en los niños y adolescentes todas sus capacidades. Hoy, además, el beneficio no se da en acompañar a los estudiantes a sus casas sino en acompañarlos personalmente en su trayectoria vital.

Y la utilidad.

¿En qué pensamos cuando hablamos de una educación útil o de la utilidad de la educación? Seguramente nos viene a la cabeza que nuestros alumnos sean útiles a la sociedad, o que puedan estudiar algo útil para ganarse la vida, o quizá que lo aprendido sea útil para el futuro familiar o laboral. Utilidad como gravamen de lo recibido en mi educación, como una tasa que he de pagar en el futuro, como expresa su etimología, la capacidad de ser usado. Y, sin embargo, llega este santo viejo que se hizo maestro cuando llegaba casi a su jubilación (actual) y apunta al centro de la finalidad de la educación: el cambio de vida, la conversión, humana y religiosa. Un buen proceso educativo ‘convierte’ a la persona, la rehace, la reconfigura, sería como un nuevo nacimiento. Para Calasanz el ministerio educativo es como un buen proceso de iniciación cristiana que concluye con la verificación del cambio de vida y la recepción del bautismo. Hacerse hombre, hacerse mujer, hacerse ciudadano, hacerse cristiano. Y llegados aquí es obligada la pregunta: ¿qué cambios significativos de vida descubrimos en nuestros alumnos? En ocasiones, cuando vamos por la vida y nos regala el encuentro con aquel estudiante díscolo e impertinente que cruza la calle para saludarte y con educación y respeto reverente alude a la paciencia que se tuvo con él y nos cuenta el cambio de su vida, nos llenamos de satisfacción y gozo. Eso es utilidad verificada. Pero desgraciadamente, también nos encontramos con corruptos, ladrones, ambiciosos o simplemente aquellos que no supieron ni pudieron cambiar el signo de una vida miserable transmitida, que formaron parte de nuestras aulas y que siguieron nuestros procesos. ‘Cambios de vida’, he ahí un propósito educativo para pegar en nuestras pizarras al comenzar nuestra clase cada día. En educación, para Calasanz, la utilidad es descubrir el secreto de mi vida, para qué he sido creado y tirar adelante con ello, mi propia vocación. Nada más útil que descubrir para qué he sido creado. Eso, me cambia la vida.

P. Carles Such Sch. P.

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.

Juvenicidio: Desafío para volver a lo esencial

Juvenicidio: Desafío para volver a lo esencial

​Durante los últimos tiempos la Orden ha realizado un esfuerzo extraordinario de expansión, que no siempre ha sido bien comprendido en su total significado. Si en algún terreno ha sido audaz nuestro Padre General, Pedro Aguado, ha sido precisamente en este campo. Y no dudo que ha debido enfrentar las críticas de que somos pocos, de que no llegamos a más. Esto siempre ha sido así, desde la época de Calasanz. Los números nunca cuadran, tampoco las condiciones y planes iniciales. Lo interesante es el impulso y deseo por ir más allá: a la orilla periférica y a otras culturas que no reflejan al Occidente dominante. Se trata de una visión macro que comparto plenamente, porque nos recuerda el valor de la mirada larga.

Cuando los escolapios buscamos expandirnos lo hacemos convencidos de que nuestro carisma, operante en la misión, aporta caminos y alternativas de mejora para la niñez y juventud de cualquier lugar y cultura. Al leer el Memorial Tonti y contrastarlo con otras fuentes, me convenzo que la gran novedad de Calasanz no estaba en considerar este carisma como deseado por Dios o de derecho natural. Ni siquiera la unidad de Piedad y Letras es tan original, como el de llevar su proyecto y acción salvífica a todas las personas sin excepción. La novedad de que la ciudadanía es un derecho de todos sin importar su origen es extraordinaria. Concluir que la buena educación es un derecho para los más pobres, es el camino para romper una sociedad rígida y estamentaria creando ciudadanos que aspiren por ellos mismos a una vida buena y digna, impulsando, a su vez, espacios de reforma social bajo esas mismas claves. ¡Ese es el gran aporte de Calasanz! De ahí su defensa radical por dar estabilidad al carisma y a sus instituciones; su insistencia de no excluir y su convicción por ir siempre más lejos, llevando esa intuición divina a todos los lugares, especialmente pequeños.

