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Pegar la hebra

Pegar la hebra

Recuerdo a mi padre pegando numerosas veces la hebra cuando mojaba con saliva la punta de sus dedos antes de afinar las aperturas de las madejas cuyos extremos ataba para formar conos con los que tricotaba prendas de punto. En todas ellas podías encontrar al menos un lugar donde sus manos expertas habían entrelazado dos extremos casi inexistentes. El delicado lugar era distinto y robusto, una extravagancia frágil en la continua urdimbre de lo habitual. En ese lugar estaba mi padre.

Recuerdo a mi madre y a mis tías pegando sin más la hebra. Palabras sobre nosotros, niños, o sobre las cosas del día a día. Remembranzas que se diluían en el tiempo junto a cosas nimias o excelsamente sencillas mientras el café claro se enfriaba o los naipes se extendían sobre el tapete en las tardes inacabables de los domingos de invierno. Llegado el estío, el frescor de las noches mediterráneas escuchaba lo que contaban sin poder volver a su sueño cálido. Nada era ensueño bajo la luz de la trama. Nada se iba, todo se quedaba en la alfombra que pergeñaban rostros de las mujeres de mi familia.

Recuerdo a mis ancestros tejiendo vínculos y realidades mientras pegaban la hebra. No olvido esas imágenes.

He visto el cuadro innumerables veces. He leído sobre él. Entiendo que el artista empleó sabiamente cuanto sabía empapándome con erudición de la literatura experta en la materia. También sé que toda una tradición aterriza con magnificencia en el tratamiento de la temática que el sevillano resuelve en el lienzo. Esto interesa a mi ego curioso, pero no me incumbe.

En la contemplación de una obra artística, de un paisaje, de las escenas cotidianas, del Dios Vivo, me incumbe cuanto conmigo va. Y si en ella hay algo claro lo hay porque yo estoy en ella de alguna forma honda e íntima, últimamente inexplicable. Tenemos hebras en el alma, las que mi padre ponía sobre sobre su hombro y hoy son símbolo. No sé si seguimos tejiendo, pero aseguro sin equivocarme que llevamos pegados colores del pasado que forman parte de la paleta con la que revocamos el arte, sí, y también otras contemplaciones. Ya decía el sabio que lo que no es causalidad es sincronicidad. Cuanto nos incumbe, nos ha provocado algo, como efecto o asociación en el hondón o almario. De no ser así, no existe para nosotros.

Pego la hebra a partir de aquí en el sentido que da al término el DRAE, como alargamiento casual de un tema, quizá tan casual que la cuenta sea larga. Pero me interesa; y, en fin, eso es lo que cuenta. Este lienzo me llena; y de lo que rebosa el corazón, habla la boca, que dice el sabio de Nazaret (Lc 6,45).

Del cuadro me incumbe la provocación o llamada de su escena anterior. La posterior, ese mito religioso antiguo, me sirve de marco no más, aunque los mitos me atraen. Las cinco mujeres tan equilibradamente distribuidas son quienes me cuentan. Todas rodean en un pentágono regular al gato del centro y trabajan juntas en la hilatura cada una a su modo. Una sostiene el huso mientras parla con la que esconde sus manos tras el cortinaje carmesí. Otra tira de la madeja con una mano y sostiene el ovillo en la otra junto a la que hace algo que no vemos. La última sostiene un cardador dirigido a unos hilos aún no existentes. Todas hacen algo y el gato juega con las pelusas que caen de la hilatura. La figura es perfecta, vital y espiritual como su número, y serena en su movimiento perpetuo.

Nos han contado la historia desde los mitos, las leyendas y las heroicidades de algunos. Pero yo recuerdo a los genealógicamente míos, a mis grandes de antaño; y tú a los tuyos. Los relatos del pasado, salvo que nos incumban, son sólo historiografía, ensalmo o embeleco.

