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Hace poco me estrené en un club de lectura, con la dinámica de las tertulias dialógicas. La sugerencia de la persona que nos iniciaba en esta aventura fue acertadísima: eligió el archiconocido El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Triunfo asegurado.

Releí esta historia por tercera vez, aunque era la primera que lo hacía directamente con mi propio ejemplar, regalo de un amigo. En la primera reunión del club nos habían dado la siguiente indicación: subrayar una frase, un párrafo, que nos llamara la atención especialmente, para compartir después con los otros miembros y, a partir de ahí, enriquecernos con las aportaciones de todos. En mi caso, y en el del resto de compañeros de club, el lápiz se resistió a quedarse con una única frase o párrafo, por lo que acampó a sus anchas durante la lectura. Llegado el día de la reunión, sí tuvimos que limitarnos a compartir dos como máximo, que en mi caso fueron estas:

Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones (capítulo I).

Solo los niños saben lo que buscan -dijo el principito-. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran…

-Tienen suerte- dijo el guardagujas (capítulo XXII).

 

Tal vez fuera porque lo leí en noviembre, en plena efervescencia de celebración calasancia, pero compartiendo me di cuenta de cómo había centrado mi lectura en los niños y, de repente, eché de menos la niña que fui. Me había hecho mayor y me dio pena.

Me reconocí mayor porque no siempre presto la atención debida a las explicaciones de los niños. También porque cada vez me cuesta más dar explicaciones sobre aquello que es realmente importante y, en lugar de hacer como ellos y agotarme dándolas, las omito y las evito. Una gran pérdida, desde luego. Y, por último, porque sufro cuando me enfrento a uno de los grandes dramas de los adultos: perder el tiempo. ¡Cuánto nos pesa eso a los mayores! ¡Está el tiempo para ir perdiéndolo, con lo que nos cuesta encontrarlo para dedicarlo a lo que queremos o necesitamos! Justo por eso, el principito y el guardagujas me recordaron que perder el tiempo en algo es darle valor a aquello en lo que lo empleas, sea una muñeca, una persona, una tarea, una afición… Y que lo importante no es el tiempo, sino tener algo o alguien en quien perderlo. “Tienen suerte”, reconoció el guardagujas.

Tenemos suerte, digo yo hoy. Porque se acerca la Navidad, un tiempo propicio para redescubrirnos como niños, mirando a Jesús en el pesebre, pero también fijándonos en los niños que nos rodean y celebran esta fiesta con la ilusión intacta no solo por recibir regalos, sino porque se sienten protagonistas, porque se sienten queridos y porque, además, los mayores les dedicamos ese bien tan preciado del que no siempre disfrutan: nuestro tiempo.

Tenemos suerte, vuelvo a decir. Porque gracias a los niños, los mayores tenemos una nueva oportunidad para comprender y valorar lo realmente importante: aquello por lo que perdemos el tiempo. ¡Ojalá sepamos aprovechar este regalo!

María Muñoz Delhom

MARÍA MUÑOZ

MARÍA MUÑOZ

Educadora

Profesora de lengua castellana y valenciano en Secundaria y Directora General del colegio San José de Calasanz de Valencia (España). Casada y madre de dos hijos, pertenece a la Fraternidad de la provincia Betania.