La expansión de la Orden nos recuerda que los procesos micros de calidad son importantes, pero hay mucha gente e instituciones que los hacen, impulsados por lo más novedoso de la pedagogía, la administración y los recursos pastorales más íntimos y cercanos. No es que eso me parezca mal. Me gusta y he participado de esos proyectos toda mi vida escolapia. Pero si quiero ser fiel en estos tiempos, debo dejar que me duelan de verdad las grandes exclusiones y violencias del mundo.

La llegada de las Escuelas Pías a lugares geográficos y sociológicos con graves desafíos en el tema primario y esencial de garantizar la vida misma, han de marcar nuestro ministerio y liberarlo de las ataduras casi microscópicas con los que estamos concibiendo el acompañamiento pastoral y pedagógico. Debemos responder con valentía frente al hambre, la violencia que hace migrar o que termina matando; la carencia de oportunidades, el racismo y la explotación económica. La pandemia no traerá un aire de bien, como la gente que vimos al inicio cantando en los balcones de sus casas propias. La pandemia trae más hambre, contradicción y violencia. La pandemia expulsa millones de niños y jóvenes de la institución escolar; denigra oportunidades laborales y suscitará, sin la menor duda, nuevas formas de violencia económica y social. La muerte violenta de muchachos cercanos a nosotros se hace cada vez más evidente en las noticias de comunidades y obras… Y si el ruido de la muerte está tan cerca de instituciones hasta cierto punto seguras, ¿cómo será en los medios más expuestos y lejanos?

El juvenicidio, con la explotación y muerte de los jóvenes, es el gran anti-signo para los escolapios en estos tiempos. Frente a ello debemos reconvertir obras y proyectos en lugares teológicos, sociales y educativos que den auténtica protección y alternativas a los que están más expuestos. Tenemos que ver de nuevo la realidad que toca las puertas desde afuera y no quedarnos con la propia y umbilical, donde nuestro alcance se agota en mayores o menores competencias, celebraciones más o menos cuidadas o el cumplimiento de ordenanzas burocráticas. Nuestra misión no es aislarnos de la realidad cuanto usar todos nuestros medios para transformarla. La audacia de la expansión geográfica exige ahora la audacia de abrirnos a la reforma de la sociedad. ¡El tiempo pasa y la significatividad se estrecha! ¡Los tiempos capitulares son una gran oportunidad!

P. Rodolfo Robert Sch. P.

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica (1961) es Religioso Escolapio de la Provincia Centroamérica-Caribe. Se ha desempeñado en la Escuela Pía como educador, formador, Superior Mayor y Delegado General para el Ministerio. Actualmente sirve a la misión en La Romana, República Dominicana.

Anunciar el Evangelio

Anunciar el Evangelio

Para el anuncio creíble de la Buena Noticia, de la fe, debo vivir y confesar lo que proclamo. Todas las palabras que no son un ejemplo son mentiras. Si hemos de amar a las personas, a los niños, a quienes anunciamos el Evangelio, hay que amar a los niños. De lo contrario, somos como vallas publicitarias colgadas en algún lugar que hacen poco o nada: por ejemplo, «Jesús te ama». Sí, ¿y qué? No funciona sin una relación viva.

La fe no es un saber sino una relación. Si algo o una persona no significa nada para mí, me deja frío. Lo que me deja frío no me toca. Lo que no me toca, no lo puedo amar. Sin amor, no hay relación.

Así, los niños (adultos) sólo pueden experimentar la fe cuando se les da amor (con este amor originado en Dios, el abuso del niño es imposible).