Mas Velázquez, en su genialidad psicológica profunda, nos dice algo importante. Intenta que fijemos la mirada en el gesto cotidiano de unas mujeres trabajadoras cuya finalidad última quizá sea proveer el material con el que urdir el tapiz con el que Aracne deslumbre a Palas y acabe por hacer que la diosa sabia la fulmine. Pero, como dice, hay mucho más divino en ese pegar la hebra de dos mujeres que hablan mientras trabajan, en el callar laborando de la otra pareja y en el quehacer sin rostro de la última, que en todo el resultado del tejido. La tela es el Ahora del hilo. No hay divino futuro.

Y en el medio, el gato juega. El gato juega y sigue divinamente jugando.

Nosotros somos hijos e hijas de urdimbres del pasado e hilanderas del porvenir. Pegar la hebra no es importante por el resultado final del tapiz o por si agrada o no a los dioses. Es importante porque se realiza aquí y ahora. Eso lo sabe el gato, sin duda, y creo que también esas mujeres que llenan la escena sin importarles lo que a los poderes les acaezca.

Y en el medio, el gato juega. El gato juega y sigue Dios Mujer jugando.

Saunier Ortiz

SAUNIER ORTIZ

SAUNIER ORTIZ

Educador

Lugar de encuentros

Lugar de encuentros

El donostiarra Eduardo Chillida concibió siete esculturas llamadas Lugar de Encuentros como “espacios para el diálogo y la convivencia”. Me he acercado a contemplar las tres que localizamos en calles de Madrid dando un paseo en una de esas tardes otoñales tan velazqueñas de esta villa y meditando sobre su significado.

Llama la atención que todas estas pesadas esculturas son un juego de curvas y rectas que generan un espacio interior vacío y accesible. En palabras de Chillida: “Para definir esos espacios interiores es necesario envolverlos, haciéndolos como inaccesibles para el espectador situado al exterior… Yo aspiro a definir lo tridimensional hueco por medio de lo tridimensional lleno, estableciendo al mismo tiempo una especie de diálogo entre ellos”. Qué interesante: traban relación lo sólido y el vacío, el fundamento envolvente y cuanto escapa entre sus brazos, lo visible y lo sutil. El encuentro necesita de estos juegos entre los que semejan opuestos, pero que van siendo porque existen sus contrarios. La distancia entre los diferentes apenas es sino un velo que se descuelga iniciado el encuentro. Y todas todas se abren al cielo.

 

Me gustan estas metáforas plásticas que susurran rasgos esenciales de lo humano sin definirlos ni agotarlos. El misterio se cobija entre sus formas, invitan a abandonar todo intento de comprensión. Calla y déjate envolver para entender lo que no tiene palabras. Eso escucho y trato de hacer.

 

La vida urbanizada en que nos empeñamos constriñe a cuantificar y calificarlo todo. Sometemos los espacios y los llenamos de objetos, algunos bellos, pero luego los olvidamos. Deseamos tener tiempo, planificamos y agendamos para atracarnos de eventos que no dejan huella. Desolamos lugares e instantes arrebatándoles su capacidad para dar cabida a los pasos perdidos, a la conversación pausada y al mutuo solaz que nace del contacto. Cuántas ocasiones perdemos de convertirnos en ámbitos encarnados de encuentro y de asomarnos al infinito en los ojos ajenos.

 

Prosigo mi paseo para concluirlo en la ladera de un parque, junto a un magnífico espacio donde juegan y conviven los chiquillos. Ellos sí saben. Por allí, como si nada, se enclava la última escultura exterior de Eduardo Chillida en Madrid, con forma de árbol, maneras de agujas que tejen la lana y recuerdos de cruz. Está dedicada a un alcalde de esta ciudad, en agradecimiento a su manera de actuar que propició encuentros. Y es que algo nos dice muy dentro que no existe forma mejor de estar en el mundo.

 

 


El resto de los “Lugar de Encuentros” son:

  • I (1964), en roble, conservado en el Museo Peggy Guggenheim de Venecia.
  • IV (1973), en hormigón, que cuelga en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
  • V (1973), gemela de la anterior, que flanquea la Puerta de Alfonso VI en Toledo.
  • VII (1974), también de hormigón, que reposa en el Carrer de la Riera de Palma de Mallorca.
SAUNIER ORTIZ

SAUNIER ORTIZ

Educador