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Después de haber alimentado a la multitud con cinco panes y dos peces, la gente busca a Jesús, seguramente expectantes por presenciar más prodigios. No lo encuentran donde esperaban, sino en la otra orilla del lago. A veces ocurre así: Dios no siempre se hace presente donde creemos o estamos acostumbrados. Hay que continuar buscando, como estos seguidores de la época de Jesús.

Cuando lo encuentran quieren saber de él, pero Jesús no se queda en lo anecdótico, sino que va directo a lo esencial: ¿cuál es el motivo de la búsqueda? Él lo sabe: estas personas quieren más de ese alimento, de ese pan que los ha saciado. Sin embargo, no es eso lo que vale la pena y los orienta a encontrar el sentido de la vida:  “Trabajad no por un sustento que perece, sino por un sustento que dura y da vida eterna: el que os dará este Hombre”.

¿Y cómo se hace eso? Las preguntas continúan, ayer y hoy. Quizás ellos esperaban como respuesta una lista de tareas, unos objetivos que cumplir, para formar parte de ese grupo de trabajadores por el reino de Dios. Sería lo más fácil, desde luego. Pero no. La respuesta de Jesús sorprende, antes y ahora: “La obra de Dios consiste en que creáis en el que él envió”. Es decir, la obra de Dios consiste en tener fe, en creer en Jesús. A partir de ahí empezamos a construir todo lo demás.

El diálogo sigue: le piden señales, como tuvieron sus predecesores. De nuevo el símbolo del pan identificado con Jesús y su envío: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”. ¡Ahora sí! Por fin los discípulos tienen claridad, saben qué quieren: “Señor, danos siempre de ese pan”. Y se cierra el texto con una síntesis perfecta: “Yo soy el pan de vida: el que acude a mí no pasará hambre; el que cree en mí no pasará nunca sed”.

Si lo pienso bien, tras leer este evangelio me surge un agradecimiento desbordante: ¡qué suerte tenemos de poder enriquecernos como seguidores de Jesús con su Palabra, de podernos alimentar de su pan en la eucaristía, en la oración, en el encuentro con los hermanos y hermanas! Ojalá, como los discípulos del evangelio, le pidamos al Señor que nos dé siempre de ese pan, para aumentar nuestra fe. Y que la fe nos lleve a trabajar en las obras de Dios, de manera que seamos nosotros también alimento del que realmente vale la pena para el mundo.

María Muñoz Delhom

 

Domingo 01 de Agosto de 2021 | 18º domingo de tiempo ordinario

Juan 6,24-35: El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús contesto: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo.»» Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

MARÍA MUÑOZ

MARÍA MUÑOZ

Educadora

Profesora de lengua castellana y valenciano en Secundaria y Directora General del colegio San José de Calasanz de Valencia (España). Casada y madre de dos hijos, pertenece a la Fraternidad de la provincia Betania.