«Amad a vuestros enemigos…, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan» – esto no tiene nada que ver con un mandamiento, ni siquiera con la caridad. Porque quien dice tales palabras ha experimentado la unidad con todos los seres, con todos los hombres.

Sabe que lo que hago a otro, me lo hago a mí mismo. Da su camisa, su abrigo, él mismo en el otro, en el vecino. Con este conocimiento, Jesús abraza también al adversario, al criminal, al canalla. Esto es cualquier cosa menos piedad sentimental, es el amor que proviene de la experiencia de la unidad, de la experiencia de que el otro no existe fuera de mí.

Hoy sabemos que la conciencia genera una energía que tiene un efecto en la materia. Las emociones y los pensamientos pueden materializarse. El odio y la agresión pueden enfermar a las personas y al medio ambiente. Los buenos deseos, el amor, la benevolencia crean campos, generan fuerzas ordenadoras, sanadoras.

La oración es eficaz. No porque haya uno entronizado en algún lugar allá arriba que me dé algo porque recé 3 Padres Nuestros, sino porque éste ha puesto todo en una ley natural en un nivel superior, que se llama amor. Dios mismo con su benevolencia está allí. El amor está ahí.

¡»AMOR» es el nombre más hermoso para Dios!

Así que los niños necesitan personas (padres…) que les quieran. Para la transmisión de la fe, necesitan cristianos que estén alegres en su fe y que puedan transmitir su alegría. Necesitan una educación religiosa que, partiendo de las realidades cotidianas de la vida, lleve a los niños a experimentar el cristianismo como algo digno de ser vivido, significativo y bello. ¡Y necesitan nuestro acompañamiento también y nuestra oración!

Un ejemplo de la vida cotidiana: la mesa alrededor de la cual se reúne la familia para comer juntos. Esta mesa se convierte en el signo de la comunidad (también de la comunión). Durante el día, todos los miembros de la familia están ocupados con sus obligaciones y tareas diarias. La comida común les une y provoca en ellos un sentimiento de pertenencia. Comer juntos en familia es un acto de amor fundamental, pero tristemente demasiado poco tomado en serio (también comemos el amor que la madre ha invertido en la cocina). Cuando una familia no come junta, se desmorona.

A partir de esta experiencia, podemos llamar la atención de los niños sobre la gran familia de Dios, la Iglesia, que durante la semana está comprometida en todas partes y allí donde cada uno se encuentra por sus compromisos: el mundo del trabajo, la escuela, etc. El domingo, sin embargo, Jesús pone su mesa para nosotros y nos invita a una comida (pan y vino, cuerpo entregado por nosotros – y sangre derramada por nosotros…). Esta comida, la Santa Misa, nos une a Jesús y a los demás, la gran familia mundial de Dios.

P. Pius Platz Sch. P.

PIUS PLATZ CAROL

PIUS PLATZ CAROL

Escolapio

Sacerdote escolapio. Nacido en Barcelona en el año 1935. Inició su vida religiosa en 1959 en la ciudad de Viena, Austria. Estudió la filosofía en la Universidad de Viena y la teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Se ha desempeñado como maestro de religión, vicario parroquial, párroco, rector tanto en la iglesia de María Treu como en la de Santa Tecla. Ha creado cursillos de meditación para niños, para padres de familia, preparación para los sacramentos, entre otros.
Juvenicidio: un grito al que hay que responder

Juvenicidio: un grito al que hay que responder

Cuando se necesita crear un término para describir una realidad, es porque esta alcanza un nivel notable de relevancia. De eso trata, por desgracia, el “juvenicidio”, definido por José Manuel Valenzuela, como “el conjunto de procesos radicales de precarización, vulnerabilidad, estigmatización, criminalización y muerte de la población joven”.

Desde cualquier mirada y en cualquier lugar del mundo, el drama es siempre el mismo: son predominantemente jóvenes los que llenan las noticias y estadísticas de exclusión y muerte.

