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Lugar de encuentros

Lugar de encuentros

El donostiarra Eduardo Chillida concibió siete esculturas llamadas Lugar de Encuentros como “espacios para el diálogo y la convivencia”. Me he acercado a contemplar las tres que localizamos en calles de Madrid dando un paseo en una de esas tardes otoñales tan velazqueñas de esta villa y meditando sobre su significado.

Llama la atención que todas estas pesadas esculturas son un juego de curvas y rectas que generan un espacio interior vacío y accesible. En palabras de Chillida: “Para definir esos espacios interiores es necesario envolverlos, haciéndolos como inaccesibles para el espectador situado al exterior… Yo aspiro a definir lo tridimensional hueco por medio de lo tridimensional lleno, estableciendo al mismo tiempo una especie de diálogo entre ellos”. Qué interesante: traban relación lo sólido y el vacío, el fundamento envolvente y cuanto escapa entre sus brazos, lo visible y lo sutil. El encuentro necesita de estos juegos entre los que semejan opuestos, pero que van siendo porque existen sus contrarios. La distancia entre los diferentes apenas es sino un velo que se descuelga iniciado el encuentro. Y todas todas se abren al cielo.

 

Me gustan estas metáforas plásticas que susurran rasgos esenciales de lo humano sin definirlos ni agotarlos. El misterio se cobija entre sus formas, invitan a abandonar todo intento de comprensión. Calla y déjate envolver para entender lo que no tiene palabras. Eso escucho y trato de hacer.

 

La vida urbanizada en que nos empeñamos constriñe a cuantificar y calificarlo todo. Sometemos los espacios y los llenamos de objetos, algunos bellos, pero luego los olvidamos. Deseamos tener tiempo, planificamos y agendamos para atracarnos de eventos que no dejan huella. Desolamos lugares e instantes arrebatándoles su capacidad para dar cabida a los pasos perdidos, a la conversación pausada y al mutuo solaz que nace del contacto. Cuántas ocasiones perdemos de convertirnos en ámbitos encarnados de encuentro y de asomarnos al infinito en los ojos ajenos.

 

Prosigo mi paseo para concluirlo en la ladera de un parque, junto a un magnífico espacio donde juegan y conviven los chiquillos. Ellos sí saben. Por allí, como si nada, se enclava la última escultura exterior de Eduardo Chillida en Madrid, con forma de árbol, maneras de agujas que tejen la lana y recuerdos de cruz. Está dedicada a un alcalde de esta ciudad, en agradecimiento a su manera de actuar que propició encuentros. Y es que algo nos dice muy dentro que no existe forma mejor de estar en el mundo.

 

 


El resto de los “Lugar de Encuentros” son:

  • I (1964), en roble, conservado en el Museo Peggy Guggenheim de Venecia.
  • IV (1973), en hormigón, que cuelga en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
  • V (1973), gemela de la anterior, que flanquea la Puerta de Alfonso VI en Toledo.
  • VII (1974), también de hormigón, que reposa en el Carrer de la Riera de Palma de Mallorca.
SAUNIER ORTIZ

SAUNIER ORTIZ

Educador