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La dimensión comunitaria de la vida no experimenta buenos tiempos al menos desde las últimas dos décadas, víctima de un creciente individualismo proveniente de modelos económicos/organizativos y también de algunas escuelas psicológicas. Es el caso del concepto de resiliencia, original de la ingeniería y generalizado por la llamada psicología positiva a partir de los 80´s y 90´s como la capacidad personal de asumir con flexibilidad situaciones adversas y sobreponerse a ellas. Una apuesta por recuperar una “vida sana” en una sociedad básicamente “enferma”.

Reconozco haber trabajado la resiliencia en la misión de varios años con jóvenes en riesgo social de la Ciudad Hogar Calasanz en Costa Rica. Sin embargo, actualmente su uso indiscriminado me parece contraproducente, pues debilita la gestión comunitaria y social de la conflictividad potenciando más el individualismo. Mi reciente experiencia mexicana fue de gran ayuda para reconocer la importancia de las redes familiares y comunitarias (fuertes en el sustrato cultural mexicano), así como la urgencia por protegerlas y estimularlas. Sobre todo, porque una parte esencial del drama humano de nuestro tiempo proviene de una soledad individualista que lleva a la persona a ser su propio límite, pero también su propio juez, pudiendo sentirse fracasada por no alcanzar los resultados según el proyecto social que se identifica con realización y felicidad, potenciando un mundo falso y cruel de “ganadores” y “perdedores”. Se trata de una realidad donde los controles sociales tradicionales no son necesarios, pues son sustituidos por el autocontrol y la autoexplotación de personas aparentemente libres. La relación de esto, por ejemplo, con la depresión o el enojo y frustración expresados en las redes sociales, resulta más que evidente.

Es aquí donde los escolapios tenemos la oportunidad de transmitir nuestra experiencia comunitaria. Para esto me apoyo en las Constituciones. El n° 25, que nos invita a ser “ministros de la esperanza del Reino futuro y de la unión fraterna entre los hombres”; y el n° 38 (Cf. Gaudium et spes n° 1) al afirmar que: “nuestra comunidad, miembro de toda la familia humana y siempre dispuesta a servir, hace suyos, con gusto y decisión, los gozos y esperanzas, las tristezas y afanes de todos los hombres, particularmente en la comunidad local en que vivimos.” Encuentro en estas claves comunitarias muchas luces para la misión:

  1. Dando cabida y experiencia real a un “Dios que no hace distinciones, acepta al que le teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hch 10, 34)
  2. Favoreciendo el trabajo colaborativo (más allá de lo funcional) para potenciar la convivencia entre diferentes, su empatía y superior comunión evangélica
  3. Superando el debate teórico de la inculturación, al abrazar con amor cristiano y análisis respetuoso los anhelos de transformación social de familias y comunidades en los lugares donde vivimos y trabajamos
  4. Favoreciendo procesos y redes de acompañamiento de aquellos que sufren condiciones de precariedad, explotación y angustia.

En este durísimo contexto que vivimos, donde cada vez más personas sienten que no logran por sus propias fuerzas mantener una actitud positiva frente a las adversidades, abrigando la sensación de no ser felices y, por si fuera poco, sintiéndose culpables, los escolapios tenemos mucho que decir, mostrando al Dios de Jesucristo que busca, ama, reconcilia y salva. Nuestra vida comunitaria puede ser un gran signo y camino para ello.

P. Rodolfo Robert Sch. P.

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

RODOLFO ROBERT ESQUIVEL

Escolapio

Nacido en San José, Costa Rica (1961) es Religioso Escolapio de la Provincia Centroamérica-Caribe. Se ha desempeñado en la Escuela Pía como educador, formador, Superior Mayor y Delegado General para el Ministerio. Actualmente sirve a la misión en La Romana, República Dominicana.