Se trata de una franja de población específica profundamente castigada, sin canales eficaces de movilidad social y en evidente tensión estructural, donde sus integrantes más pobres se perciben como poco productivos, sin proyectos reales de preparación y socialmente “incómodos”. Eso los vuelve, no solamente prescindibles a nivel social, sino también sacrificables.

Sin la fuerza visible de otros colectivos más organizados, la juventud experimenta una auténtica amenaza que compromete sus derechos humanos básicos, comenzando con el de la misma vida. Su alto nivel de informalidad escolar y laboral y un mundo de horizontes restringidos hacen de esta población un sujeto colectivo en grave riesgo: altamente expuesto al trabajo de explotación, a la condición de no trabajar y tampoco estudiar (Ninis); a participar como víctimas-victimarios en diversos conflictos armados; unirse a la creciente población apátrida en procesos migratorios cada vez más desfavorables; a ser agentes activos y víctimas de redes criminales, particularmente de narcotráfico y trata; y hasta padecer hambre y muerte prematuras por falta de acceso a servicios sociales y de salud adecuados.

Una lectura de mirada estrecha del n° 2 de nuestras Constituciones, puede hacernos creer que la “liberación de la ignorancia y del pecado”, centrada en los niños y jóvenes como sujetos de esas carencias y no como víctimas sociales de ellas, no tiene que ver con los atropellos criminales que sufren los jóvenes más vulnerables. Quizás la larga reflexión sobre las “nuevas pobrezas” donde los escolapios poníamos especial atención a problemas educativos y emocionales nos hicieron desviar la mirada de una realidad que se mantenía y expandía con toda su crueldad: la de la pobreza abierta, la marginación, la explotación y la muerte de los jóvenes.

Los efectos macro sociales de esta Pandemia (aún por verse) no solo se llevarán conocimientos y competencias educativas y emocionales. Se llevarán, al menos por una década, los sueños y posibilidades de una vida digna para millones de jóvenes. Y mientras tanto, las armas de la muerte se preparan para dar nuevos zarpazos, a través de mecanismos de explotación y destrucción cada vez más oscuros.

La urgencia por “volver” a los radicales esenciales de la misión escolapia, debe llevarnos a una profunda reflexión que se traduzca en acciones directas y eficaces para proteger la vida de la juventud. Por eso insto, con todo respeto, a los participantes del próximo Capítulo General de la Orden, a dar un espacio que permita discernir un poco este enorme desafío, que toca de manera tan directa a nuestro carisma.

P. Rodolfo Robert Sch. P.

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica (1961) es Religioso Escolapio de la Provincia Centroamérica-Caribe. Se ha desempeñado en la Escuela Pía como educador, formador, Superior Mayor y Delegado General para el Ministerio. Actualmente sirve a la misión en La Romana, República Dominicana.

Memorial al Cardenal Tonti (V)

Memorial al Cardenal Tonti (V)

“Ministerio en verdad muy digno, muy noble, MUY MERITORIO, muy beneficioso, muy útil, muy necesario, muy enraizado en nuestra naturaleza, muy conforme a razón, muy de agradecer, muy agradable y muy glorioso.” (MCT)

“Muy meritorio, por establecer y poner en práctica con plenitud de cari­dad en la Iglesia, un remedio preventivo y curativo del mal, inductor e iluminador para el bien, destinado a todos los muchachos de cualquier condición -y, por tanto, a todos los hombres, que pasan primero por esa edad- mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y maneras, la luz de Dios y del mundo…” (MCT)

Meritorio es que merece reconocimiento. Y lo que es digno de reconocerse socialmente es porque aporta un bien, una utilidad y un beneficio al conjunto de una sociedad. La educación de los pobres es meritoria, y lo es por los motivos que Calasanz indica como efectos de un proceso que también señala. En el fondo, está evidenciando la causa y el efecto de la educación, y con ello, el camino (la metodología) para llegar al propósito final de la misma.

