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El último año ha generado en la educación una transformación en temas de acceso a la información, tecnología y nuevos procesos de aprendizajes que eran anhelados desde hace décadas. Cambios que han llegado en muchos casos para quedarse, pero plantean a nivel global cierto retos, entre ellos tenemos: 

Acceso en contextos vulnerables: En lugares de de privación sociocultural, los estudiantes y docentes no cuentan con las condiciones necesarias para lograr el proceso de enseñanza aprendizaje como tener internet, una computadora, un teléfono… así como lo leen, un teléfono, servicio de datos móviles… y pare usted contar. Además, encontramos que elementos esenciales como la alimentación, vivienda, acceso al agua y servicios públicos en general no están a la orden del día, lo cual hacen muy cuesta arriba poder entrar en la educación virtual, agudizando un retroceso en los logros alcanzados a nivel cognitivo, afectación del desarrollo a nivel emocional y un alto porcentaje de deserción escolar.

Cuidado de la interioridad de los docentes expuestos a la tensión de una realidad que demanda una constante adaptación, sumando situaciones personales de duelo y la preocupación por lo económico y espiritual. Es imperativo categórico la atención grupal y personalizada desde la escucha, espacios de oración, encuentros y cultivo del mundo interior para evitar el agotamiento o el quebrantamiento.

Calidad e innovación del proceso educativo y la significatividad del aprendizaje. Evitando caer en el error de creer que novedad/nuevas formas es innovar. Podemos contar con la mejor plataforma para desarrollar nuestras clases, pero tener una calidad mermada y la innovación como la gran ausente. Generar espacios donde se construya la aldea educativa que nos sugiere el Papa Francisco, replantear el perfil de los estudiantes, crecer en identidad y contrastar el aprendizaje con la vida. Pero, sin la persona en el centro y una clara identidad institucional, la educación carece de una antropología que construye a la persona, por tanto de innovación y calidad.

El acompañamiento grupal y diferenciado de los estudiantes en sus necesidades. Planteo algunas preguntas: ¿cómo desarrollamos los procesos de adaptación de los estudiantes de vuelta a las aulas más allá de simples protocolos de bioseguridad? ¿Cuánto tiempo hemos dedicado a escuchar lo que sienten y viven? ¿Son capaces de estar de golpe varias horas sentados en un salón? ¿Cómo logramos acompañar la cohesión de los grupos que se encuentran con una realidad diferente a lo que soñaban con volver al colegio/escuela? No es solo volver, es ayudar en el proceso de adaptación valorando todo el mundo interior de cada uno.

Educar para el servicio, la transformación social y la cultura del encuentro. Aquí he sido arriesgado, hay mucho que decir al respecto, pero solo me permito algunas ideas. Solo lograremos la transformación de la sociedad si generamos espacios de sensibilización/encuentro de nuestras comunidades educativas con los más necesitados; intentando superar la barrera de simple actividades asistencialistas o convertir al que sufre en un cuadro de museo que visitamos, le tomamos fotos, pero no dignificamos. Es un reto de poner nuestras redes, capacidades y recursos en función de los que están en las fronteras.

Una última idea, levantar la mirada en este mar de virtualidad que nos abre a un cambio necesario y humanizado de la educación. Es una oportunidad que requiere inversión económica, formación dirigida a todos los actores que hacen parte del proceso, y una puerta que se abre para adaptar el aprendizaje a un mundo interconectado y vulnerable que requiere mantener a la persona en el centro, evitando dejar de lado a los más pobres buscando espacios de solidaridad y valentía.

 

JOSÉ ALEJANDRO PEÑA

JOSÉ ALEJANDRO PEÑA

Escolapio