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“Él opina que solo un gran poder puede contener el mal, pero eso no es lo que yo he aprendido. He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal a raya, los actos sencillos de amor” (Gandalf -Mithrandir- en El hobbit, un viaje inesperado).

El mundo del cine nos ha venido presentando, a través de sus grandes producciones, batallas grandiosas, masificadas, exageradas en los detalles bélicos y, al mismo tiempo, detalladas en gestos concretos de sacrificio, entrega y donación. Desde el desembarco en la playa de Omaha (Salvar al soldado Ryan, Steven Spielberg, 1998), o la resistencia imposible de Balian de Ibelín en Jerusalén (Kingdom of Heaven, Ridley Scott, 2005), el heroísmo de Desmond Doss en Hasta el último hombre (Mel Gibson 2016), o las sagas de El señor de los anillos y El Hobbit, Juego de Tronos, Vengadores… la lucha del bien contra el mal se desarrolla siempre de forma dicotómica, mientras nos introducen en grandilocuentes batallas llenas de sangre y muerte, al mismo tiempo, nos dan un respiro de vida y esperanza con pequeños detalles y gestos de solidaridad, de entrega, de ternura, de confianza en un bien mayor que sobrevive a tanta angustia y desolación.

La historia humana se ha ido forjando sobre una tierra regada con sangre, sembrada con vidas inocentes sacrificadas en nombre del poder, el dominio económico, los mapas o las banderas. Sin embargo, las verdaderas conquistas de la humanidad y que han supuesto un punto de inflexión, nos remiten a avances científicos y tecnológicos, innovaciones intelectuales y culturales, testimonios públicos o anónimos de entrega por una causa que nos dignifica y humaniza. Cuando lo mejor del corazón humano aflora y se comparte, todo alrededor cambia y se transfigura.

Ya nos lo decía Jesús: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11,12). Pero también: “Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha” (Mc, 4,26-29).

Hay dos caminos hacia el Reino de Dios, hacia ese sueño que Dios tiene para la humanidad y para el universo. Uno de violencia, de esfuerzo, de grandes hazañas, de heroicas entregas. El otro suele pasar desapercibido y está lleno de pequeños gestos de cariño, de palabras de ánimo, de miradas cómplices, de abrazos y besos (incluso a pesar de pandemias), de servicios silenciosos para el bien común, de pensamientos altruistas y actitudes generosas, de actos sencillos de amor.

Cuando las grandes causas, los discursos aprendidos y los rituales establecidos, no van acompañados de esos sencillos actos de amor, de esas pequeñas semillas sembradas en el corazón humano, de esa cotidianidad empática y cariñosa, son como fantasmas, humo de incienso para disfrazar la realidad hedionda, que no mueve ni transforma nada.

“Belleza, bondad y verdad” deben caminar siempre juntas si queremos ser creíbles. O, con otras palabras, “estética, ética y autenticidad” deben sostener nuestros proyectos y quehaceres diarios. No creo haber sido llamado a grandes batallas, pero sí a la lucha diaria por sembrar aquello en lo que creo, por traducir en gestos y compartir con los demás aquellas intuiciones que voy descubriendo en la intimidad con Dios.

P. Carlos Aguerrea Sch. P.

Anzaldo (Bolivia)

CARLOS AGUERREA

CARLOS AGUERREA

Escolapio