  1. Remedio preventivo y curativo del mal.

Posiblemente de las primeras veces que alguien habla del que luego se conocería como método educativo preventivo (y se lo atribuyen a san Juan Bosco dos siglos después). No pensar en el mal a curar sino en la evitación del mismo es una de las finalidades de la educación calasancia. En un momento que en las sociedades vemos las consecuencias de la avaricia, el egoísmo, la vanidad, la manipulación ideológica… tenemos en nuestras manos la posibilidad de ‘prevenir’. La educación no observa la realidad actual para sanar el mal, sino para aprender a prevenirlo en la siguiente generación. Es este un principio que debería primar en las leyes de educación: la sociedad que deseamos y no la prevalencia con parches y retoques de la actual. En el fondo, no habrá transformación si no hay prevención.

Cuando hay tantos intereses que mantener, se desea controlar la educación, pues puede prevenir (y por tanto transformar) o puede consolidar el statu quo. Lo estamos viendo estos días (y se propagará más), tras unos sistemas educativos centrados en lo instrumental, lo afectivo, lo lúdico, lo técnico y lo productivo, hemos generado unas generaciones frágiles, incapaces de saber esperar para alcanzar metas, insuficientemente preparadas para el esfuerzo y la creatividad ante lo adverso, con una mirada centrada en el consumo y la adquisición al precio que sea, y desmemoriadas de su historia, de las luchas y sufrimientos de sus antepasados para llegar a sociedades democráticas e igualitarias. Estas generaciones centradas en el producto y no en el sujeto, inflan lo competencial (la capacidad de hacer) y no tanto el propio sujeto, la persona, que es donde nace la verdadera prevención. Uno puedo prevenir lo que conoce, por propia experiencia o por la experiencia de otro. Pero se nos ha educado sin raíces, como dueños no como administradores, de manera que nos sentimos llenos de derechos y faltos de obligaciones. Valores como la discreción, la verdad, el pudor, la urbanidad, la humildad, la paciencia, el agradecimiento, el esfuerzo, la fortaleza (o resiliencia),el perdón… han sido relegados al ámbito de lo religioso y lo privado, emparejándolos con la fragilidad y la inutilidad, en el fondo, con la no productividad.

La historia ya no hace falta memorizarla y si se hace, se reduce a los acontecimientos tribales y locales, sufriendo una fragmentación tal que ya no hay visiones globales sino particulares y localistas que no permiten ver más allá de mi propio ombligo histórico; la filosofía no hace falta estudiarla porque bajo el aforismo ‘hay que enseñar a pensar’, omitimos los logros y avances de nuestros pensadores pasados para educar a pensar lo que queremos que se piense, lo que se ha llamado el pensamiento único. Y para justificar la ausencia de estos saberes humanísticos, han aparecido en la escuela una enorme cantidad de aprendizajes bastardos y ajenos a la escuela para desfigurarla y vaciarla de su propio contenido. ¿Podemos decir mirando los últimos 30 años que con la educación que estamos desarrollando estamos previniendo el mal social y curando las heridas pasadas del odio racial, la xenofobia, la discriminación sexual, protección del medio ambiente, desigualdad de oportunidades o la cultura de la deshonestidad y la corrupción? Porque si no podemos, nuestro sistema educativo está podrido, viciado y rancio. Con nuestro santo viejo, o la educación previene y cura el mal o no estamos educando bien.

