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Vivir desde la Navidad

Vivir desde la Navidad

En el segundo Domingo después de Navidad leemos de nuevo el solemne texto de la fiesta de la Encarnación, el prólogo del Evangelio según San Juan. Es una invitación renovada a contemplar la gloria del Unigénito del Padre, que “se hizo carne y habitó entre nosotros”. Una invitación a contemplar “la verdadera luz que vino al mundo”, y al mismo tiempo a contemplar cómo Él “alumbra a todo hombre”, y contemplar cómo “a cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios”.

Celebrar la Navidad significa reconocer de modo nuevo a Dios, su amor, y significa también reconocer de modo nuevo la existencia humana como una existencia con la cual nuestro Dios se ha unido definitivamente y así ha renovado esta existencia, dándole a ella nuevas posibilidades, nuevas energías.

Este Domingo del tiempo de Navidad y que celebramos al empezar el Año Nuevo, nos invita a vivir este inicio año desde la Navidad.

Vivir desde la Navidad – o vivir “navideñamente” – significa tomar conciencia de nuestra renovada existencia que nos da la posibilidad de vivir como hijos de Dios, como seguidores de Jesús, del Verbo Encarnado. A veces  pensamos que “no somos capaces” de amar a nuestros hermanos como quisiéramos amarles, pensamos que “no somos capaces” de vivir una vida intensa, entregada al servicio de los demás, pensamos que “no somos capaces” de perdonar y reiniciar una relación en el matrimonio o en la comunidad.

En estos momentos el misterio de Navidad nos invita a escuchar atentamente la voz sutil del Espíritu que nos dice a nosotros: “Tú estás renovado, tu existencia, tu naturaleza está ya injertada en la naturaleza divina. Eres hijo amado, hijo de Dios.”

Vivir desde la Navidad significa creer en la fuerza renovadora de Dios e intentar siempre de nuevo vivir según esta nueva posibilidad. Así la Luz que una vez ya ha llegado al mundo puede llegar siempre de nuevo en formas nuevas, creativas, sorprendentes en nuestros entornos y puede llegar a hermanos que viven en diferentes formas de tiniebla y tienen sed de esta luz.

Domingo 3 de enero de 2021 | Domingo 2º de Navidad
Juan 1, 1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

ZSOLT LABANCZ

ZSOLT LABANCZ

Escolapio

Zsolt Labancz es un escolapio húngaro. Ha ejercido como superior provincial en el período 2011-2019, ahora está enseñando en el colegio de Vác.