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El tiempo de Pascua de Resurrección nos lleva a encontrarnos una vez más con el gran misterio de la Resurrección de Jesús, como centro de la fe cristiana. Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15,14). La visión o imaginación de un Jesús resucitado de entre los muertos, nos lleva con frecuencia a una espiritualización total de lo que sigue siendo Jesús.

En sus apariciones de resucitado, ante este riesgo, tan pernicioso para la vivencia de la fe y la evangelización. Así, lo reafirma con fuerza, mostrando signos tangibles de su realidad humana: él, el Resucitado, es el crucificado. El Misterio de su resurrección de entre los muertos que lo coloca en otro existencial no vacía de realidad encarnada su Misterio de encarnación y nacimiento humano de María, haciéndose uno como nosotros en todo menos en el pecado.

Jesús, al mostrarse a los discípulos, les muestra sus manos con las heridas de su crucifixión, y la herida del costado hecha por la lanzada del soldado romano para dejarlo definitivamente muerto en la cruz. Y al incrédulo Tomás le pide que ponga su dedo en las heridas de las manos y su puño en la herida del costado y así muestra que es el hombre de siempre que conocieron y siguieron antes de morir.

Es fundamental no oscurecer, y menos ocultar, la naturaleza humana del resucitado. En esta tesitura, Jesús les envía de nuevo para reconciliar y sanar. Como garantía para realizar esta labor les infunde el Espíritu Santo soplando sobre ellos. Gesto también bien humano. Les desea repetidamente la paz y finaliza este contacto con ellos anunciando la vida que da la fe, aun sin haberle visto en la tierra como lo vieron ellos.

P. Jesús María Lecea Sch. P.

Pamplona

Domingo 24 de Abril de 2022 | 2º Domingo de Pascua

Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contesto: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡ Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

JESUS MARIA LECEA

JESUS MARIA LECEA

Escolapio

Entregado a la docencia de la teología y la filosofía en Salamanca, Miami y Madrid. Animador pastoral de niños en la catequesis parroquial y en el Movimiento Junior de Acción Católica. Servicios institucionales a la Orden escolapia y a la vida religiosa de España y Europa. Vive actualmente en Pamplona, Navarra. Su horizonte vital es ser un artesano de la paz de las personas y los pueblos con un corazón apasionado por el mundo, la educación y el Evangelio.