  1. Inductor e iluminador para el bien.

¿Cabe una definición más hermosa del hecho de educar? ‘In-ducir’ es hacer que una persona tienda a algo que yo quiero, pues nos guste o no, toda educación es una manera de manipulación, pero ese no es el problema (en todo caso el problema es no reconocerlo), sino para qué y para quién manipulo, educo. Por eso se hace tan importante lo que en algunas tradiciones orientales llaman ‘la iluminación’ que es ese estado en el que uno se encuentra con lo bueno, bello y verdadero, lo saborea y suscita en él el deseo de adquirirlo, de vivirlo. Sin pretender que Calasanz pensara en estas categorías, sí vislumbró la necesidad de ‘iluminar’ pues solo necesita ser iluminado lo que está a oscuras, lo que no se ve o se percibe con dificultad. La educación para Calasanz debe ‘iluminar para el bien’, debe ayudar a crear los resortes vitales necesarios para percibir y descubrir lo bueno, lo bello y lo verdadero en la vida. ¿Qué bien percibe hoy un adolescente? ¿O qué belleza y verdad? El dinero, el poder, la fama, el éxito, el placer sexual (¡como si no existiesen más fuentes de placer!)… Si eso es lo que perciben, esa es la luz que les ha aportado su educación. No vayamos descargando responsabilidades a la familia, la sociedad, el ambiente. Cuando se ilumina la verdad, la bondad y la belleza (que es un proceso que necesita ser educado), el hombre desea vivir por ellas. De nuevo hemos de preguntarnos qué iluminamos con nuestras materias, con nuestras propuestas educativas, con las actividades que proponemos, con la manera de valorar y evaluar los aprendizajes. ¿Estamos induciendo e iluminando para el bien?

  1. Destinado a todos.

Hoy parece una perogrullada, pero hace cuatro siglos era un atrevimiento: pensar que la educación era un derecho universal. Y viendo la situación que estamos viviendo estos días uno diría que no es tan de Perogrullo. Millones de estudiantes que han podido continuar sus estudios en algunas partes del mundo sin salir de casa, escuchando y viendo sus maestros, realizando sus tareas y siendo valoradas al instante. Mientras, otros, desplazándose kilómetros para captar las ondas de una radio para escuchar, o esperando con paciencia a que su celular descargue un archivo en whatsapp o que su vecino le pueda llevar la tarea que enviaron por alguna red social. ¿Universal? Ciertamente, en Calasanz, se percibe un romanticismo educativo, deseando más que constatando, que la educación y las condiciones que la posibilitan, son un bien de primera necesidad.

Y todo esto tan meritorio, ¿cómo? Y aquí radica una de las intuiciones más delicadas y de más calado de san José de Calasanz: “mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y maneras, la luz de Dios y del mundo”. Piedad y Letras, lo resumió para su Orden. No son suficientes los saberes humanos, pues eso por sí solo hincha y ensoberbece al hombre, es necesaria para un equilibrio y estabilidad desarrollar también el espíritu, la innata dimensión transcendente. El santo nunca utilizó las expresiones ‘educación integral’, ‘educación emocional’ o ‘inteligencias múltiples’, pero detrás de su pensamiento estaba que la persona para ser educada ha de serlo en su globalidad, si no, provoca monstruos. Y para aquellos tiempos el hombre era una unidad de cuerpo y alma, y por tanto, la educación debía hacerse cargo de todas sus dimensiones. Negar el desarrollo espiritual (aquello que va más allá de lo físico) en educación, es la nueva manera de manipular y aherrojar al ser humano a los límites de su biología castrando una parte sustancial de la existencia humana. Desarrollar esa dimensión con áreas como religión, tutoría o desarrollo personal no deberían estar cuestionadas en ningún sistema que se digne llamarse integral o global.

Y comenzaba Calasanz diciendo que esto se daba ‘por establecer y poner en práctica con plenitud de cari­dad en la Iglesia’. Como apéndice final, para tanto cantamañanas, soplagaitas y necios que andan sueltos por ahí negando la historia y rescribiéndola en tiras de papel higiénico, quizá les haga bien recordar (si algo vale para instruir a un necio convencido), que muchos de los derechos humanos, de la configuración de las sociedades libres y democráticas, de los avances en la igualdad y, sobre todo, del desarrollo de la educación para todos, se deben a personas como Calasanz que siendo Iglesia entregaron su vida para consolidar una realidad que hoy nos la hemos encontrado hecha. ¡Eso sí que es meritorio!

P. Carles Such Sch. P.

CARLES SUCH

CARLES SUCH

Religioso

Sacerdote escolapio entregado a la vida y acompañando la de niños y jóvenes para vivir con pasión. Perú es su lugar actual. España su cuna. El corazón humano su universo y Cristo, Calasanz y el evangelio su horizonte.

Haciendo Balance

Haciendo Balance

Ahora que ya estamos finalizando el curso llegan desde todos los frentes diferentes evaluaciones que permiten valorar cómo ha ido el curso. Valoraciones de los diferentes departamentos, de las correspondientes asignaturas, de los cursos de formación y en definitiva de todo lo que se ha hecho o dejado de hacer.

No es ninguna de estas evaluaciones lo realmente importante. La evaluación más importante es la que surge en el corazón de uno mismo, ojalá que sea así, y le obliga a preguntarse si el curso ha ido bien, si ha cumplido su propósito, tanto desde el punto de vista del propio educador como desde el punto de vista del alumno.

Si de un educador no brota de forma espontánea este interrogante es que, o bien no está en el lugar adecuado, o bien su situación presente es tan desafortunada que le impide reaccionar de esta manera.

¿Y cómo hacer este balance? ¿Cómo mide uno este resultado? Nos podemos encontrar con diferentes métricas que al final subjetivan de forma global el resultado poniendo una marca positiva o negativa en el corazón del educador. Por ejemplo, para un educador el resultado global se puede medir en función de si se ha ganado o no el campeonato deportivo de turno. En otro caso puede ser suficiente con ver las medias académicas. En algún caso el peso se lo llevan las actuaciones musicales durante el curso o bien los proyectos realizados a lo largo del mismo. Es una forma de contestar a la pregunta ¿Con qué te quedas de todo este curso? Nos sorprenderán algunas respuestas, ya lo sabes.

No obstante, en un colegio escolapio la métrica debería ser diferente a las anteriores. Bastaría con mirar con los ojos de Calasanz y ver si se ha logrado que al menos uno de nuestros alumnos haya orientado mejor su vida, especialmente en dos vertientes: la piedad y las letras.

Es decir, algo tan fácil como ver si alguno de los alumnos ha comenzado a mirar a Dios de una manera diferente, como Padre, como amigo, pero, sobre todo, como Dios. Ser testigo de que ha crecido su amor a Dios y a sus compañeros desde la confianza de saberse amado sin límite por Jesús. Si sólo uno de los alumnos ha crecido espiritualmente, si su alma se ha ensanchado para acoger el don de Dios y seguirle, el curso ya ha merecido la pena, y saltan por los aires todas las métricas del mundo.

Si esto mismo ha ocurrido con un compañero, un docente, un educador que ha aprendido a mirar a Dios de forma tal que su mirada hacia los niños ha cambiado, viendo en ellos lo más precioso del mundo y aquellos pequeños por los que merece la pena darlo todo con un amor infatigable y sacrificado que sólo Dios puede nutrir, también habrá merecido la pena.

Estos son nuestros colegios. Alguno diréis: “¿Y cuándo vas a hablar de las Letras?” Me consta que no es tan urgente, pues en general lo hacemos bien, y para aquellos que académicamente se van quedando rezagados o por el camino, en la mayor parte de las ocasiones la causa de ello es la anterior. No descubrir y experimentar este amor lleva a cualquiera al poco amor a sí mismo y la falta de autoconfianza que deriva en respuestas poco constructivas.

Pedro Jara

PEDRO JARA

PEDRO JARA

Educador

Casado, con tres hijos, diácono permanente en la diócesis de Madrid desde 2011 y profesor del Real colegio Escuelas Pías de San Fernando desde 2007. Autor de varios libros, entre ellos «A la sombra de Madre Teresa» (Edibesa) y «El diácono pobre y fiel en lo poco» (EDICE)